Israel bombardea Beirut y ordena evacuar 50 pueblos en Líbano
La guerra abierta entre Israel e Irán ha dado un nuevo salto con una ofensiva directa sobre Líbano. En la madrugada de este lunes, la aviación israelí lanzó intensos bombardeos sobre Beirut y amplias zonas del sur del país, horas después de que Hezbolá atacara con cohetes y drones las cercanías de Haifa en respuesta al asesinato del líder supremo iraní, Alí Jamenei. Al menos una treintena de personas han muerto y se ha ordenado la evacuación de más de medio centenar de localidades próximas a instalaciones del grupo chií. Mientras el conflicto se extiende desde Teherán al Mediterráneo oriental, los mercados energéticos reaccionan con subidas superiores al 7 % en el precio del crudo y crece el temor a una nueva guerra larga en Líbano con consecuencias económicas globales.
Los habitantes de Beirut se despertaron de madrugada con una docena de explosiones que sacudieron la capital. Los bombardeos se concentraron en el sur de la ciudad, en el barrio de Dahiye, considerado feudo histórico de Hezbolá, pero también se registraron impactos en otras zonas del sur de Líbano, como Nabatieh El Faouqa, Qaaqaaiyet El Jisr o Yaroun, según los primeros partes locales.
Imágenes difundidas por medios regionales muestran columnas de humo gris elevándose sobre edificios residenciales y vehículos calcinados en calles llenas de cascotes. Los ataques se dirigieron, según Israel, contra centros de mando, depósitos de armas y plataformas de lanzamiento de cohetes del grupo chií. El Ministerio de Sanidad libanés habla ya de más de 30 muertos y decenas de heridos, entre ellos varios cuadros de alto rango de Hezbolá.
En el sur del país, los bombardeos se extendieron a múltiples localidades rurales, donde las casas suelen estar pegadas a pequeñas instalaciones o almacenes vinculados a la organización. La consecuencia es conocida: población civil atrapada entre infraestructura militar y represalia aérea. Este hecho revela, una vez más, la extrema fragilidad de un territorio donde líneas del frente, barrios populares y posiciones de milicia se confunden en apenas unos cientos de metros.
La ofensiva de Hezbolá “en venganza” por Jamenei
El detonante inmediato de la ofensiva israelí fue el anuncio de Hezbolá de que había disparado misiles y un “enjambre de drones” contra una base de defensa israelí cerca de Haifa, en la zona de Mishmar HaCarmel. La organización libanesa enmarcó el ataque como acción directa “en venganza por el asesinato del líder supremo Alí Jamenei” y “en defensa de Líbano y su pueblo”.
Tras el lanzamiento, el Ejército israelí informó de que varios proyectiles procedentes de Líbano fueron detectados y que algunos cayeron en áreas abiertas tras ser interceptados o desviarse de sus objetivos, lo que habría evitado una catástrofe en términos de víctimas en suelo israelí. Sin embargo, el mensaje político y militar era inequívoco: Hezbolá se considera ya parte central de la respuesta regional al ataque que, días antes, acabó con la vida de Jamenei en Teherán.
La consecuencia es clara: el frente libanés, que tras la guerra de 2024 había quedado en una tensa calma, vuelve a activarse no ya como conflicto lateral ligado a Gaza, sino como extensión directa de la guerra con Irán. La participación explícita de Hezbolá en una campaña de represalias coordinada por Teherán sitúa al grupo en el epicentro de un tablero mucho más amplio, en el que cada lanzamiento de cohetes puede desencadenar una respuesta de escala regional.
Evacuaciones forzosas y una población atrapada
En paralelo a los bombardeos, las Fuerzas de Defensa de Israel emitieron una orden de evacuación masiva para más de 50 pueblos y aldeas del sur de Líbano, señalando que se encuentran próximos a infraestructuras o posiciones de Hezbolá. El portavoz militar en árabe, Avichay Adraee, instó a los residentes a abandonar inmediatamente sus localidades y a situarse al menos a un kilómetro de distancia de las zonas señaladas, bajo la amenaza explícita de nuevos ataques.
Las imágenes desde el terreno recuerdan escenas de 2006 y de 2024: carreteras colapsadas por coches cargados de maletas, colchones y bidones de combustible; familias que huyen hacia el norte sin saber cuánto tiempo estarán fuera ni si tendrán un hogar al que regresar. En Beirut, miles de personas han abandonado Dahiye y barrios cercanos, colapsando las gasolineras y los accesos a la capital.
