Luis Rodrigo de Castro

¿Está Irán realmente acabado? Luis Rodrigo de Castro rompe el triunfalismo de Trump

Luis Rodrigo de Castro analiza críticamente el conflicto entre Irán e Israel y desmitifica el triunfalismo del discurso de Trump. Un enfoque profundo sobre la capacidad real de Irán y el intervencionismo estadounidense que fortalece una agenda electoral.
Miniatura del vídeo análisis sobre la situación de Irán e Israel con declaraciones de Luis Rodrigo de Castro<br>                        <br>                        <br>                        <br>
¿Está Irán realmente acabado? Luis Rodrigo de Castro rompe el triunfalismo de Trump

La escalada entre Irán e Israel ha reactivado un reflejo recurrente en Washington: declarar al adversario “debilitado” antes de que termine la partida. Pero el tablero no acompaña. Con un conflicto que, según el propio relato militar estadounidense, arrastra ya casi seis semanas desde finales de febrero, la región se asoma a un escenario más largo y más caro. El petróleo reacciona, los estrechos se convierten en armas y la narrativa se llena de ruido electoral. Lo que está en juego no es solo la disuasión: es la credibilidad de Occidente y la estabilidad del precio de la energía.

Un relato demasiado cómodo: Irán no está “acabado”

El diagnóstico de “Irán vencido” es tentador porque simplifica. Y porque encaja en una comunicación política que necesita titulares contundentes. Sin embargo, la evidencia disponible sugiere lo contrario: Teherán sigue golpeando y conserva margen para escalar, directa o indirectamente. La guerra ha traído, además, un elemento que suele reforzar a regímenes bajo presión: la cohesión por amenaza externa. Según Washington Post, lejos de volverse más flexible tras el descabezamiento de parte de su cúpula, la nueva dirección iraní se ha endurecido y eleva exigencias en una negociación que no termina de arrancar.

 

Luis Rodrigo de Castro —profesor de Derecho Internacional y analista habitual— insiste en una idea que rompe el espejismo: Irán puede estar castigado, pero no neutralizado. Su tesis, en versión operativa, sería esta: un Estado con profundidad territorial, redes regionales y capacidad misilística no se “apaga” con un golpe de efecto. Y en Oriente Medio, la diferencia entre “debilitado” y “peligroso” suele ser mínima.

Decapitación, sanciones y efecto bumerán

Las sanciones han erosionado el crecimiento y han limitado importaciones críticas, pero su eficacia estratégica nunca fue lineal. En conflictos prolongados, la presión económica a menudo desplaza el coste al ciudadano y fortalece al aparato securitario. Lo más grave es que, cuando la guerra entra en fase de represalias, el cálculo se vuelve menos económico y más identitario: resistir se convierte en objetivo.

En paralelo, la guerra demuestra que la eliminación de mandos no elimina el sistema. Estados con estructuras paralelas —Guardia Revolucionaria, redes de inteligencia, milicias asociadas— tienden a recomponer la cadena de mando con rapidez. De hecho, informes citados por The Guardian apuntan a que los ataques occidentales solo habrían destruido aproximadamente un tercio del arsenal iraní de misiles y drones, muy lejos de la idea de “capacidad agotada”.

El riesgo para EEUU e Israel es doble: sobreestimar el impacto de la campaña y subestimar el incentivo iraní a demostrar supervivencia. Esa combinación suele alargar las guerras.

Hormuz, el verdadero campo de batalla económico

Si hay una palanca que convierte una guerra regional en un shock global es el Estrecho de Ormuz. No hace falta cerrarlo del todo: basta con amenazarlo para disparar primas de riesgo, encarecer fletes y trastocar cadenas de suministro. The Guardian recuerda que por ese corredor pasa en torno a una quinta parte del comercio mundial de petróleo y gas, y que el simple hecho de que algunos buques crucen “bajo negociación” ilustra el nivel de presión.

La consecuencia es inmediata: el mercado energiza la inflación cuando Europa aún no ha digerido del todo el ciclo anterior. Associated Press sitúa el petróleo por encima de 110 dólares en este episodio y detalla un conflicto que ya tiene coste humano directo para EEUU: 13 militares muertos y 365 heridos. Son cifras que endurecen posiciones políticas y hacen más difícil vender concesiones.

El paralelo histórico es incómodo. Cada vez que Oriente Medio convierte energía en arma —1973, 1979— la factura llega a través de tipos de interés, inflación importada y crecimiento más débil.

Cohetes por delegación: el eje que multiplica frentes

Irán no solo cuenta por lo que hace; cuenta por lo que puede activar. El arco de actores aliados o afines —Hezbolá, milicias en Irak y Siria, hutíes en Yemen— permite abrir frentes, saturar defensas y elevar el coste de cualquier campaña aérea. En las últimas jornadas, el propio Wall Street Journal recoge un salto cuantitativo: más de 140 misiles y cohetes lanzados en un solo ciclo de ataques combinados entre Irán y Hezbolá, con impactos que obligan a Israel a repartir recursos entre el norte y la retaguardia.

Este patrón tiene un efecto político relevante: dificulta imponer un final “ordenado”. Porque no hay un único botón de apagado. Incluso si se degrada capacidad iraní directa, el conflicto puede persistir en forma de desgaste periférico: ataques a infraestructura, presión sobre rutas marítimas, y episodios puntuales que reabren la escalada cuando parecía contenida.

Y ahí aparece el peor escenario económico: guerra larga, intensidad intermitente y mercados viviendo en alerta. No es un estallido; es una hemorragia.

Trump y la tentación electoral del triunfalismo

La política interna estadounidense siempre está en el guion. El lenguaje de victoria rápida funciona: proyecta fuerza, cohesiona a la base y desplaza el foco de los costes. Pero en política exterior, el triunfalismo suele traer una trampa: reduce el espacio para corregir estrategia sin parecer que se retrocede.

El conflicto actual también se lee en clave de legado. Declarar a Irán “debilitado” ayuda a justificar la campaña y a convertirla en demostración de liderazgo. Sin embargo, si la guerra se alarga, ese mismo marco se vuelve contra la Casa Blanca: cada ataque posterior desmiente la narrativa inicial y eleva la presión para “hacer más”. Washington Post describe precisamente ese punto: expectativas de flexibilidad iraní que no se cumplen y una negociación cada vez más difícil, con Teherán elevando demandas.

La consecuencia es clara: cuanto más teatral sea el discurso, más estrecho será el margen para la diplomacia real. Y en Oriente Medio, la falta de salidas suele pagarse con más rounds.

Europa, la gran ausente con factura energética

Europa aparece en un papel incómodo: preocupada por la escalada, pero con herramientas limitadas y dependencia energética todavía sensible. Su margen de mediación es menor que hace una década, y su capacidad de presión sobre los actores regionales es desigual. Sin embargo, su vulnerabilidad macroeconómica es alta: inflación importada, encarecimiento industrial y tensión en logística.

Además, la crisis evidencia un problema estratégico que se repite: la UE reacciona cuando el precio sube, no cuando el riesgo se acumula. Si el petróleo se sostiene por encima de ciertos umbrales durante semanas, el contagio llega a transporte, alimentos y política monetaria. Y si el Estrecho de Ormuz se convierte en una “aduana de facto”, el impacto deja de ser puntual y pasa a ser estructural.

En ese contexto, la pregunta no es si Irán está “acabado”, sino si Occidente puede permitirse un error de diagnóstico. La historia sugiere que no.

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