Balance de la semana: Munich marca el nuevo ‘reset’ occidental entre riesgos en Irán y mercados
La semana ha dejado una imagen clara: Occidente entra en una nueva fase de inestabilidad controlada, donde la diplomacia, los portaaviones y los resultados empresariales pesan casi lo mismo en las pantallas de los inversores. En Múnich, la conferencia anual de seguridad ha escenificado el intento de “reset” estratégico entre Estados Unidos y Europa. Al mismo tiempo, Washington y Teherán preparan una nueva ronda de negociaciones nucleares bajo la amenaza explícita de una acción militar norteamericana. En los mercados, NatWest ha presentado un ingreso total de 16.600 millones de libras en 2025, mientras BP reconoce una pérdida de 3.400 millones de dólares en el cuarto trimestre, golpeando al sector energético. Y como telón de fondo, el caso Epstein se adentra en las cúpulas políticas de Londres y Washington, erosionando confianza institucional.
Munich, el escenario del ‘reset’ occidental
La Conferencia de Seguridad de Múnich se ha consolidado este año como el termómetro del estado real de la alianza occidental. El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, utilizó el foro para enviar un mensaje doble: reafirmar que «Estados Unidos y Europa pertenecen juntos» y, al mismo tiempo, cuestionar partes del orden liberal nacido tras la Guerra Fría, al que calificó de ingenuo en varios aspectos.
Su discurso ha marcado un giro de tono respecto a la retórica más abiertamente confrontativa del año anterior, pero sin romper con el fondo del trumpismo: defensa de la soberanía nacional, crítica a la globalización desregulada y a organismos internacionales percibidos como ineficaces. El contraste con la narrativa europea es significativo. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, habló de un “despertar” europeo, dejando claro que Bruselas quiere traducir en capacidad militar y tecnológica lo que hasta ahora era solo una ambición política.
El diagnóstico es inequívoco: la relación transatlántica ya no se da por supuesta, sino que se negocia casi línea a línea. Para los inversores, esto no es un debate abstracto. Determina las prioridades de gasto en defensa, el futuro del comercio transatlántico y la respuesta coordinada —o no— a crisis como Ucrania o el conflicto en Oriente Medio.
Europa despierta ante una seguridad más frágil
Más allá de las frases solemnes, Múnich ha dejado una sensación compartida: la “solidez de la paz” en Europa es hoy menor que hace cinco años. El primer ministro británico, Keir Starmer, reconoció que el tejido de seguridad construido tras 1989 se está erosionando. La guerra en Ucrania, la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense con la OTAN y la presión de conflictos simultáneos en el Sahel, el mar Rojo o el Mediterráneo han llevado a las capitales europeas a aceptar que la era del “dividendo de la paz” está definitivamente cerrada.
La consecuencia directa es un giro acelerado hacia el rearme. Varios gobiernos han puesto ya en el papel el objetivo del 2% del PIB en defensa, y algunos, como Polonia, lo superan ampliamente, acercándose al 4%, cifra que parecía impensable hace una década. Sin embargo, lo más grave no es solo el nivel de gasto, sino la capacidad para convertir esos recursos en autonomía estratégica real: cadenas de suministro, industria de defensa propia y coordinación política efectiva.
El contraste con otras potencias resulta demoledor. Mientras Europa debate sobre capacidades, Estados Unidos ha demostrado que puede reposicionar dos grupos de portaaviones en pocas semanas. China, por su parte, sigue expandiendo su huella naval y tecnológica. En este contexto, el “despertar europeo” del que habló von der Leyen corre el riesgo de quedarse corto si no se traduce en decisiones presupuestarias y regulatorias concretas en 2026 y 2027.
Trump, Irán y la sombra de la acción militar
En paralelo al gesto conciliador de Rubio con Europa, la crisis entre Estados Unidos e Irán ha escalado varios peldaños. Tras una primera ronda de contactos indirectos en Omán, Washington y Teherán se preparan para un nuevo encuentro en Ginebra, con Suiza como mediador y bajo una presión temporal explícita por parte de la Casa Blanca.
