Trump planea un ataque militar para derrocar a Jamenei
La Casa Blanca vuelve a contemplar el escenario más temido en Oriente Medio: un ataque militar directo contra Irán con el líder supremo, Alí Jamenei, en el punto de mira. Según una nota distribuida por el servicio financiero baha news, que cita un supuesto reportaje del The New York Times, el presidente Donald Trump estaría dispuesto a ordenar en los próximos días bombardeos de precisión contra cuarteles de la Guardia Revolucionaria, instalaciones nucleares y el programa de misiles balísticos iraní. La operación sería inicialmente limitada, pero las mismas fuentes no descartan que derive en una ofensiva mayor para deponer a Jamenei si Teherán no acepta las exigencias de Washington sobre su programa atómico.
La filtración llega en un momento de máxima tensión: hace apenas ocho meses Estados Unidos ya participó en los ataques contra las plantas nucleares de Fordow, Natanz e Isfahán, que Trump presentó como un golpe definitivo a la capacidad de enriquecimiento de uranio de Irán. Sin embargo, los informes del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) indican que el país mantiene todavía más de 400 kilos de uranio enriquecido al 60%, muy cerca del umbral militar. Todo ello sucede con el barril de Brent rondando los 71 dólares, en máximos de seis meses, impulsado por una prima de riesgo geopolítica que amenaza con trasladarse a la inflación global.
El aviso que llega desde baha news
El texto de baha news, una plataforma de información en tiempo real centrada en mercados financieros y geopolítica, describe un cuadro de deliberaciones internas en la Casa Blanca en el que “todo apunta” a un primer golpe aéreo “en los próximos días”. El objetivo inmediato sería destruir centros neurálgicos de la Guardia Revolucionaria Islámica, los polos más sensibles de la infraestructura nuclear y parte del programa de misiles balísticos iraní.
El servicio cita a “fuentes cercanas a la Administración” y asegura que la información procede del The New York Times, aunque por ahora no existe un artículo público que avale de forma literal esa versión. Lo que sí han publicado otros medios estadounidenses es que Trump ha aprobado planes de guerra contra Irán, pero ha retrasado la orden final, manteniendo sobre la mesa tanto la vía militar como la diplomática.
Este detalle no es menor. En la práctica, la Administración lleva meses jugando a dos bandas: amenazas crecientes de uso de la fuerza –incluida la posibilidad de “bombardear de nuevo” si Irán avanza en su enriquecimiento–, combinadas con rondas de negociación indirecta en Omán, Europa y ahora bajo el paraguas del OIEA. El diagnóstico es inequívoco: Washington quiere aumentar al máximo la presión sobre Jamenei antes de decidir si cruza o no el Rubicón de un ataque directo al régimen.
De los ataques a las nucleares al “cambio de régimen”
El presunto plan filtrado por baha news no parte de cero. En junio de 2025, Trump anunció que Estados Unidos había atacado tres instalaciones nucleares clave de Irán —Fordow, Natanz e Isfahán— y que las había “totalmente obliterado”. La operación se coordinó con Israel, que ya venía golpeando objetivos iraníes en el marco de la llamada “guerra de doce días”. Teherán respondió con el lanzamiento de misiles balísticos contra bases estadounidenses y objetivos en Israel, en un intercambio que acercó al límite la posibilidad de una guerra abierta.
Desde entonces, el conflicto ha transitado por una peligrosa zona gris. Por un lado, Irán ha incrementado su stock de uranio enriquecido al 60% en casi un 50% respecto a principios de 2025, hasta superar los 400 kilos, cantidad suficiente para varias armas nucleares si se eleva al 90%. Por otro, el OIEA ha alertado de que los ataques a las plantas nucleares han deteriorado gravemente la seguridad de las instalaciones, con impactos visibles en Fordow y Natanz.
En este contexto, un salto desde las “bombas sobre instalaciones” a un ataque destinado a derribar al líder supremo se percibe como un cambio cualitativo, no solo cuantitativo. Golpear el corazón del sistema teocrático iraní –la figura de Jamenei, en el poder desde 1989, casi 37 años– equivaldría, en términos estratégicos, a declarar una guerra de cambio de régimen. La consecuencia es clara: el riesgo ya no sería solo de escalada puntual, sino de reconfiguración violenta del equilibrio de fuerzas en todo Oriente Medio.
La respuesta de Teherán: “atacar a Jamenei es declarar la guerra”
Teherán ha querido dibujar una línea roja nítida. En enero, altos cargos del régimen advirtieron que “cualquier ataque contra el líder supremo Jamenei será considerado un acto de guerra total contra la República Islámica” después de que Trump llamara públicamente al fin de su “casi cuarenta años” de mandato. La advertencia llegó acompañada de recordatorios de su arsenal de misiles y de la capacidad de sus aliados en la región, desde Hizbulá en Líbano hasta las milicias chiíes en Irak y los hutíes en Yemen.
En paralelo, Jamenei ha endurecido su discurso. En varias intervenciones televisadas, ha descrito los ataques de 2025 como una “exageración” de Washington y ha insistido en que Irán tiene fuerza suficiente para “volver a abofetear a Estados Unidos si es necesario”. El mensaje interno es claro: la supervivencia del sistema pasa por no ceder bajo presión militar y por presentar cualquier concesión como una victoria táctica.
