El viceprimer ministro niega una reacción “tardía e insuficiente”

Lammy se blinda ante las críticas por el papel británico en Irán

La política exterior británica vuelve a tambalearse en plena guerra con Irán. El viceprimer ministro David Lammy ha asegurado en Sky News que “absolutamente no” se siente avergonzado por la respuesta de Londres, pese a las quejas de mandos militares que la tildan de “tardía e insuficiente”.

EPA/TOLGA AKMEN
EPA/TOLGA AKMEN

La política exterior británica vuelve a estar en el punto de mira, esta vez por la guerra de Irán. Mientras el Reino Unido insiste en que “no está en guerra” y limita oficialmente su papel a tareas defensivas, las críticas se multiplican desde Washington, desde la propia cúpula militar británica y desde algunos socios europeos.

En plena polémica, el viceprimer ministro David Lammy ha asegurado en Sky News que “absolutamente no” se siente avergonzado por la respuesta del Gobierno y que las fuerzas británicas están “manteniendo a nuestra gente segura y apoyando a los aliados”.

Sus palabras llegan después del ataque con dron iraní contra la base de la RAF en Akrotiri (Chipre), de los primeros derribos de drones por cazas británicos y del permiso, rodeado de matices legales, para que Estados Unidos use bases del Reino Unido en su campaña contra Irán.

Al ruido militar se suma el político: Donald Trump ha acusado tanto a España como al Reino Unido de haber sido “muy decepcionantes” en esta guerra, abriendo un nuevo frente en la relación transatlántica.

Una respuesta bajo presión aliada

La entrevista de Lammy no se produce en el vacío. Llega tras varios días en los que Downing Street ha tenido que explicar, casi hora a hora, hasta dónde está dispuesto a llegar el Reino Unido en apoyo a la ofensiva liderada por Estados Unidos e Israel contra Irán. El Gobierno de Keir Starmer insiste en que Londres no participa en los bombardeos sobre territorio iraní y que el uso de bases británicas por parte de EEUU se limita a ataques contra misiles y plataformas de lanzamiento, no contra objetivos políticos o económicos en el interior del país.

Lammy ha remarcado esa línea roja al afirmar que corresponde a Washington y a Tel Aviv explicar cuáles son sus objetivos militares en Irán, porque “el Reino Unido no forma parte de esa ofensiva”. Su relato es el de una potencia que protege sus bases, su personal desplegado y a sus socios del Golfo, pero que rehúye la imagen de actor beligerante directo.

Sin embargo, la realidad operativa muestra a una Royal Air Force cada vez más implicada: cazas Typhoon y F-35 han sido desplegados en Chipre y Qatar para patrullas de defensa aérea y ya han derribado varios drones iraníes o de sus milicias aliadas. El equilibrio entre discurso político y hechos sobre el terreno es cada vez más difícil de sostener.

Críticas internas: reacción “tardía e insuficiente”

La versión oficial choca con las filtraciones procedentes del propio estamento militar. Según distintas fuentes citadas en la prensa británica, mandos de la RAF y de la Royal Navy consideran que la reacción inicial del Gobierno fue “tardía e insuficiente” tanto en la protección de las bases en Chipre como en la presencia naval en el Mediterráneo oriental.

El dato que más indignación ha generado es que, al inicio de la crisis, sólo uno de los seis destructores Tipo 45 –la joya de la defensa antiaérea británica– estaba plenamente operativo. Los otros cinco se encontraban en puerto, entre mantenimiento y reparaciones prolongadas, mientras la base de Akrotiri recibía el impacto de un dron kamikaze iraní y veía cómo otros dos aparatos eran interceptados en las horas siguientes.

Este hecho revela una fragilidad estructural: años de recortes y retrasos en los programas de modernización han dejado a la Royal Navy sin margen de maniobra en un momento de máxima tensión. Lo más grave, según antiguos altos mandos, es que no había un solo gran buque británico entre Gibraltar y Singapur cuando estalló la crisis, un vacío de poder marítimo difícil de justificar para una potencia que aspira a seguir siendo actor global.

Defensa aérea, no bombardeo: el matiz de Londres

Lammy ha puesto el foco en la naturaleza de las operaciones británicas. “Nuestra postura es defensiva”, repite, apoyándose en dos elementos: la misión de los cazas y los límites impuestos al uso de bases. En Akrotiri, el Reino Unido tiene desplegados seis F-35B y varios Typhoon FGR4, oficialmente para proteger la base y como refuerzo “prudente” ante la escalada regional.

En Qatar, el escuadrón conjunto británico-qatarí número 12 opera también con Typhoon en misiones de patrulla. El 1 de marzo, uno de estos cazas derribó un dron iraní que se dirigía hacia territorio qatarí, en lo que el propio Ministerio de Defensa calificó de actuación “claramente defensiva”. Para Lammy, este tipo de acciones demuestra que Londres “protege a sus aliados y evita una mayor desestabilización”, sin cruzar la línea de los bombardeos sobre suelo iraní.