El presidente Donald Trump ha endurecido el mensaje, advirtiendo que el fracaso de las conversaciones podría desembocar en una respuesta militar y llegando a afirmar que un cambio de régimen en Teherán sería “lo mejor que podría ocurrir”. Sus palabras no se producen en el vacío: en las últimas 48 horas, Estados Unidos ha ordenado el despliegue del portaaviones USS Gerald R. Ford al Oriente Medio, donde se unirá al USS Abraham Lincoln y a un dispositivo de destructores y aviones de combate que eleva el contingente a entre 40.000 y 50.000 efectivos en la región.
Este hecho revela una estrategia de máxima presión: negociar con la mesa de diálogo sobre Ginebra y, al mismo tiempo, con la cubierta de un portaaviones frente a las costas iraníes. Para los mercados de materias primas, la ecuación es clara. Cada titular sobre movimientos navales o amenazas de ruptura del diálogo se traduce en repuntes de la prima de riesgo en el Brent, tensiones de corto plazo en las divisas emergentes y un mayor atractivo de refugios como el oro o la deuda estadounidense a corto plazo.
El mensaje de los mercados: bancos fuertes, energía bajo presión
Mientras la geopolítica dominaba los titulares, los resultados empresariales marcaron la pauta en las bolsas europeas. NatWest se convirtió en uno de los focos de la semana al anunciar un ingreso total de 16.600 millones de libras en 2025, un aumento de alrededor del 13% respecto a 2024, con un fuerte impulso del margen de intereses y un retorno sobre capital tangible cercano al 19%. Los analistas han interpretado estas cifras como prueba de que la banca británica está aprovechando la subida de tipos y la normalización del crédito.
En el extremo opuesto, la petrolera BP sacudió al mercado energético al reconocer una pérdida de 3.400 millones de dólares en el cuarto trimestre, arrastrada por deterioros de activos y un entorno de precios menos favorable. El grupo ha decidido suspender temporalmente las recompras de acciones para acelerar el desapalancamiento, lo que se tradujo en caídas próximas al 4%-5% en la sesión posterior y en una revisión a la baja de expectativas de generación de caja para 2026.
El contraste es nítido: mientras la banca consolida la narrativa de “beneficiarios netos” del ciclo de tipos altos, el sector energético entra en una fase más defensiva, con menos margen para retribución al accionista y mayor sensibilidad a cualquier shock geopolítico que dispare el precio del crudo pero no se consolide en el tiempo.
La ola tecnológica y de consumo que mueve Wall Street
Al otro lado del Atlántico, la temporada de resultados en tecnología y consumo ha mantenido la volatilidad elevada. Compañías como Airbnb, Cisco, Coinbase, Pinterest, Rivian o Moderna han protagonizado movimientos porcentuales de doble dígito en las horas posteriores a presentar sus cifras, confirmando que el mercado americano está dispuesto a castigar con dureza cualquier desviación en guías de ingresos o márgenes, pero también a premiar el crecimiento rentable.
En el caso de Airbnb, el foco está en la capacidad de seguir elevando ingresos por estancia en un entorno de mayor presión regulatoria en grandes ciudades europeas y estadounidenses. Coinbase se beneficia del renovado apetito por criptoactivos, pero vive pendiente de los frentes abiertos con los reguladores. Rivian, por su parte, ilustra el dilema del coche eléctrico: inversiones masivas, presión competitiva desde China y necesidad de demostrar que el modelo es sostenible sin subsidios.
Lo relevante para el inversor global es que estas compañías actúan como sensores adelantados del ciclo económico. Cuando plataformas de viaje, publicidad digital o comercio electrónico ajustan sus previsiones, lo hacen con datos de consumo prácticamente en tiempo real. En ese sentido, la lectura agregada de esta semana apunta a un crecimiento aún positivo, pero con mayor dispersión sectorial y menos margen para errores de ejecución.
