Starmer abre dos bases a EEUU y tensa el pulso con Irán
Londres permite el uso de RAF Fairford y Diego García para operaciones estadounidenses contra capacidades iraníes, mientras el estrecho de Ormuz se convierte en el nuevo epicentro del riesgo energético mundial.
El Reino Unido ha dado un paso que cambia la naturaleza de su papel en la guerra con Irán. Aunque Keir Starmer insiste en que Londres no participa directamente en la ofensiva, Downing Street ha admitido que Estados Unidos puede utilizar bases británicas para acciones “limitadas” y “defensivas” contra instalaciones de misiles iraníes. Lo más delicado es que ese permiso ya no se interpreta solo en clave regional: ahora se vincula también a la protección del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, por donde pasa una parte crítica del petróleo mundial. La consecuencia es clara: Reino Unido intenta seguir fuera de la guerra, pero cada decisión lo acerca un poco más a su centro.
Un permiso con fechas, alcance y una lectura distinta
La versión oficial británica ha ido ampliándose por fases. El 1 de marzo de 2026, Starmer anunció que aceptaba la petición de Washington para usar bases británicas con un “specific and limited defensive purpose”: destruir misiles en origen y proteger vidas británicas y aliadas. Días después, el Gobierno publicó un resumen legal en el que defendía que esa colaboración encajaba en la autodefensa colectiva y no equivalía a entrar en la guerra general entre EEUU, Israel e Irán.
El siguiente salto llegó el 9 de marzo, cuando el ministro de Defensa, John Healey, ya no habló en abstracto: citó expresamente RAF Fairford y Diego García como las bases incluidas en el acuerdo y confirmó incluso que el primer bombardero estadounidense había aterrizado en Fairford. Y el 19 y 20 de marzo, Downing Street endureció el tono al condenar los ataques iraníes contra buques comerciales y el “cierre de facto” de Ormuz, mientras medios británicos y españoles recogían que el permiso se extendía a operaciones destinadas a degradar las capacidades con las que Teherán golpea el tráfico marítimo. El matiz es decisivo: la infraestructura británica deja de ser un simple respaldo pasivo y pasa a integrarse en la gestión militar de la crisis del petróleo.
Fairford y Diego García, dos piezas que cambian el tablero
No se trata de dos nombres cualquiera. RAF Fairford, en Gloucestershire, es una instalación preparada para recibir bombarderos pesados estadounidenses y proyectar poder aéreo de largo alcance desde territorio británico. Diego García, en el Índico, es todavía más sensible: una plataforma logística y estratégica clave para operaciones en Oriente Medio y Asia. Que Londres haya admitido formalmente su uso revela hasta qué punto la crisis ha superado ya el marco de una mera solidaridad diplomática.
Este hecho revela algo más profundo. El Reino Unido intenta vender la decisión como un apoyo técnico, quirúrgico y condicionado por el derecho internacional. Sin embargo, en términos militares, permitir el uso de esas dos bases significa aportar profundidad estratégica, alcance operativo y credibilidad de disuasión a la campaña estadounidense. No es casual que la propia defensa británica haya subrayado que Irán ha lanzado ya más de 500 misiles balísticos y de crucero y más de 2.000 drones en la región. Cuando un aliado pone infraestructuras de ese nivel a disposición de Washington, deja de ser un espectador robusto y pasa a convertirse en un actor imprescindible de retaguardia. El contraste con la prudencia inicial de Londres resulta demoledor.
La línea jurídica que Londres intenta preservar
Starmer sabe que en Reino Unido hay una cicatriz que nunca termina de cerrarse: Iraq 2003. Por eso ha blindado su discurso con una doble fórmula. Primero, insiste en que el país “no se une a los ataques” y que solo mantiene acciones defensivas. Segundo, sostiene que la base jurídica está en la protección de aliados regionales y de ciudadanos británicos frente a ataques iraníes. En su resumen legal, Downing Street afirma que el uso o apoyo a la fuerza sería legítimo si resulta necesario y proporcionado para detener un ataque armado en curso.
