Asia sube en bolsa pese a la amenaza arancelaria de Trump
Las principales bolsas de Asia amanecieron en verde este martes después de que el Banco Popular de China (PBoC) optara por mantener sin cambios su tipo de referencia a un año en el 3,0% y el tipo a cinco años en el 3,5%. El movimiento, o más bien la ausencia de él, fue suficiente para sostener el apetito por riesgo en buena parte de la región, incluso con el telón de fondo de nuevas amenazas arancelarias por parte de Estados Unidos. Según los datos de mercado, el Shanghai Composite avanzó un 0,94%, mientras el Shenzhen Composite repuntó un 1,56% a media sesión. El contraste lo puso Hong Kong, donde el Hang Seng cedía también un 1,56%, reflejando la fragilidad de ese mercado. Corea del Sur y Japón se alinearon con el tono positivo: el Kospi se disparó un 1,66% y el Nikkei 225 sumó un 0,72%.
China congela el precio del dinero
La decisión del Banco Popular de China de mantener sin cambios la denominada loan prime rate (LPR) tiene una lectura inmediata: Pekín opta por la prudencia. La LPR a un año, en el 3,0%, sirve de referencia para gran parte del crédito empresarial; la de cinco años, en el 3,5%, es clave para las hipotecas. Mover cualquiera de estos niveles habría enviado una señal fuerte al mercado sobre la disposición del Gobierno a relanzar el crecimiento a golpe de crédito barato.
Sin embargo, el margen de maniobra de las autoridades chinas es limitado. Una rebaja más agresiva de tipos podría presionar aún más al yuan, ya debilitado frente al dólar, y avivar la salida de capitales. Al mismo tiempo, el sector inmobiliario sigue siendo un foco de inestabilidad y Pekín quiere evitar que una inundación de crédito alimente nuevas burbujas. El resultado es este statu quo: “ni gran estímulo ni giro restrictivo, sino una prolongación de la espera”, como resumen algunos analistas.
Este hecho revela una estrategia de fondo: China prefiere gestionar la desaceleración con medidas quirúrgicas —alivios selectivos, apoyo a sectores estratégicos, inversión pública dirigida— antes que recurrir a un gran bazuca monetario. La consecuencia es clara para los mercados: las expectativas de crecimiento seguirán moderadas, pero también se reduce el riesgo de sobresaltos por cambios bruscos de política.
Las cifras de una sesión a contracorriente
Detrás de los porcentajes hay un mensaje de confianza relativa. Que el Shanghai Composite suba casi un 1% en un contexto de amenazas arancelarias desde Washington no es trivial. Indica que los inversores locales interpretan la decisión del PBoC como una señal de estabilidad y que siguen apostando por un “aterrizaje suave” de la economía china. El repunte del 1,56% en el Shenzhen, índice con alta presencia de tecnológicas y empresas de crecimiento, refuerza esa lectura.
El contraste con Hong Kong es igual de elocuente. El Hang Seng, con fuerte peso de grandes financieras, inmobiliarias y compañías estrechamente ligadas al ciclo internacional, retrocede otro 1,56%, reflejando la desconfianza de los inversores internacionales en el enclave. La brecha entre la China onshore —más cerrada, con inversores domésticos y respaldo estatal— y la China offshore —más expuesta al escrutinio global— vuelve a agrandarse.
En el resto de la región, el tono es claramente positivo. El Kospi surcoreano, muy sensible al comercio de semiconductores, lidera las subidas, lo que sugiere que el mercado aún descuenta una demanda global de tecnología relativamente sólida pese al ruido político. El Nikkei 225, por su parte, avanza apoyado en la debilidad del yen, que mejora la competitividad de los grandes exportadores japoneses. Lo que se observa, en conjunto, es un Asia que navega con prudencia pero que, al menos por ahora, se niega a descontar un escenario de ruptura comercial total.