Los servicios públicos libaneses, ya debilitados por años de crisis económica, apenas pueden responder a la presión. Líbano arrastra una contracción económica acumulada de más del 40 % desde 2019, según organismos internacionales, y cuenta con infraestructuras energéticas y sanitarias al borde del colapso. Un nuevo desplazamiento masivo —que podría superar fácilmente el medio millón de personas si la ofensiva se mantiene durante semanas— añadiría un peso insoportable a un Estado prácticamente fallido, dependiente de ayuda externa y remesas de su diáspora.
Escalada ligada a la guerra abierta con Irán
El contexto inmediato de este nuevo frente es el ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Irán que, hace apenas unos días, acabó con la muerte de Jamenei y de varios altos mandos de la Guardia Revolucionaria. El mando militar estadounidense ha reconocido haber golpeado más de 1.000 objetivos en territorio iraní en solo dos jornadas, incluidos centros de mando, bases navales y sistemas de misiles.
Teherán ha prometido “la mayor operación militar de su historia” en respuesta y ha activado a sus aliados regionales, entre ellos Hezbolá, para presionar a Israel en distintos frentes. Esta dinámica confirma una deriva que muchos analistas temían: la transformación de guerras localizadas —Gaza, Siria, Líbano— en una confrontación directa entre Israel, apoyado por Washington, e Irán y su red de milicias aliadas.
El contraste con otros conflictos regionales resulta demoledor. Mientras en Yemen se han mantenido durante meses fórmulas de contención entre Arabia Saudí y los hutíes, en el eje Irán–Israel se han superado ya varias líneas rojas: asesinato del líder supremo iraní, ataques a gran escala sobre territorio iraní y ahora bombardeos masivos en Beirut tras la intervención directa de Hezbolá.
El precedente de 2024 y el miedo a otra guerra larga
La memoria reciente pesa. La guerra entre Israel y Hezbolá que se prolongó hasta 2024 dejó cerca de 4.000 muertos y un millón de desplazados en Líbano, además de una devastación física en amplias zonas del sur, el valle de la Bekaa y los suburbios de Beirut. Muchas de esas áreas habían iniciado una lenta reconstrucción, interrumpida ahora por nuevas columnas de humo sobre los mismos barrios.
El diagnóstico es inequívoco: cada ronda de hostilidades destruye no solo viviendas e infraestructuras, sino también expectativas de inversión y recuperación. Proyectos de energía, turismo o logística que parecían viables en 2022 y 2023 quedaron congelados tras la guerra de 2024; ahora, con una ofensiva que se percibe como parte de una guerra mayor con Irán, el riesgo país de Líbano se dispara de nuevo a niveles que cercenan cualquier plan a medio plazo.
En términos militares, Israel insiste en que se trata de una respuesta “limitada” dirigida a degradar la capacidad de Hezbolá. Pero la experiencia de conflictos anteriores sugiere otra cosa: operaciones que nacen como campañas de “castigo” aéreo acaban derivando en meses de bombardeos, incursiones terrestres y un equilibrio de destrucción que pocos controlan. El propio despliegue de unos 100.000 reservistas israelíes en la frontera norte apunta a un escenario mucho más amplio del que admiten públicamente las autoridades de Jerusalén.
Mercados en vilo: petróleo, gas y rutas marítimas
Mientras caen las bombas sobre Beirut, los mercados energéticos han encendido todas las alarmas. Tras las primeras noticias de los ataques a Irán y la muerte de Jamenei, el precio del Brent llegó a dispararse hasta un 10-13 %, rozando los 80-82 dólares por barril, máximos de los últimos 14 meses, antes de estabilizarse en torno a un 7 % por encima del cierre anterior.
El foco inmediato está en el Estrecho de Ormuz, por donde transita en torno al 20 % del petróleo y del gas que se mueve por mar en el mundo. Con ataques a buques, advertencias a la navegación y decenas de petroleros retenidos o desviados, las grandes navieras —como Maersk o Hapag-Lloyd— han empezado a suspender rutas y aplicar recargos de “riesgo de guerra”.
La ofensiva sobre Líbano añade una capa adicional de incertidumbre: los yacimientos de gas del Mediterráneo oriental, clave para el suministro de Europa, se encuentran a apenas unos cientos de kilómetros de los nuevos focos de tensión. Un conflicto prolongado podría obligar a reducir operaciones en plataformas offshore y a desviar tráficos por rutas más largas y caras, desde el Golfo de Guinea o Estados Unidos.
Para las economías avanzadas el impacto llegará, previsiblemente, por tres vías: más inflación energética, mayor coste de financiación para países importadores y caída del apetito por activos de riesgo. Ya se han visto correcciones en bolsas asiáticas y europeas, mientras el oro sube cerca de un 3 % como refugio clásico en momentos de guerra.