“We all remember the mistakes of Iraq”, llegó a decir el primer ministro al justificar su cautela. Pero precisamente ahí aparece el problema. Chatham House ha advertido de que la posición británica difumina la frontera entre una autodefensa jurídicamente defendible y el riesgo de quedar asociada a una guerra más amplia cuya legalidad es muy discutida. El diagnóstico es inequívoco: cuanto más se prolongue el uso de bases británicas para golpear capacidades iraníes, más difícil será sostener que Londres sigue fuera del conflicto en sentido sustantivo. La arquitectura legal existe; lo que se erosiona con rapidez es la arquitectura política.
Ormuz, el cuello de botella que explica la decisión
La explicación de fondo no está solo en la seguridad; está también en la energía. El estrecho de Ormuz movió en 2024 unos 20 millones de barriles diarios, equivalentes a alrededor del 20% del consumo mundial de líquidos petrolíferos, según la EIA. La IEA lo define además como la ruta de cerca del 25% del comercio marítimo mundial de crudo. Cuando Londres habla de proteger la navegación, en realidad está hablando de contener un shock energético global.
La gravedad ha dejado de ser teórica. En su declaración conjunta del 19 de marzo, Reino Unido y una amplia coalición de socios denunciaron ataques iraníes contra buques no armados, infraestructuras de petróleo y gas y el “cierre de facto” del paso. La AIE, por su parte, ya advierte de que los flujos de exportación a través del estrecho están casi paralizados, lo que explica la liberación coordinada de reservas estratégicas y la presión sobre otros productores para aumentar la oferta. Lo más grave es que aquí no se discute solo un corredor marítimo: se discute el precio futuro del combustible, de la electricidad, de los fertilizantes y, por extensión, de la inflación. En otras palabras, Ormuz vuelve a funcionar como una palanca geopolítica con capacidad de vaciar bolsillos a miles de kilómetros del Golfo.
La factura económica ya ha empezado
Downing Street no oculta que el frente interno importa tanto como el militar. Starmer ha reconocido que el conflicto amenaza con empeorar el coste de la vida en Reino Unido y ya ha vinculado la reapertura de Ormuz con la estabilidad de mercado. En su comparecencia del 16 de marzo, el primer ministro anunció un tope temporal a las facturas energéticas hasta final de junio, con un ahorro medio prometido de 117 libras por hogar, además de 53 millones de libras de apoyo a consumidores especialmente expuestos al combustible para calefacción.
Ese movimiento no nace de la abundancia, sino del miedo al contagio económico. Associated Press informó de un barril de petróleo ya por encima de 112 dólares, mientras la IEA reclamaba medidas de ahorro y liberación de reservas ante la mayor disrupción de oferta en décadas. El Gobierno británico intenta transmitir control, pero el mensaje real es otro: si Ormuz sigue bloqueado o militarizado, la economía doméstica europea entrará de nuevo en una fase de inflación importada. El precedente de Ucrania sigue demasiado fresco. Y el contraste con otras crisis energéticas es inquietante: esta vez no se trata de una sanción o de un corte gradual, sino de un cuello de botella marítimo que puede estrangular el sistema en cuestión de días.
El riesgo de represalia ya no es teórico
Londres justificó su giro alegando que Irán estaba poniendo en peligro vidas británicas. El 1 de marzo, Starmer habló de al menos 200.000 británicos en la región; el 9 de marzo, Defensa elevó a 170.000 los registrados y a 37.000 los evacuados; y el 16 de marzo el Gobierno afirmó que 92.000 nacionales habían regresado al país en vuelos comerciales o fletados. Esa secuencia muestra la velocidad del deterioro y la presión logística a la que se enfrenta Whitehall.
Pero la exposición no se limita a la población civil. El Guardian y otras coberturas internacionales han recogido que Irán ha amenazado o tratado de golpear instalaciones vinculadas a EEUU y Reino Unido, incluida Diego García, en una señal de que cualquier base utilizada para facilitar operaciones puede convertirse automáticamente en objetivo. La consecuencia es clara: cuanto más dependa Washington de la infraestructura británica para sostener sus ataques “limitados”, más probable será que Teherán considere a Londres parte beligerante, aunque Downing Street siga negándolo. Ese es el punto ciego de toda la estrategia británica: la autodefensa puede ser jurídicamente defendible y, al mismo tiempo, estratégicamente insuficiente para impedir la escalada.