El caso Epstein irrumpe en la política europea
Fuera de los mercados, la trama Epstein ha dado un salto cualitativo en su impacto político, especialmente en el Reino Unido. El antiguo primer ministro Gordon Brown calificó de “serio” para el actual Gobierno el escándalo en torno a Peter Mandelson, cuya relación con Epstein ha reabierto el debate sobre los vínculos entre las élites políticas y el financiero fallecido. El jefe de gabinete de Keir Starmer, Morgan McSweeney, ha presentado su dimisión tras reconocer su papel en el nombramiento de Mandelson para un puesto diplomático clave pese a las advertencias internas.
Lo más grave no es solo la caída de un alto cargo, sino la erosión de credibilidad de un Ejecutivo que había prometido romper con las prácticas de amiguismo de gobiernos anteriores. La coincidencia temporal entre la crisis de seguridad debatida en Múnich y la crisis ética derivada del caso Epstein proyecta una imagen incómoda: mientras Europa reclama más autonomía estratégica y exige sacrificios presupuestarios a sus ciudadanos, la opinión pública descubre que parte de sus élites políticas siguen atrapadas en las redes de viejas relaciones opacas.
Para los inversores institucionales, este tipo de escándalos no es un mero ruido político: condiciona la estabilidad regulatoria, la capacidad de aprobar reformas y, en última instancia, la percepción de riesgo país.
Washington bajo presión: Bondi ante el espejo de Epstein
En Estados Unidos, el caso Epstein también ha escalado de forma visible esta semana. La fiscal general Pam Bondi ha tenido que enfrentarse a un duro interrogatorio en el Congreso a raíz de su gestión de los expedientes vinculados a Epstein y de la filtración de datos sensibles de víctimas. En una tensa comparecencia, se negó a disculparse por la exposición pública de su identidad, lo que ha desencadenado acusaciones de encubrimiento y ha provocado que los demócratas de los comités de Justicia y Supervisión exijan el fin de la “vigilancia secreta” sobre los legisladores que revisan los archivos del caso.
El episodio alimenta la percepción de que el sistema judicial estadounidense sigue teniendo puntos ciegos cuando se trata de investigar a personas con gran poder político y económico. En un contexto de polarización extrema, cualquier duda sobre la imparcialidad del Departamento de Justicia impacta directamente en la confianza de los mercados en el marco regulatorio y de cumplimiento en Estados Unidos, especialmente en sectores como la banca privada, los hedge funds o las grandes plataformas tecnológicas.
La consecuencia es clara: el “riesgo de integridad institucional” empieza a cotizar, de forma implícita, en las primas exigidas por los inversores más aversos al escándalo reputacional.
Riesgos cruzados: qué mira ahora el inversor global
La semana deja un tablero lleno de riesgos cruzados. En el frente geopolítico, el binomio Múnich–Irán definirá buena parte del sentimiento de mercado en los próximos meses. Cualquier signo de ruptura en las conversaciones con Teherán, unido a un error de cálculo en el despliegue de los portaaviones estadounidenses, puede provocar episodios de volatilidad fuerte en materias primas y divisas emergentes. En Europa, la capacidad real de traducir el discurso del “despertar” en programas de inversión en defensa y tecnología será clave para el posicionamiento a medio plazo en sectores industriales y de seguridad.
En el ámbito corporativo, el mensaje es nítido: los bancos bien capitalizados y con margen de intereses al alza emergen como ganadores de esta fase del ciclo, mientras sectores como energía o automoción eléctrica afrontan más incertidumbres regulatorias y de demanda. Y en el plano político, el avance del caso Epstein en Londres y Washington añade una capa extra de riesgo institucional que puede influir en agendas regulatorias, desde la supervisión financiera hasta la protección de datos.
En términos de asignación de activos, el escenario base sigue siendo de crecimiento moderado con volatilidad intermitente, pero la distribución de riesgos es cada vez menos simétrica. En 2026, la combinación de seguridad, gobernanza y resultados empresariales contará tanto como el PIB para explicar el comportamiento de los mercados.