Teherán promete ampliar sus operaciones

Irán anuncia una escalada de ataques contra EEUU e Israel

El pulso militar entra así en una fase de escalada sostenida, con riesgo evidente de desbordamiento regional y de impacto directo sobre la seguridad y la estabilidad energética en todo Oriente Próximo.

EPA/KAZEM PAYVAREH
EPA/KAZEM PAYVAREH

Irán ha anunciado que intensificará sus ataques en los próximos días en plena guerra abierta con Estados Unidos e Israel. Más de 900 muertos y más de 6.000 heridos solo en territorio iraní ilustran la magnitud de una campaña aérea que ya ha golpeado más de 200 objetivos en Teherán y otras ciudades.

Durante la noche, nuevos misiles y drones lanzados desde Irán han impactado en países del Golfo que alojan bases estadounidenses, mientras la aviación de Washington y Jerusalén ha vuelto a bombardear instalaciones militares y gubernamentales iraníes.

En paralelo, el régimen de Teherán presume de resistencia y amenaza con extender la guerra “a todos los territorios ocupados y a las bases americanas de la región”, según fuentes citadas por la agencia Fars y medios regionales como Baha News.

La consecuencia inmediata no se mide solo en destrucción: el estrecho de Ormuz, por donde circula alrededor del 20 % del petróleo mundial y una quinta parte del gas natural licuado, está prácticamente cerrado por el fuego cruzado y la retirada masiva de petroleros.

Un portavoz militar que promete más fuego

El punto de partida de la nueva fase lo marca una declaración cuidadosamente filtrada. Un portavoz del mando del ejército iraní, citado por Fars News y replicado por el portal Baha News, asegura que los ataques “se intensificarán en los próximos días” mientras continúe la guerra con Estados Unidos e Israel.

En el lenguaje de Teherán, no se trata de una simple advertencia. Desde el inicio de la ofensiva conjunta estadounidense e israelí, el régimen ha presentado el conflicto como una “guerra existencial” tras la muerte del líder supremo, Alí Jamenei, en uno de los primeros bombardeos sobre la capital. La línea oficial insiste en que “la guerra que comenzó con la agresión del régimen sionista se extenderá a todas las zonas ocupadas y a las bases americanas”.

Este mensaje cumple varias funciones. Hacia dentro, pretende mantener la cohesión de las fuerzas armadas en un momento de vacío de poder sin precedente. Hacia fuera, busca disuadir a los aliados de Washington en la región, amenazando con golpes selectivos contra sus infraestructuras militares y energéticas.

Lo más grave es que esta retórica se acompaña de hechos. Irán ya ha demostrado capacidad para lanzar oleadas coordinadas de misiles y drones contra Israel y contra bases estadounidenses repartidas por el Golfo, desde Kuwait a Qatar o Bahréin. El diagnóstico es inequívoco: Teherán quiere demostrar que puede convertir cualquier escalada aliada en un conflicto abiertamente regional.

Una guerra ya regional: bases de EEUU bajo ataque

Durante la última noche, nuevos ataques iraníes han golpeado países de Oriente Medio que albergan bases de EEUU. Fuentes militares y medios internacionales apuntan a impactos en Kuwait, Qatar, Arabia Saudí y Bahréin, en línea con la estrategia anunciada por la Guardia Revolucionaria de llevar la confrontación allá donde haya presencia estadounidense.

En paralelo, se multiplican los incidentes en terceros países. Azerbaiyán ha acusado a Irán de un ataque con drones contra el aeropuerto de Najicheván, que dejó al menos cuatro heridos civiles, un movimiento que dispara el riesgo de desbordamiento hacia el Cáucaso. Al mismo tiempo, Washington explora la apertura de un frente en el norte de Irán apoyándose en milicias kurdas, con bombardeos en la frontera irano-iraquí destinados a debilitar las defensas del régimen.

El contraste con otras crisis recientes resulta demoledor: aquí no se trata de un intercambio limitado de proyectiles, sino de una campaña sostenida en la que participan directamente Estados Unidos e Israel, con objetivos explícitos sobre el aparato militar y de seguridad iraní y con réplicas de Teherán sobre infraestructuras de aliados clave de Washington.

La consecuencia es clara: cuantos más actores se ven arrastrados al tablero —monarquías del Golfo, Irak, Líbano, Azerbaiyán—, más difícil resulta diseñar una salida negociada. Cada misil que impacta sobre una base, un aeropuerto o un oleoducto genera agravios acumulados y presiona a los gobiernos implicados a demostrar fuerza, no contención.

Bombardeos sobre Teherán y el vacío de poder en Irán

Mientras Irán mira hacia fuera, el país sufre una devastación sin precedentes. Desde el 28 de febrero, Estados Unidos e Israel han lanzado miles de bombas y misiles sobre objetivos iraníes dentro de la operación conocida como Epic Fury, centrada en instalaciones militares, infraestructuras de seguridad y nodos del régimen.

Solo en Teherán, las autoridades locales hablan de más de 220 objetivos golpeados, incluidos edificios gubernamentales, sedes de los servicios de seguridad internos y bases militares en la capital. El Ministerio de Sanidad iraní eleva a más de 900 los fallecidos y más de 6.000 los heridos, cifras que podrían estar infravaloradas dada la dificultad de verificar daños en zonas controladas por el aparato de seguridad.

