Al menos seis muertos en asalto al consulado de EEUU en Karachi
La ola de indignación por la muerte del líder supremo iraní, Ayatolá Ali Jamenei, ha estallado con violencia en Pakistán. Al menos seis personas han muerto y ocho han resultado heridas en los disturbios desatados este domingo frente al Consulado de Estados Unidos en Karachi, después de que cientos de manifestantes intentaran asaltar la sede diplomática, según el balance preliminar de las autoridades y del servicio de rescate Edhi. La protesta, convocada por grupos chiíes, se convirtió en una batalla campal cuando las fuerzas de seguridad recurrieron a gases lacrimógenos y disparos para dispersar a la multitud. Las cifras oscilan ya entre seis y ocho fallecidos, de acuerdo con diferentes fuentes oficiales y humanitarias, en un incidente que subraya el impacto inmediato que la ofensiva militar sobre Irán está teniendo muy lejos de Teherán.
Los disturbios comenzaron a primera hora de la tarde, cuando entre 500 y 1.000 manifestantes marcharon hacia el Consulado de Estados Unidos, situado en la zona de Mai Kolachi Road, un corredor estratégico que conecta el centro de Karachi con el puerto. La concentración, convocada inicialmente como una marcha de protesta contra el ataque a Irán, derivó rápidamente en un intento de romper el cordón de seguridad. Testigos citados por medios locales describen columnas de jóvenes con banderas de partidos chiíes y retratos de Jamenei avanzando entre consignas contra Washington y Tel Aviv.
Cuando los primeros grupos trataron de saltar las vallas externas y lanzar piedras contra el recinto, la policía respondió con gases lacrimógenos y disparos al aire. Lo que debía ser una contención escaló en cuestión de minutos. El servicio de rescate Edhi, que gestiona una de las mayores redes de ambulancias del país, confirmó que varios de los fallecidos presentaban impactos de bala, mientras que otros murieron por traumatismos al tratar de huir entre estampidas y cargas policiales. La imagen de cuerpos tendidos sobre el asfalto frente a una sede diplomática estadounidense reaviva el fantasma de las protestas antiestadounidenses que han marcado las últimas dos décadas en el mundo musulmán.
De Teherán a Karachi: el detonante
El estallido de violencia en Karachi no puede entenderse sin el contexto del día anterior. Estados Unidos e Israel lanzaron el sábado una operación militar coordinada contra Irán, bautizada “Epic Fury”, que incluyó ataques a más de 500 objetivos militares y de mando en el país persa. El resultado más simbólico y políticamente devastador fue la muerte de Ali Jamenei, líder supremo de Irán desde 1989, confirmada por los medios estatales iraníes y posteriormente asumida por Washington.
La ofensiva ha dejado ya más de 200 muertos y centenares de heridos civiles en Irán, según balances iniciales, con infraestructuras básicas y centros educativos gravemente dañados. En paralelo, Teherán ha respondido con lanzamientos de misiles y drones contra bases estadounidenses y objetivos israelíes en varios países de la región, elevando al máximo la tensión en Oriente Próximo. Este es el contexto que explica por qué, a miles de kilómetros, la noticia de la muerte de Jamenei se vivió en Karachi no como un episodio lejano, sino como una agresión directa a una figura de referencia para amplios sectores chiíes. El salto de la indignación a la acción callejera ha sido casi inmediato.
Karachi, megaciudad expuesta a la violencia
Karachi no es una ciudad cualquiera. Con una población estimada en unos 18,5 millones de habitantes en 2026, es la mayor urbe de Pakistán y una de las metrópolis más densamente pobladas del planeta. Su tamaño, la fragilidad de sus infraestructuras y la coexistencia de múltiples grupos políticos, religiosos y étnicos la convierten desde hace años en un punto especialmente vulnerable a la violencia política y sectaria.
En los últimos meses, la ciudad ya había encadenado varios episodios trágicos, desde incendios en centros comerciales hasta explosiones de gas en edificios residenciales, con decenas de muertos y críticas a la gestión de las emergencias. Este trasfondo de precariedad urbana agrava el impacto de cualquier estallido de orden público: servicios de rescate saturados, hospitales al límite y barrios enteros marcados por la desconfianza hacia las autoridades. En ese contexto, la concentración frente al consulado ha funcionado como un amplificador de tensiones acumuladas. La ciudad aparece, una vez más, como un polvorín donde una chispa geopolítica externa basta para desatar una tragedia local.