No obstante, la frontera entre defensa y participación en la guerra es difusa. Cuando los cazas despegan desde una base atacada y derriban drones iraníes, o cuando las bases británicas se utilizan para lanzar misiles estadounidenses contra infraestructuras militares de Teherán, la percepción pública en la región es la de un Reino Unido beligerante. Y esa imagen tiene consecuencias en términos de seguridad y de reputación.

El factor Trump: un aliado imprevisible

El otro frente que Lammy ha tenido que gestionar es el político. En una entrevista con la prensa estadounidense, Donald Trump ha cargado contra España y el Reino Unido por su supuesta falta de apoyo a la campaña sobre Irán, calificando la actitud de Londres de “muy decepcionante” y sugiriendo que el primer ministro Starmer actúa con excesiva cautela.

Trump mezcla varias críticas: reprocha a los europeos su bajo gasto en defensa, cuestiona la negativa inicial británica a permitir bombardeos desde sus bases y exige un alineamiento “sin preguntas” con la estrategia de Washington. El contraste con la prudencia de Lammy y Starmer no puede ser mayor. Mientras la Casa Blanca habla de “eliminar amenazas” y de una campaña que puede prolongarse semanas o meses, Downing Street insiste en la necesidad de evitar una guerra abierta en todo Oriente Medio.

Este choque retórico revela algo más profundo: la relación transatlántica atraviesa una fase de renegociación. Londres, tras el Brexit, había apostado por convertirse en el socio europeo preferente de Washington. Pero cuando el aliado exige compromisos que implican un coste político interno elevado –como volver a implicarse en una guerra en Oriente Medio–, la tentación de mantener cierta distancia se impone.

El recuerdo de Irak y el coste político del riesgo

El contexto histórico pesa. Cada vez que un ministro británico habla de Irán, en Westminster resuenan los fantasmas de Irak. La invasión de 2003, liderada por Estados Unidos y secundada por el Gobierno de Tony Blair, dejó 179 militares británicos muertos y miles de heridos, además de más de 4.400 soldados estadounidenses y entre 150.000 y más de 200.000 civiles iraquíes muertos según distintas estimaciones.

La consecuencia es clara: cualquier paso que pueda interpretarse como preludio de una nueva intervención terrestre en la región es políticamente tóxico. Starmer y Lammy lo saben y por eso repiten que el Reino Unido “no está en guerra”, incluso después del ataque a Akrotiri y del permiso para que EEUU use bases británicas.

Sin embargo, la memoria de Irak también alimenta las divisiones internas. Sectores laboristas temen que el Gobierno termine arrastrado, paso a paso, a una implicación de la que luego sea muy difícil salir. Y la oposición conservadora acusa a Starmer de debilidad por no alinearse de forma más clara con Washington. El margen de maniobra de Lammy, atrapado entre esos dos fuegos, es estrecho.

Capacidad militar británica al límite

La crisis ha puesto un foco incómodo sobre el estado real de las fuerzas armadas británicas. Más allá del símbolo de los destructores Tipo 45 en puerto, los analistas apuntan a una falta de profundidad estratégica: flota reducida, munición limitada y un alto grado de dependencia de las capacidades estadounidenses, desde defensa antimisiles hasta inteligencia.

El despliegue acelerado de HMS Dragon hacia el Mediterráneo oriental, tras años de problemas técnicos, ilustra esa improvisación. El buque llevará misiles antiaéreos y actuará como paraguas para Akrotiri y los grupos navales aliados, pero tardará cerca de una semana en llegar a la zona crítica, un plazo que muchos consideran excesivo en plena guerra de drones y misiles de alcance medio.

Mientras tanto, la RAF opera con apenas una docena de cazas de primera línea entre Chipre y Qatar, repartidos entre F-35B y Typhoon, para cubrir un teatro que abarca desde el Mediterráneo oriental hasta el Golfo Pérsico. El diagnóstico es inequívoco: el Reino Unido mantiene capacidades de alta tecnología, pero carece del volumen y la resiliencia necesarios para sostener una campaña prolongada sin apoyo intensivo de Estados Unidos.

Europa dividida ante la guerra de Irán

El contraste con otras capitales europeas resulta demoledor. Francia ha optado por reforzar discretamente su presencia naval y aérea, Alemania se mantiene en un segundo plano centrado en la vía diplomática y España, también criticada por Trump, intenta evitar cualquier implicación directa más allá de sus obligaciones OTAN.

Esta fragmentación refleja un problema de fondo: Europa no tiene una posición común sobre cómo gestionar la guerra de Irán ni sobre el papel de EEUU en la región. Mientras Bruselas se centra en sanciones y llamamientos a la desescalada, la realidad militar la deciden Washington, Tel Aviv y, en menor medida, Londres y París.

Para el Reino Unido, que ya no está en la UE, la disyuntiva es especialmente incómoda. Si se acerca demasiado a la estrategia de Trump, corre el riesgo de repetir el desgaste de la era Blair. Si se mantiene excesivamente distante, puede perder influencia sobre la arquitectura de seguridad que emerja tras el conflicto. En ese tablero, Lammy intenta proyectar la imagen de un Reino Unido responsable, prudente y sólido, pese a las grietas internas.

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