Trump cae al 36% y pierde el relato económico
El último sondeo de American Research Group confirma un desgaste acelerado: la desaprobación ya se sitúa en torno a dos tercios y la economía ha dejado de ser su principal refugio político.
Donald Trump ha entrado en una zona políticamente tóxica. El último sondeo de American Research Group sitúa su aprobación en el 36%, frente a un 62% de desaprobación, mientras que su gestión económica apenas logra un 35% de respaldo. El contraste con hace un año resulta especialmente dañino: Gallup calculó que su media de aprobación en el primer trimestre de 2025 fue del 45%, con un 44% confiando entonces en su manejo de la economía.
Un suelo político inesperado
La magnitud del deterioro importa por una razón sencilla: pasar del 45% al 36% en apenas un año implica una pérdida de nueve puntos en un sistema profundamente polarizado, donde mover el apoyo un solo escalón ya es difícil. Lo más grave no es sólo la cifra, sino el momento. Trump encara su segundo año completo de mandato con la desaprobación claramente por encima del 60% en una de las firmas que sigue su evolución mensual, y con otros agregados situándolo también en un terreno marcadamente negativo. En términos políticos, eso significa que la presidencia deja de ser una plataforma ofensiva y empieza a convertirse en una estructura defensiva. Cada decisión pasa a interpretarse bajo el prisma del desgaste. Cada error, por pequeño que sea, amplifica la sensación de declive. El diagnóstico es inequívoco: la Casa Blanca ya no discute cómo ampliar mayoría, sino cómo evitar que el desgaste se convierta en tendencia estructural.
El hundimiento del activo económico
Trump regresó al poder con una ventaja comparativa muy clara: una parte relevante del electorado seguía asociándole con crecimiento, empleo y control de precios. Esa fortaleza se ha erosionado. ARG coloca su aprobación sobre la economía en el 35%, y otros sondeos dibujan una atmósfera todavía más sombría: una encuesta de ABC News/Washington Post/Ipsos mostraba hace unas semanas que el 48% de los estadounidenses cree que la economía ha empeorado desde enero de 2025, frente a sólo el 29% que piensa que ha mejorado. A eso se suma un dato de enorme potencia electoral: el 46% de los estadounidenses afirma que el coste de la vida sería el factor más importante a la hora de decidir su voto en las legislativas de 2026. La consecuencia es clara. Cuando el bolsillo desplaza a la identidad como motor de voto, los presidentes pierden margen para compensar con retórica lo que no corrigen en la vida diaria.
Aranceles con factura inmediata
Una parte central del problema tiene nombre propio: aranceles. Trump ha intentado convertir la política comercial en símbolo de fortaleza nacional, pero los números empiezan a proyectar el efecto contrario. La Tax Foundation estima que los nuevos gravámenes de 2026 supondrán 600 dólares más por hogar en Estados Unidos. El Budget Lab de Yale añade otra capa: calcula que los aranceles aplicados en 2025 generaron 194.800 millones de dólares adicionales de ingresos aduaneros sobre la media de 2022-2024, con una tasa arancelaria efectiva del 9,9% en diciembre de 2025. Ese ingreso fiscal, sin embargo, no cae del cielo. Sale del tejido productivo, del importador y, al final, del consumidor. El contraste con otras etapas resulta demoledor: lo que se vende como soberanía comercial empieza a percibirse como un impuesto indirecto sobre el consumo. Y ningún presidente gana mucho tiempo cuando el votante concluye que la épica industrial le sale más cara en la cesta de la compra.
La inflación vuelve por la puerta de atrás
El desgaste presidencial se entiende mejor cuando se observan los precios. La Associated Press informó de que los precios mayoristas en Estados Unidos subieron un 0,7% mensual en febrero y un 3,4% interanual, el mayor avance anual en un año; la tasa subyacente, además, se situó en el 3,9%. Paralelamente, una encuesta Reuters/Ipsos difundida esta semana mostraba que el 63% desaprueba la gestión de Trump sobre el coste de la vida, mientras su aprobación en este terreno cae al 29%. Es decir, el presidente no sólo pierde crédito en el plano general; lo pierde justo en el indicador más sensible para el votante medio. La discusión ya no es si la economía “va bien” en los titulares, sino si las familias sienten que viven peor al llenar el depósito, pagar el alquiler o hacer la compra. Ese hecho revela la dimensión real del problema: el relato macroeconómico deja de servir cuando la inflación cotidiana se instala en la conversación doméstica.
El votante blando empieza a moverse
La coalición de Trump sigue siendo sólida en su núcleo duro, pero la política nacional no se gana sólo con el núcleo. Se gana, sobre todo, en los márgenes. Gallup ya había advertido en julio de 2025 de que su aprobación había caído al 37% por el retroceso entre independientes. Ahora las señales de desgaste se amplían. Un reciente sondeo recogido por ABC News/Washington Post/Ipsos mostró que entre los republicanos no alineados con el universo MAGA predominan ya las críticas a la gestión de la inflación, los aranceles y las relaciones exteriores. Y el problema no acaba ahí: según una información del Washington Post, el 70% de los votantes de 18 a 29 años desaprueba hoy la presidencia de Trump. Lo más grave para la Casa Blanca es que se trata de segmentos distintos, pero convergentes: independientes, jóvenes y republicanos menos ideologizados. Cuando todos se enfrían a la vez, el deterioro deja de ser una anomalía estadística y empieza a parecer una fractura política.
El riesgo de contagio para los republicanos
Todo presidente impopular arrastra a su partido. Pero el contagio es aún más severo cuando el malestar se concentra en el coste de la vida, porque ese es el terreno donde los congresistas tienen menos capacidad para separarse del Ejecutivo. Si el 46% de los ciudadanos coloca el coste de la vida como prioridad electoral y el 48% cree que la economía ha empeorado desde el regreso de Trump, el Partido Republicano entra en una zona de riesgo de cara a 2026. No se trata sólo de perder votantes moderados; se trata de ceder el encuadre central de la campaña. En ese escenario, la oposición no necesita construir una narrativa sofisticada: le basta con insistir en que el hogar medio paga más, ahorra menos y ve menos claro el futuro. La Casa Blanca puede seguir dominando la conversación cultural, pero una legislativa se decide muchas veces en el precio del supermercado, no en el ruido de la tribuna. Ese es el efecto dominó que viene.