La doctrina de Teherán se basa en dos pilares. Primero, mostrar que puede infligir daños serios a bases y activos estadounidenses en la región, como ya intentó con ataques de misiles contra instalaciones en Qatar e Irak tras los bombardeos de 2025. Segundo, dejar claro que un ataque a la cúspide del régimen desencadenaría una respuesta que convertiría el conflicto en regional: cierre o bloqueo intermitente del Estrecho de Ormuz, ataques a petroleros y presión sobre Israel a través del frente libanés y sirio.
“La agresión directa contra el líder no quedará sin una respuesta devastadora”, han repetido altos mandos de la Guardia Revolucionaria en los últimos meses. En otras palabras, un intento de “decapitación” política difícilmente podría limitarse a una operación quirúrgica.
Grossi y la idea del “enriquecimiento mínimo” para uso médico
En medio de este escenario, el director general del OIEA, Rafael Mariano Grossi, se ha convertido en uno de los pocos actores con margen para ofrecer una salida diplomática. En los últimos meses ha logrado reabrir parcialmente las inspecciones en instalaciones iraníes, incluida la supervisión de centros dañados por los ataques de 2025, y ha insistido en que restaurar la verificación internacional es condición necesaria para cualquier acuerdo político.
Según baha news, Grossi habría puesto sobre la mesa una fórmula de compromiso: permitir a Irán producir “cantidades muy pequeñas de combustible nuclear para usos médicos”, bajo control estricto del OIEA, de forma que Teherán pueda alegar que sigue enriqueciendo uranio mientras Washington vendería internamente que ha frenado el programa nuclear iraní. No existe, por ahora, confirmación pública de este esquema, pero encaja con una lógica que varios analistas llevan meses describiendo: un acuerdo que limite por completo el uso militar del uranio, pero deje una válvula de escape simbólica para el orgullo del régimen.
El contraste con la realidad técnica es, sin embargo, demoledor. Los últimos informes del OIEA señalan que Irán acumula más de 8.000 kilos de uranio enriquecido en distintos niveles y, en torno a 400 kilos al 60%, lo que supone el único caso en el mundo de un país sin armas atómicas produciendo material tan cercano al grado militar. Pasar de ahí a unas “pequeñas cantidades para uso médico” exigiría no solo un pacto, sino una auditoría exhaustiva y un calendario de reducción supervisado que hoy parece difícil con misiles sobre la mesa.
Riesgos militares: misiles, bases y petroleros en la diana
Si Trump ejecutara el plan descrito por baha news, el primer capítulo sería, previsiblemente, un paquete de ataques aéreos y de misiles de crucero contra objetivos seleccionados del aparato de seguridad iraní. Pero la historia reciente muestra que Irán no se limita a absorber golpes. Tras los bombardeos de 2025, lanzó una veintena de misiles contra Israel y contra una base estadounidense en Qatar, causando daños materiales y obligando a activar sistemas de alerta en toda la región.
Los escenarios que baraja el Pentágono incluyen represalias contra bases norteamericanas en Irak, Siria, Qatar, Kuwait o Bahréin, pero también acciones asimétricas: ataques con drones contra infraestructuras energéticas en Arabia Saudí, sabotajes a petroleros en el Estrecho de Ormuz o ciberataques a infraestructuras críticas. Cualquier escalada que alcanzara ese nivel podría derivar en un conflicto de semanas, con miles de salidas aéreas y la movilización de portaaviones y grupos anfibios estadounidenses en el Golfo Pérsico.
Lo más grave, sin embargo, es la posibilidad de descontrol. A diferencia de los ataques puntuales contra instalaciones, un intento de derribar a Jamenei tocaría la fibra existencial del régimen y podría empujar a Irán a cruzar líneas que hasta ahora ha evitado, como el ataque directo y masivo a ciudades israelíes o a socios europeos de la OTAN. En ese punto, el cálculo racional de costes y beneficios se vería contaminado por la necesidad de demostrar que el sistema no se deja humillar.
Mercados en vilo: el petróleo incorpora una “prima de guerra”
Los mercados ya se han adelantado al peor escenario. En las últimas jornadas, el Brent ha superado los 71 dólares por barril, su nivel más alto en seis meses, impulsado por la expectativa de un posible ataque estadounidense y por el recuerdo de anteriores crisis en el Golfo. Casi un quinto del consumo mundial de petróleo —unos 20 millones de barriles diarios— atraviesa el Estrecho de Ormuz, un estrecho que Irán ha amenazado reiteradamente con bloquear si se siente acorralado.
Varios bancos de inversión calculan que el mercado ha incorporado ya una “prima de guerra” de entre 5 y 10 dólares por barril, cifra que podría dispararse si hay daños directos sobre oleoductos, terminales de carga o buques. Para economías importadoras como la española, cada salto de 10 dólares en el crudo durante un trimestre prolongado puede añadir entre 0,2 y 0,3 puntos de inflación y erosionar márgenes empresariales en transporte, química e industria pesada.
La paradoja es que, según la Agencia Internacional de la Energía y la EIA estadounidense, el mundo llegaba a 2026 con exceso de oferta estructural y previsión de precios medios en el entorno de los 55-60 dólares. Es decir, la tensión con Irán está revirtiendo, al menos temporalmente, una tendencia bajista. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras América y parte de África colocan más barriles en el mercado, una sola decisión en la Casa Blanca puede encarecer la factura energética de hogares y empresas en Europa.

