OpenAI capta 110.000 millones y se dispara a 730.000

La mayor ronda privada de la historia consolida al líder de la IA generativa y reordena el mapa del poder tecnológico mundial
ChatGPT, EPA/ADAM VAUGHAN
ChatGPT, EPA/ADAM VAUGHAN

La carrera por dominar la inteligencia artificial acaba de cambiar de escala. OpenAI ha cerrado una ronda de 110.000 millones de dólares con Amazon, SoftBank y Nvidia que valora la compañía en 730.000 millones antes de la ampliación (y en torno a 840.000 millones tras ella), ya en la órbita de grandes bancos y petroleras de Wall Street.

Amazon compromete 50.000 millones15.000 millones iniciales y 35.000 millones ligados a hitos futuros—, mientras que SoftBank y Nvidia aportan 30.000 millones cada una, en una operación que mezcla capital fresco con acuerdos masivos de infraestructura en la nube y chips.

La compañía presume además de escala de usuario: 900 millones de usuarios activos semanales de ChatGPT y más de 50 millones de suscriptores de pago, con enero y febrero camino de convertirse en los mejores meses de su historia en altas de consumidores.

El diagnóstico es inequívoco: OpenAI se consolida como el gran “pull” de capital de la nueva economía de la IA, pero también eleva al máximo las dudas sobre una posible burbuja de valoraciones y el riesgo de concentración tecnológica sin precedentes.

Chat GPT
Chat GPT

Una ronda que rompe todos los registros

La cifra impresiona incluso en un sector acostumbrado a los grandes números. Los 110.000 millones comprometidos superan por un orden de magnitud la ronda de 40.000 millones que OpenAI anunció en marzo de 2025, entonces a 300.000 millones de dólares de valoración post-money. En menos de un año, el mercado privado ha reescrito el tamaño “aceptable” de un campeón de IA.

El volumen deja pequeñas las cifras recientes de sus rivales. Anthropic —uno de los competidores más directos en modelos de lenguaje— venía moviéndose en el entorno de los 30.000 millones de valoración, una brecha que ya no habla de competencia: habla de jerarquía de capital.

Y hay un matiz decisivo: gran parte del dinero no llega desde el capital riesgo clásico, sino desde conglomerados industriales y plataformas que buscan asegurar acceso preferente a modelos, chips y capacidad de cómputo. No se está financiando solo una empresa; se está financiando el derecho a fijar condiciones en la próxima década digital.

SoftBank, Nvidia y Amazon: el nuevo reparto del poder

El reparto de la ronda dibuja la nueva arquitectura de poder en torno a OpenAI. Amazon encabeza con 50.000 millones, estructurados con 35.000 millones condicionados a hitos —incluidos, según la información publicada, objetivos vinculados a un eventual salto a mercado o a metas técnicas de primera magnitud—. SoftBank y Nvidia aportan 30.000 millones cada una, consolidando una alianza que va mucho más allá del capital financiero.

Para SoftBank, es la apuesta total: replicar en la IA generativa una posición estratégica de largo ciclo, más cercana a infraestructura que a “venture”. Para Nvidia, el movimiento es doblemente rentable: coloca capital, pero también se asegura que el mayor constructor de modelos siga necesitando —y comprando— la próxima generación de cómputo.

Amazon completa el triángulo con una lógica industrial: nube, distribución y producto. El mensaje hacia Google y Meta es directo: jugar en primera división de la IA exige estar dentro del perímetro de unos pocos.

Infraestructura, chips y gigavatios: el músculo que financia la ronda

Más que una ampliación de capital, la operación es un prefinanciamiento de infraestructura. El acuerdo ampliado con Amazon incluye un compromiso de gasto de 100.000 millones de dólares en ocho años, y sitúa a AWS como proveedor cloud externo exclusivo para determinadas capas empresariales.

La escala física ya no es metáfora: OpenAI planea utilizar 2 gigavatios de capacidad de cómputo sobre chips Trainium de Amazon en el marco del acuerdo, mientras que los planes de infraestructura del ecosistema (incluido Stargate) aspiran a un despliegue que roza el orden de los 10 gigavatios. A partir de aquí, la batalla deja de ser solo software: es energía, suelo industrial, redes eléctricas y contratos de suministro.

