Israel intensifica la ofensiva y ataca 45 infraestructuras de Hezbolá

El Ejército israelí eleva el listón de los bombardeos en el sur del Líbano mientras el intercambio de cohetes y drones convierte la tregua en un trámite.

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Foto de Levi Meir Clancy en Unsplash
Israel Foto de Levi Meir Clancy en Unsplash

Cuarenta y cinco infraestructuras de Hezbolá —cuarteles, puestos de observación y puntos de reunión— bajo fuego en apenas 24 horas. Ese es el parte que el IDF exhibe este martes, con el argumento de cortar la planificación de ataques contra Israel. En paralelo, Hezbolá respondió con cohetes y actividad aérea sobre posiciones israelíes. Israel asegura haber interceptado objetivos “sospechosos” y abatido a combatientes en el terreno. La frontera vuelve al guion de desgaste: golpear, medir la respuesta y repetir.

Golpes en cadena en el sur del Líbano

La ofensiva descrita por el IDF se apoya en una lógica conocida: desarticular el “ecosistema” operativo de Hezbolá antes de que cristalice en ataques. Los objetivos —según la versión israelí— no son solo lanzaderas, sino sedes de mando, edificios empleados para observación y enclaves usados como puntos de concentración. La narrativa oficial insiste en que se trataba de infraestructura destinada a planificar agresiones contra territorio israelí.

El detalle no es menor: cuando una campaña se desplaza del “objetivo puntual” al patrón industrial de golpes diarios, el umbral político cambia. En días recientes, el propio Ejército ha hablado de cifras que rozan o superan el medio centenar de ataques en 24 horas, con reportes de víctimas en la zona de Nabatieh y nuevas oleadas de fuego de cohetes como respuesta.

La guerra de la infraestructura

El conflicto ya no se explica solo por la cuenta de proyectiles. Se explica por el mapa de carreteras, puentes, viviendas y edificios que dejan de ser “entorno” para convertirse en “teatro”. La consecuencia es doble: se degrada la capacidad militar de Hezbolá, pero también se hunde la operatividad civil de una franja que era el gran pulmón agrícola y logístico del sur libanés.

Entre marzo y mayo, distintas estimaciones periodísticas sitúan la campaña israelí en más de 3.600 ataques aéreos y un desplazamiento superior a 1,2 millones de personas, con un nuevo cordón de control que llegaría a abarcar en torno al 6% del territorio libanés. Ese volumen no es un episodio: es una transformación física del terreno, con acusaciones crecientes sobre proporcionalidad y daños a infraestructura civil.

Drones, cohetes y la nueva asimetría

El intercambio nocturno de cohetes y la intercepción de objetivos aéreos apuntan a una escalada cualitativa: no solo importa cuántos proyectiles se disparan, sino cómo se dispara y con qué tecnología. En las últimas semanas, informes sobre el frente norte han descrito el uso intensivo de drones explosivos y sistemas difíciles de neutralizar, una presión constante que obliga a Israel a operar con tácticas de “caza” y golpe preventivo.

En ese contexto, el IDF trata de legitimar cada ataque con el mismo esquema: identificación de infraestructura, neutralización y eliminación de “amenazas inmediatas”. En su comunicado, vino a resumirlo así: “se golpean sedes, puestos de observación y edificios usados para coordinar ataques; la respuesta continuará mientras exista riesgo”. La consecuencia es clara: la frontera se convierte en un laboratorio de desgaste donde el error de cálculo se paga en minutos.

Tregua de abril, papel mojado

La tregua anunciada a mediados de abril nació con fecha de caducidad política: no resolvía el núcleo del problema, que es qué hacer con la capacidad armada de Hezbolá y con la presencia israelí en puntos considerados estratégicos. Desde entonces, la violencia ha mutado hacia una guerra de baja intensidad con picos súbitos que devuelven la sensación de “preludio” permanente.

El golpe israelí del 6 de mayo en los suburbios del sur de Beirut —atribuido por varias informaciones a la muerte de un mando de la fuerza Radwan— fue una señal: incluso con negociaciones en marcha, la capital puede volver al centro del tablero. La cifra de fallecidos acumulados en Líbano ronda ya los 2.700, mientras Israel contabiliza alrededor de 20 víctimas mortales en su lado, según recuentos citados en esas mismas coberturas.

El coste económico de un frente abierto

Líbano llega a este episodio con el depósito vacío. La destrucción de infraestructuras y el desplazamiento masivo generan un shock inmediato: caída de producción local, encarecimiento del transporte interior, presión sobre servicios básicos y un drenaje fiscal imposible de sostener. Cuando se desplaza a más de un millón de personas, el impacto no se mide solo en vivienda; se mide en empleo, consumo y recaudación.

A escala regional, el frente libanés se suma a un clima de riesgo que el mercado convierte en prima: tensión logística, dudas sobre rutas marítimas y rebrotes de volatilidad energética. La propia cobertura internacional del conflicto ha vinculado el deterioro del entorno de seguridad con movimientos bruscos en materias primas y con alertas humanitarias asociadas a cuellos de botella en rutas estratégicas. Lo más grave es que, cuando el riesgo se cronifica, deja de “asustar” un día y pasa a “cotizar” cada día.

Qué puede pasar ahora

El diagnóstico es inequívoco: la campaña de golpes diarios busca imponer una nueva normalidad a ambos lados de la frontera. Israel intenta reducir la amenaza inmediata y ganar profundidad táctica; Hezbolá intenta mantener capacidad de hostigamiento para demostrar que sigue operativo. Entre ambos, la población civil queda atrapada en un territorio donde cada edificio puede ser leído como “uso dual”.

La señal de peligro está en la suma de incidentes: drones explosivos, cohetes sobre posiciones y operaciones terrestres que se prolongan. En el balance israelí, el frente norte ya habría costado 18 soldados desde que se intensificó el enfrentamiento, un contador que alimenta presión interna para cerrar objetivos con rapidez.
En paralelo, declaraciones políticas israelíes han llegado a hablar de arsenales de hasta 150.000 misiles y cohetes como justificante de una estrategia de demolición sostenida.

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