Merz elevará a 152.000 millones el gasto militar alemán

El canciller alemán defenderá en la cumbre de la OTAN en Ankara un rearme histórico tras las críticas de Trump a Europa.

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152.000 millones de euros. Esa es la cifra con la que Friedrich Merz quiere llegar a la próxima cumbre de la OTAN en Ankara, prevista para los días 7 y 8 de julio, en un momento de máxima tensión entre Washington y sus aliados europeos. El canciller alemán prepara una intervención centrada en el esfuerzo de Alemania y de Europa dentro de la Alianza Atlántica, después de que Donald Trump calificara de «ridículas» las aportaciones previas de Berlín y denunciara una relación «unilateral» con la OTAN. El mensaje de fondo es inequívoco: Alemania intenta dejar atrás décadas de prudencia militar para convertirse en el eje defensivo del continente.

El giro alemán

Alemania ya no discute solo porcentajes presupuestarios. Discute poder militar. Merz ha puesto sobre la mesa un salto de escala que hace apenas cinco años habría sido políticamente impensable: elevar el gasto en defensa hasta 152.000 millones de euros en 2029 y ampliar sus capacidades humanas hasta una fuerza combinada de 460.000 soldados en activo y reservistas a mediados de la próxima década.

El dato revela un cambio profundo. Berlín, tradicionalmente incómoda con cualquier protagonismo militar desde la Segunda Guerra Mundial, asume ahora que su peso económico no basta si no va acompañado de capacidad disuasoria. La primera economía europea quiere dejar de ser un gigante industrial con reflejos estratégicos lentos.

La presión de Trump

El detonante inmediato no es solo la guerra en Ucrania ni la amenaza rusa. Es también Washington. Trump ha vuelto a cuestionar el equilibrio interno de la OTAN y ha exigido a los socios europeos un esfuerzo mucho mayor, con el objetivo político de llevar el gasto hasta el entorno del 5% del PIB en defensa y partidas relacionadas.

La crítica golpea especialmente a Alemania porque durante años fue el ejemplo más citado del desfase entre riqueza económica y contribución militar. Lo más grave para Berlín no es la dureza retórica, sino la duda estratégica que deja instalada: si Estados Unidos reduce su implicación, Europa tendrá que cubrir capacidades que nunca ha financiado plenamente.

Una Bundeswehr sobredimensionada sobre el papel

El plan alemán contempla pasar de una estructura aproximada de 256.000 efectivos entre militares y reservistas a 460.000. Algunas estimaciones desglosan ese objetivo en unos 260.000 soldados activos y alrededor de 200.000 reservistas, una cifra que exigiría reclutamiento, formación, mandos, infraestructuras y material en una escala desconocida en la Alemania reciente.

El reto no es únicamente presupuestario. Comprar armamento es más rápido que reconstruir cultura militar, cadenas logísticas y preparación operativa. La consecuencia es clara: Alemania puede anunciar una transformación histórica, pero la credibilidad dependerá de si convierte el gasto en brigadas listas, munición disponible y capacidad de despliegue real.

Ankara como examen político

La cumbre de Ankara se celebrará bajo una presión excepcional. La agenda incluye gasto en defensa, apoyo a Ucrania, industria militar, nuevas tecnologías y la transformación conceptual de la OTAN. Turquía, anfitriona del encuentro, ha reforzado la seguridad y quiere exhibir su peso estratégico dentro de una Alianza cada vez más atravesada por tensiones internas.

Para Merz, Ankara será algo más que una foto diplomática. Será el lugar donde Alemania intentará demostrar que el rearme europeo no es una promesa vacía. El contraste con etapas anteriores resulta demoledor: Berlín pasa de justificar retrasos a presentarse como garante de la nueva defensa continental.

El coste económico del rearme

Elevar el gasto militar a 152.000 millones implica una redistribución estructural del presupuesto alemán. Defensa competirá con pensiones, transición energética, industria, infraestructuras y cohesión social. Y lo hará en una economía que ya ha mostrado señales de fatiga industrial, costes energéticos elevados y menor dinamismo exportador.

Este hecho revela una tensión central: Europa quiere autonomía estratégica, pero esa autonomía tiene precio fiscal. Si Alemania cumple, arrastrará al resto de socios. Si falla, la OTAN quedará atrapada entre la presión estadounidense y la insuficiencia europea. El rearme no será gratis; tampoco lo será seguir dependiendo de Washington.

El efecto dominó europeo

El movimiento de Merz puede forzar una nueva carrera presupuestaria dentro de la UE. Francia, Polonia, Italia y España tendrán que explicar hasta dónde están dispuestas a llegar. Polonia ya se sitúa entre los países más agresivos en inversión defensiva; España, en cambio, afronta mayores resistencias políticas y sociales ante cualquier aumento acelerado.

El diagnóstico es inequívoco: la OTAN entra en una fase en la que las declaraciones ya no bastan. Se medirán fábricas, reservas, reclutamiento, interoperabilidad y gasto ejecutado. Alemania ha decidido ponerse en el centro del tablero; ahora debe demostrar que su giro no es solo contable, sino operativo.

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