“Presidente interino” de Venezuela

Trump se autoproclama “presidente interino” y reabre la batalla por Venezuela

En un inesperado movimiento, Donald Trump se publicó como presidente interino de Venezuela y advirtió que bloqueará el petróleo venezolano hacia Cuba, exacerbando las tensiones en América Latina. Analizamos las implicaciones políticas y económicas de esta controvertida postura.

@realDonaldTrump
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Donald Trump ha vuelto a colocar América Latina en el centro de su estrategia política, esta vez con una maniobra tan simbólica como incendiaria. A través de su red Truth Social, se ha autoproclamado “presidente interino de Venezuela”, acompañando el mensaje con una captura de pantalla de Wikipedia en la que aparece como jefe de Estado del país caribeño.
La frase más cruda no iba dirigida a Caracas, sino a La Habana: «no habrá más petróleo ni dinero proveniente de Venezuela para Cuba», prometió, en alusión a un flujo energético que durante años ha sido sostén crucial de la economía cubana.
El gesto no tiene reconocimiento jurídico ni aval institucional, pero sí un efecto inmediato: reactiva el debate sobre la legitimidad del régimen de Nicolás Maduro, la influencia de Washington en la región y la fragilidad de la alianza energética entre Caracas y La Habana. En un contexto de transición energética, sanciones y reconfiguración de bloques, las palabras de Trump vuelven a recordar que el petróleo sigue siendo el núcleo duro del poder en Latinoamérica.

La publicación que incendió las redes

El episodio arranca con una imagen milimétricamente escogida. Trump publica en Truth Social una captura de Wikipedia en la que figura como “presidente interino de Venezuela”, acompañada de un texto en el que anuncia que gobernará el país una vez que Nicolás Maduro sea derrocado y detenido. La puesta en escena —foto de “fuente neutral”, título institucional, tono de anuncio— está diseñada para fabricar una realidad paralela: la de un Trump ya investido de facto al otro lado del Caribe.

La frase sobre Cuba actúa como detonante: “no habrá más petróleo ni dinero procedente de Venezuela para Cuba”. En pocas líneas, el mensaje vincula tres elementos clave —cambio de régimen en Caracas, estrangulamiento energético de La Habana y tutela de Washington— y coloca al expresidente como árbitro absoluto del eje Caracas–La Habana.

Las reacciones no tardan en llegar. Para sus seguidores, la publicación es una demostración de fuerza y una extensión natural de la doctrina de mano dura aplicada en el pasado a Cuba, Venezuela y Nicaragua. Para sus detractores, la jugada roza la parodia institucional, pero no por ello deja de ser peligrosa: normaliza la idea de que el liderazgo de un país soberano puede decidirse a golpe de pantalla y meme.

Cuba y Venezuela: una alianza energética en la diana

Detrás del gesto, hay una realidad incómoda para Washington: durante dos décadas, el petróleo venezolano ha sido una línea de vida para la economía cubana. En los mejores años del chavismo, Caracas llegó a enviar a la isla del orden de 80.000 a 100.000 barriles diarios de crudo y derivados en condiciones preferentes, a cambio de médicos, asesores y personal de seguridad e inteligencia.

Aunque esos volúmenes se han desplomado con la crisis venezolana —algunas estimaciones los sitúan hoy por debajo de los 40.000 barriles diarios—, el esquema sigue siendo estratégico para La Habana: una parte sustancial de su matriz energética y de su capacidad de refinado depende de ese flujo. Para Venezuela, el acuerdo ha funcionado como moneda política: apoyo diplomático incondicional, know-how represivo y un aliado firme frente a las presiones internacionales.

Es precisamente ese entramado el que Trump apunta con su “cero petróleo y dinero a Cuba”. La amenaza no es abstracta: un corte abrupto podría dejar a la isla con déficits energéticos severos, obligando a más apagones, racionamiento y nuevas tensiones sociales. Para Caracas, significaría perder un canal de influencia y un destino estable para una parte de su producción, en un momento en que el país sigue lejos de los más de 3 millones de barriles diarios que bombeaba antes de la crisis.

@realDonaldTrump
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Una autoproclamación sin efectos legales, pero con impacto real

Desde el punto de vista jurídico, la maniobra de Trump carece de recorrido. No existe nombramiento formal, ni reconocimiento internacional, ni respaldo de institución alguna. No se trata de un “Guaidó 2.0” con soporte explícito de varios gobiernos, sino de un gesto unilateral difundido desde una red social privada.

Sin embargo, el impacto no se mide en el BOE venezolano, sino en el campo de la percepción y la narrativa. Al autoproclamarse “presidente interino” y vincularlo a la captura futura de Maduro, Trump:

  • Refuerza la idea de que el destino de Venezuela se decide en Washington, no en Caracas.

