Irán amenaza con minar el Golfo mientras Israel vuelve a golpear Teherán

La amenaza de minar el Golfo tras los nuevos bombardeos israelíes sobre Teherán convierte el estrecho de Ormuz en el epicentro de un shock energético que ya golpea a mercados, navieras y gobiernos.

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Foto de Seyed Gholamreza Nematpour en Unsplash
Irán Foto de Seyed Gholamreza Nematpour en Unsplash

La guerra entre Israel e Irán ha entrado en una fase mucho más peligrosa. No solo por la intensidad de los ataques sobre Teherán, sino porque la República Islámica ha elevado el pulso hasta el punto más sensible de la economía mundial: el paso marítimo por el que circula una parte decisiva del crudo y del gas del planeta. Irán amenaza con minar aguas del Golfo y atacar infraestructuras energéticas de la región si la presión militar continúa.

Ormuz, el cuello de botella que lo cambia todo

El estrecho de Ormuz no es un paso secundario en el mapa energético. Es, sencillamente, el principal chokepoint petrolero del mundo. En 2024 circularon por esa ruta unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos; además, por allí transitó también cerca de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado. Cuando Teherán amenaza con sembrar minas o restringir el paso, no está lanzando una mera advertencia táctica: está señalando el interruptor de una perturbación sistémica.

Ese dato explica por qué cada declaración iraní se traduce casi en tiempo real en nerviosismo financiero. La IEA reconoce que, desde el inicio del conflicto el 28 de febrero de 2026, los flujos energéticos por Ormuz han quedado severamente dañados y que las exportaciones de crudo y productos refinados se sitúan en menos del 10% de los niveles previos a la guerra. Este hecho revela una vulnerabilidad incómoda: incluso con rutas alternativas desde Arabia Saudí o Emiratos, no existe capacidad suficiente para sustituir plenamente Ormuz en un cierre prolongado.

Teherán bajo fuego

La nueva ronda de bombardeos israelíes sobre Teherán confirma que la campaña ya no busca solo castigar capacidades militares puntuales. El patrón de los ataques sugiere una estrategia más ambiciosa: degradar mando, logística, defensa aérea y activos energéticos iraníes para reducir la capacidad de respuesta de la República Islámica. Associated Press sitúa ya el conflicto en su cuarta semana, con más de 2.000 muertos en el conjunto de la guerra y más de 1.500 bajas en Irán. El deterioro humano corre en paralelo al colapso operativo.

Lo relevante, sin embargo, no es solo la magnitud del castigo, sino el giro cualitativo de la respuesta iraní. Tras el ataque israelí contra South Pars —el mayor yacimiento gasista del mundo—, Teherán pasó de la represalia militar clásica a la amenaza directa sobre el sistema energético regional. El contraste con otras crisis recientes resulta demoledor: aquí no está en juego únicamente el intercambio de misiles, sino la integridad de refinerías, terminales de GNL, desaladoras, centrales eléctricas y corredores marítimos. Cuando una guerra empieza a rozar simultáneamente producción, transporte y seguro marítimo, el coste económico deja de ser un efecto colateral y pasa a convertirse en el frente principal.

La amenaza que desborda el campo militar

Irán ha advertido de que podría minar aguas del Golfo y golpear instalaciones de energía y agua en países que respalden a Estados Unidos o Israel. La amenaza llega después del ultimátum de Washington para reabrir Ormuz y en medio de nuevos ataques israelíes sobre la capital iraní. No se trata de retórica menor. La minería naval tiene un efecto desproporcionado: con relativamente pocos artefactos se pueden paralizar rutas, encarecer seguros, frenar convoyes y obligar a desviar tráfico a la espera de operaciones de limpieza complejas y lentas.