La minoría chií de Pakistán toma la calle
Pakistán es un país abrumadoramente musulmán, con alrededor del 97% de su población adscrita al islam. De ellos, entre el 10% y el 15% son chiíes, según diferentes estimaciones internacionales, lo que convierte a la comunidad chií paquistaní en una de las mayores del mundo fuera de Irán. Durante décadas, este grupo ha sufrido tanto discriminación estructural como ataques por parte de organizaciones extremistas suníes, acumulando un profundo sentimiento de agravio.
Esa realidad explica por qué la muerte de Jamenei ha tenido una resonancia inmediata en los barrios chiíes de Karachi y otras ciudades del país. En los últimos años, ya se habían registrado marchas masivas en solidaridad con figuras como el líder de Hezbolá, Hasán Nasrala, o en protesta por ofensivas israelíes en Líbano y Gaza, que terminaron en enfrentamientos con la policía cuando los manifestantes intentaron alcanzar el consulado estadounidense. Ahora, la eliminación del líder supremo iraní se percibe como un ataque directo al corazón del chiismo político. Lo más significativo es que esa movilización trasciende las fronteras confesionales y conecta con un malestar más amplio hacia la política exterior de Washington en la región.
Consulados blindados y diplomacia bajo presión
Las escenas de Karachi recuerdan un patrón que se repite cada vez que Washington participa en una intervención militar en Oriente Próximo: las embajadas y consulados estadounidenses se convierten en la diana visible del enfado popular. Desde los asaltos a legaciones en países árabes tras la invasión de Irak en 2003 hasta los disturbios por un vídeo blasfemo en 2012, la ecuación se ha repetido una y otra vez: decisiones tomadas en la Casa Blanca, consecuencias en las calles de capitales lejanas.
En Pakistán, el consulado de Karachi ya operaba bajo fuertes medidas de seguridad, con múltiples anillos de protección y restricciones de tráfico en su perímetro. La jornada de este domingo ha puesto a prueba ese blindaje. Aunque por ahora no se han registrado víctimas entre el personal estadounidense, según las informaciones disponibles, el intento de asalto obliga a revisar los protocolos. Las legaciones de Estados Unidos en la región funcionan desde anoche en modo de “riesgo extremo”, con personal esencial y limitación estricta de movimientos, a la espera de instrucciones de Washington. La consecuencia es clara: la política de “máxima presión” sobre Irán tiene su reflejo inmediato en una diplomacia que se ve forzada a replegarse tras muros cada vez más altos.
La respuesta de Islamabad y Washington
El Gobierno de Pakistán se mueve en un equilibro delicado. Por un lado, es un socio estratégico de Estados Unidos en materia de seguridad y recibe ayuda financiera y militar que no puede permitirse perder. Por otro, debe responder a una opinión pública donde las simpatías hacia Irán y hacia las causas antiestadounidenses son significativas, especialmente entre los partidos islamistas que tienen capacidad de sacar a decenas de miles de personas a la calle.
Tras los disturbios, las autoridades provinciales de Sindh han anunciado la apertura de una investigación sobre el uso de la fuerza y la muerte de manifestantes, al tiempo que han defendido que la policía actuó para proteger una misión diplomática extranjera, cuya seguridad es responsabilidad del Estado paquistaní en virtud de la Convención de Viena. Desde Washington, se espera una condena explícita de la violencia y una exigencia de garantías adicionales para el consulado. El contraste entre la necesidad de mantener el vínculo con Estados Unidos y la presión de una calle inflamable marcará las decisiones de Islamabad en las próximas horas.
El riesgo de un efecto dominó regional
Lo ocurrido en Karachi no es un fenómeno aislado. La ofensiva sobre Irán y la muerte de Jamenei ya han desencadenado protestas y manifestaciones de apoyo a la República Islámica en diversas capitales de Oriente Próximo y del sur de Asia. En paralelo, la Guardia Revolucionaria iraní ha prometido una “venganza sin precedentes”, mientras misiles y drones alcanzan bases estadounidenses y objetivos israelíes en varios países de la región.
En ese contexto, la escena de un consulado estadounidense asediado por una multitud chií en Pakistán funciona como un aviso. Si la escalada militar entre Washington, Tel Aviv y Teherán se prolonga, es razonable anticipar nuevas jornadas de tensión frente a instalaciones diplomáticas y bases occidentales en países con importantes comunidades chiíes, desde Irak hasta Bahréin. El diagnóstico es inequívoco: cada víctima civil en Irán puede traducirse en un aumento del riesgo para intereses estadounidenses y aliados en terceros países. Y cada muerto en manifestaciones como la de Karachi alimenta, a su vez, el relato de agravio que utilizan tanto Teherán como los grupos radicales para reforzar su influencia.