  • Envía una señal a las élites políticas y militares venezolanas: un eventual cambio de régimen contaría, según su relato, con su tutela directa.

  • Introduce presión adicional sobre actores regionales —desde México hasta Brasil o Colombia—, obligados a posicionarse ante un discurso que mezcla intervención y promesa de “liberación”.

Este hecho revela una tentación recurrente en la política exterior estadounidense hacia América Latina: confundir influencia con designación directa de líderes, especialmente cuando hay materias primas estratégicas de por medio. Aunque el gesto de Trump no tenga efectos formales, contribuye a erosionar todavía más la noción de soberanía venezolana en el imaginario internacional.

Washington, La Habana y el cálculo de costes

Para Estados Unidos, la frase “cero petróleo a Cuba” funciona como mensaje a varios destinatarios simultáneos. A La Habana, le advierte de que su dependencia de Caracas puede usarse como palanca para forzar concesiones políticas o cambios tácticos. A Caracas, le recuerda que su margen de maniobra con Cuba tiene un límite, especialmente si aspira a negociar alivios de sanciones con Washington.

Y al resto de la región le lanza una advertencia más amplia: los acuerdos energéticos que desafíen la estrategia estadounidense pueden convertirse en objetivo prioritario. Países como Nicaragua, Bolivia o incluso socios caribeños que han recibido crudo venezolano vía Petrocaribe leen el mensaje con atención.

No obstante, el cálculo de costes no es unidireccional. Un bloqueo total del flujo de crudo venezolano a Cuba implicaría:

  • Daño reputacional en buena parte de América Latina, donde el embargo a la isla sigue siendo impopular.

  • Potencial rearme de la narrativa antiestadounidense, tanto en La Habana como en otros países con gobiernos de izquierda.

  • Un incentivo para que Cuba busque compensaciones en otros actores, ya sea Rusia, China u otros proveedores dispuestos a cubrir parte del hueco, aunque sea a un precio mayor.

La cuestión no es sólo si Trump puede ejecutar su promesa, sino si el sistema internacional actual toleraría sin fuertes costes una reedición ampliada del aislamiento de Cuba a través de la palanca venezolana.

América Latina, entre el teatro y el riesgo real

La autoproclamación de Trump tiene un componente evidente de teatralidad. La imagen de Wikipedia, el tono de anuncio solemne, la frase lapidaria sobre Cuba… Todo encaja en un estilo comunicativo acostumbrado a trasladar la lógica de mitin interno al escenario internacional. Sin embargo, reducir el episodio a una simple excentricidad sería erróneo.

En un contexto donde:

  • Venezuela sigue sancionada y con su democracia cuestionada,

  • Cuba arrastra años de recesión, inflación y escasez crónica,

  • y Estados Unidos compite con China y Rusia por influencia en el llamado “patio trasero”,

cada mensaje de este tipo eleva unos grados la temperatura estructural. Las cancillerías latinoamericanas, y en particular las de países productores de crudo o aliados energéticos de Caracas, tienen que preguntarse hasta qué punto una victoria política de Trump —o su mera capacidad de condicionar la agenda desde la oposición— podría traducirse en una nueva ola de presión, sanciones y reordenamientos forzados.

Lo más grave es que, mientras las élites juegan con símbolos y amenazas, millones de venezolanos y cubanos siguen atrapados en crisis cotidianas: hiperinflación, salarios reales desplomados, servicios básicos colapsados, migración masiva. Para ellos, la batalla por quién aparece como “presidente interino” en una enciclopedia online es menos relevante que el impacto real que pueda tener un corte de petróleo, un endurecimiento de sanciones o un nuevo episodio de inestabilidad.

Un mensaje con múltiples destinatarios… y un objetivo central

La publicación de Trump puede leerse como una campaña de influencia multilayer. A Maduro, le lanza la imagen de un futuro donde su caída no sólo es deseable, sino inevitable y ya “organizada” desde fuera. A Cuba, el aviso de que su modelo de dependencia energética está bajo fuego directo. A sus bases internas en Estados Unidos, el recordatorio de que sigue siendo actor global, capaz de marcar agenda en cualquier hemisferio.

Y al conjunto de la comunidad internacional, un mensaje más sutil: Estados Unidos sigue dispuesto a jugar fuerte en su zona de influencia tradicional cuando se trata de energía, seguridad y regímenes considerados adversarios. En ese tablero, Venezuela es tanto un país como un símbolo: el de hasta dónde puede llegar una potencia para asegurarse recursos y aliados afines.

Queda por ver si esta autoproclamación se queda en gesto o anticipa movimientos más concretos, desde nuevas sanciones hasta presiones sobre terceros países que aún mantienen vínculos estrechos con Caracas y La Habana. De momento, ha logrado lo que buscaba: recentrar el foco, tensar a los actores implicados y recordar que su figura sigue pesando en la geopolítica latinoamericana.

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