Entre las víctimas figuran Jamenei y una treintena de altos mandos de la Guardia Revolucionaria, lo que ha dejado al régimen lidiando con la guerra exterior mientras trata de recomponer su cúpula interna. La sucesión no está clara y las distintas facciones —militares, clericales y tecnócratas— compiten por hacerse con el control, en un contexto de apagones, interrupciones de comunicaciones y protestas latentes.

Este hecho revela una paradoja inquietante: cuanto más debilitado queda el centro de poder iraní, más difícil puede resultar garantizar el control sobre arsenales de misiles, milicias aliadas y redes de proxies repartidas por la región. El riesgo no es solo un cambio de régimen, sino una posible fragmentación del monopolio de la fuerza.

El estrecho de Ormuz, de arteria energética a cuello de botella

Si el frente militar se libra en cielos y desiertos, el frente económico se juega en unos 33 kilómetros de ancho: el estrecho de Ormuz. Por este paso circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y del gas natural licuado que se comercia por mar en el mundo, lo que lo convierte en la arteria energética del planeta.

En respuesta a los bombardeos, Irán ha amenazado y atacado buques en la zona y la Guardia Revolucionaria ha advertido de que hasta el 70 % del tráfico de buques debe cesar “de inmediato”. Los datos de tráfico marítimo muestran decenas de petroleros fondeados a la espera de instrucciones y otros tantos desviados hacia rutas más largas rodeando la península Arábiga o evitando por completo la región.

Las aseguradoras marítimas han reaccionado igual de rápido: muchas han cancelado la cobertura de riesgo de guerra o han multiplicado las primas para operar en el Golfo y Ormuz, tras los daños sufridos por al menos tres petroleros y la muerte de un marinero en ataques recientes. Algunas navieras de contenedores han impuesto recargos de hasta 1.500 dólares por TEU y 3.500 por equipos refrigerados para rutas que atraviesen la zona.

El diagnóstico es inequívoco: Ormuz está, de facto, semibloqueado. Cada día que el tráfico no se normaliza alimenta la posibilidad de cuellos de botella prolongados en el suministro de crudo y GNL hacia Asia y Europa, con efectos dominó sobre precios de la energía, cadenas de suministro y costes de transporte globales.

Mercados en vilo: petróleo al alza y bolsas a la baja

La reacción de los mercados ha sido inmediata. Desde el inicio de la operación militar, el Brent se ha encarecido alrededor de un 8-9 %, superando los 80 dólares por barril y marcando máximos de varios meses, mientras el West Texas Intermediate ronda los 78 dólares. En lo que va de año, el crudo acumula una subida cercana al 20 %, impulsada casi íntegramente por la prima de riesgo geopolítica.

En Wall Street, el Dow Jones llegó a caer 784 puntos en una sola sesión (-1,6 %), arrastrado por el temor a un nuevo episodio inflacionario que obligue a la Reserva Federal a retrasar las bajadas de tipos. Las aerolíneas y sectores intensivos en energía lideran las pérdidas, mientras el índice del miedo —el VIX— repunta con fuerza. En Asia, varias bolsas han registrado descensos de entre el 1 % y el 3 % en los días posteriores al estallido del conflicto, con especial castigo a Corea del Sur, India y los mercados del Sudeste Asiático.

Los economistas trazan líneas rojas claras. Según varias casas de análisis, el impacto macroeconómico global se volvería crítico si el petróleo superase de forma sostenida los 120-125 dólares por barril, umbral a partir del cual podría restarse hasta un punto al crecimiento del PIB mundial y sumar más de 1,5 puntos a la inflación en las mayores economías avanzadas.

Por ahora, el escenario base sigue siendo de tensión contenida, pero los mercados ya descuentan que la guerra durará semanas y añaden una prima de riesgo adicional a todos los activos expuestos a Oriente Medio.

El impacto para Europa y España: energía, inflación y riesgo marítimo

Para Europa, esta guerra llega en el peor momento posible. La UE aún no ha digerido por completo el choque energético derivado de la invasión rusa de Ucrania y depende cada vez más de GNL procedente de Qatar y otros productores del Golfo, precisamente los más expuestos al cierre de Ormuz.

España, con su amplia red de regasificadoras y su posición como puerta de entrada del GNL a Europa, está relativamente mejor situada que otros socios, pero no es inmune. Un petróleo 10 dólares más caro durante un año podría añadir hasta 0,4-0,5 puntos porcentuales a la inflación de la zona euro, según estimaciones basadas en episodios previos, y elevar los costes de combustible para el transporte por carretera, la aviación y la industria.

Además, las navieras y grupos logísticos españoles se enfrentan a recargos de guerra y desvíos de rutas que encarecerán los fletes hacia Asia y Oriente Medio. A ello se suma el riesgo reputacional y regulatorio para bancos y aseguradoras con exposición a proyectos energéticos en la región, obligados a revisar condiciones de financiación y pólizas en tiempo récord.

Lo más grave es que esta nueva crisis puede frustrar el proceso de desinflación en marcha en la eurozona y obligar al Banco Central Europeo a mantener tipos altos durante más tiempo. Para un tejido empresarial ya tensionado por el coste de financiación y la debilidad de la demanda interna, cada mes extra de tipos restrictivos cuenta. El contraste con otras regiones exportadoras de energía —como Estados Unidos, hoy neto exportador— resulta demoledor para la competitividad europea.

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