El resultado es un círculo auto-reforzado: más capital compra más cómputo; más cómputo acelera producto; más producto arrastra más capital. La línea entre “mercado” y “oligopolio” empieza a difuminarse.

900 millones de usuarios y 50 millones de suscriptores: la máquina de ingresos

La otra pata que sostiene el precio es operativa. OpenAI asegura 900 millones de usuarios activos semanales, más de 50 millones de suscriptores de consumo y más de 9 millones de usuarios empresariales de pago. Es, en términos de distribución, una plataforma global a velocidad de adopción histórica.

En ingresos, la compañía ya se mueve en cifras que justifican por qué el capital acepta esta escala de cheque: su dirección financiera ha comunicado que el ingreso anualizado superó los 20.000 millones en 2025 (desde 6.000 millones en 2024). Y el mercado descuenta un salto aún más agresivo: 30.000 millones en 2026 y más de 60.000 millones en 2027, según proyecciones divulgadas en la cobertura de la ronda.

Pero la rentabilidad no es la foto: es la promesa. La propia tesis admite que el consumo de capital seguirá siendo enorme, con pérdidas relevantes durante años y una hoja de ruta que pretende absorber el coste de la frontera hasta, al menos, 2030.

Valoraciones de vértigo y el fantasma de la burbuja

Con 730.000 millones de valoración pre-money, OpenAI entra en la liga de los gigantes cotizados sin el ancla clásica: beneficios netos sostenidos bajo el escrutinio diario del mercado público.

Lo que se está pagando, en realidad, es una opción: el control de una infraestructura que podría volverse sistémica. La lógica ya no es la del SaaS tradicional, sino la de un “sistema operativo” transversal: quien controle los modelos y el cómputo controla una parte creciente de la productividad.

El riesgo, por tanto, no es menor. Un frenazo regulatorio (privacidad, copyright, seguridad nacional), un accidente reputacional o una ruptura tecnológica que abarate drásticamente la frontera puede comprimir expectativas que hoy parecen descontar dominio cuasi hegemónico. La historia de Silicon Valley enseña que los ciclos se estiran… hasta que dejan de hacerlo.

Microsoft, Amazon y la nueva guerra de las nubes

La operación también reabre el mapa de alianzas. OpenAI insiste en que Microsoft sigue siendo central —y la cobertura apunta a que Azure mantiene la exclusividad para ciertas capas críticas—, pero el salto con Amazon cambia el equilibrio: AWS pasa a ser el proveedor externo de referencia para una parte clave del despliegue empresarial, con un marco de gasto de 100.000 millones en ocho años.

En la práctica, esto convierte la “guerra de modelos” en una guerra de nubes a plazo largo, firmada en contratos de infraestructura. Mientras Europa discute sobre límites, Estados Unidos firma el músculo que determina quién puede operar a escala.

Para Amazon, la jugada tiene una doble lectura: refuerza AWS frente a Google Cloud y, además, abre la puerta a integrar IA de frontera en consumo (Alexa, comercio, dispositivos), donde la distribución masiva convierte cualquier mejora marginal en un multiplicador de caja.

Un tablero cada vez más concentrado: Google, Anthropic, xAI y compañía

El movimiento reordena el tablero. Google acelera Gemini, pero OpenAI acaba de asegurar financiación en una escala que redefine el listón. Anthropic queda atrapada en una asimetría brutal: incluso con modelos competitivos, la brecha de capital y cómputo condiciona el ritmo de iteración.

También xAI y el resto de aspirantes afrontan ahora un mercado que tiende a concentrarse en quienes reúnen simultáneamente capital masivo, chips de última generación y acuerdos preferentes de nube. Para los demás, el espacio se estrecha: nichos verticales, aplicaciones especializadas o modelos abiertos apoyados en consorcios.

La señal de fondo es esta: si la IA era una carrera tecnológica, hoy es —sobre todo— una carrera de balance. Y cuando la carrera es de balance, el final rara vez lo deciden los laboratorios: lo deciden los contratos, la energía y el coste del capital.

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