Lo más grave es que el Golfo no solo exporta hidrocarburos. También concentra infraestructuras críticas para la habitabilidad de la región, como plantas de desalación y redes eléctricas de alta dependencia. Ese ensanchamiento de objetivos convierte la crisis en una amenaza para la seguridad económica y civil de varias monarquías del Golfo. La consecuencia es clara: la disuasión ha mutado en un juego de vulnerabilidades compartidas. Ya no basta con medir quién tiene más misiles o mejor defensa antiaérea; ahora importa quién puede soportar más tiempo la interrupción del comercio, el corte de suministros y la presión sobre los precios.

El mercado ya no compra un susto pasajero

La reacción de los mercados demuestra que el escenario ya no se percibe como un sobresalto temporal. El Brent ha superado los 113 dólares por barril y el crudo acumula un salto superior al 50% desde el inicio de la crisis, mientras las bolsas asiáticas y europeas han registrado caídas relevantes. Corea del Sur llegó a perder un 6,5% en una sola sesión y el FTSE 100 británico cedió cerca del 1,5%. El diagnóstico es inequívoco: los inversores descuentan una disrupción larga, no un mero episodio de volatilidad geopolítica.

La IEA ha añadido una alarma todavía más seria. Según su director, Fatih Birol, el mercado ya ha perdido más de 11 millones de barriles diarios y unos 140.000 millones de metros cúbicos de gas, cifras que sitúan esta perturbación por encima de las dos grandes crisis del petróleo de los años setenta y del shock posterior a la invasión rusa de Ucrania. Por eso la agencia ha impulsado la mayor liberación de reservas de su historia, con 400 millones de barriles, en un intento de frenar el deterioro. Cuando el árbitro del sistema energético saca la artillería estratégica, es porque el incendio ya no es local.

Europa entra en zona de riesgo

Europa no está en el centro del combate, pero sí en la línea directa de sus consecuencias. La UE ya ha pedido formalmente la reapertura de Ormuz y el fin de los ataques sobre infraestructuras energéticas e hídricas. Esa prudencia diplomática es comprensible: el continente conoce demasiado bien lo que significa absorber un shock de energía importada en plena fragilidad industrial. La subida del crudo presiona carburantes, logística, fertilizantes y coste financiero; el repunte del GNL vuelve a tensar la competencia entre Europa y Asia por los cargamentos disponibles.

Hay, además, un factor menos visible y muy costoso: el marítimo. En Londres, las primas de seguro de guerra para navegar por la zona han escalado desde niveles próximos al 0,25% hasta picos del 7,5% del valor del buque. Ese encarecimiento no tarda en filtrarse al precio final de la energía y de múltiples mercancías. Sin embargo, lo más delicado es el efecto psicológico: cuando armadores y aseguradoras dejan de considerar transitable una ruta, la normalidad comercial se evapora mucho antes de que exista un cierre formal y total. Ese umbral ya se ha cruzado.

Las lecciones de 1973 y 1979

Las comparaciones históricas suelen exagerarse, pero en esta ocasión llegan desde el corazón del sistema energético internacional. Birol ha advertido de que la economía mundial afronta una crisis potencialmente más grave que los shocks de 1973 y 1979 combinados. La diferencia esencial es que aquellas crisis fueron, sobre todo, petroleras. La actual es más compleja: golpea crudo, gas, refino, infraestructuras críticas, rutas marítimas y coste del transporte al mismo tiempo. No es una réplica del pasado; es una versión más enredada y más globalizada.

“La economía mundial afronta una amenaza mayor”, vino a resumir el jefe de la IEA. La frase es breve, pero contiene la clave del momento. En los setenta el daño viajó sobre todo por el precio del barril; hoy lo hace también por la dependencia del GNL, por cadenas logísticas más frágiles y por mercados financieros que reaccionan en segundos. El resultado es un riesgo clásico de estanflación: energía cara, crecimiento más débil y bancos centrales atrapados entre la inflación importada y la desaceleración. El pasado enseña una lección incómoda: cuando una crisis energética se instala, salir de ella cuesta mucho más de lo que al principio están dispuestos a admitir los gobiernos.

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