Trump, aranceles y el nuevo frente de riesgo
La otra gran variable del día no está en Pekín, sino en Washington. Los inversores asiáticos llevan semanas integrando en sus modelos las nuevas amenazas arancelarias de Estados Unidos, que apuntan a sectores tan sensibles para la región como el automóvil eléctrico, la electrónica de consumo o los paneles solares. La antesala del discurso sobre el Estado de la Unión de Donald Trump añade volatilidad: cualquier frase sobre “competencia desleal”, “reindustrialización” o “reciprocidad comercial” puede traducirse, en cuestión de meses, en medidas concretas.
Lo más grave para Asia es la incertidumbre regulatoria. Empresas que exportan entre un 20% y un 40% de su producción a Estados Unidos necesitan visibilidad para planificar inversiones. La memoria de la guerra comercial de 2018-2019, que introdujo aranceles cruzados por valor de cientos de miles de millones de dólares, sigue muy presente en los despachos de Seúl, Tokio o Taipéi. Entonces, los márgenes empresariales se comprimieron varios puntos y muchas compañías aceleraron planes de diversificación de plantas hacia el sudeste asiático.
Ahora, el riesgo no es solo arancelario. Washington combina amenazas de subida de tasas con incentivos domésticos —subsidios, créditos fiscales, cláusulas de contenido local— destinados a atraer fábricas de vuelta a territorio estadounidense. El diagnóstico es inequívoco: el modelo de “Asia fábrica del mundo” se enfrenta a su mayor prueba en décadas. Las bolsas pueden mirar otro día hacia el banco central chino, pero su principal riesgo de cola sigue saliendo de la Casa Blanca.
El tipo de cambio yen-dólar, termómetro del miedo
El movimiento del yen ofrece otra clave de lectura de la sesión. Con el dólar cambiándose en torno a los 155,06 yenes, la divisa japonesa se mantiene cerca de sus niveles más débiles de los últimos años. Históricamente, un yen tan depreciado ha sido sinónimo de dos cosas: por un lado, estímulo para los exportadores nipones; por otro, preocupación en los ministerios de Finanzas de la región por los riesgos de guerras de divisas.
Japón ha mantenido durante años una política monetaria ultraexpansiva mientras la Reserva Federal y otros grandes bancos centrales subían tipos con fuerza. El resultado ha sido una brecha de tipos de interés que empuja a los inversores a financiarse en yenes baratos para comprar activos en dólares, presionando a la baja la moneda nipona. “Esta debilidad del yen es tanto un síntoma de la divergencia de políticas como un recordatorio de la fragilidad de Asia ante un dólar fuerte”, señalan varias casas de análisis.
Para el resto de Asia, un yen en estos niveles tiene efectos mixtos. Por un lado, complica la vida a exportadores coreanos o taiwaneses que compiten directamente con empresas japonesas. Por otro, sirve como válvula de seguridad: si el mercado entra en pánico, el cierre de posiciones en yenes puede desencadenar movimientos bruscos de apreciación que actúen como refugio. De momento, el mensaje del tipo de cambio es claro: los inversores todavía no han cruzado la línea del pánico, pero mantienen el dedo cerca del gatillo.
Hong Kong y Australia, los eslabones más frágiles
Si las bolsas chinas continentales y Japón ofrecen hoy la cara amable del mercado, Hong Kong y Australia encarnan sus zonas más vulnerables. El retroceso del 1,56% del Hang Seng no es un mero ruido diario: llega tras varios años de salidas netas de capital, presión regulatoria sobre grandes tecnológicas chinas y deterioro de la confianza internacional en el enclave. Para muchos gestores, Hong Kong ha pasado de ser la “puerta de entrada” a China a convertirse en un mercado de riesgo político elevado.
En el caso de Australia, la caída del S&P/ASX 200 en torno al 0,20% refleja un perfil distinto, pero igualmente delicado. La economía australiana es enormemente dependiente de la demanda china de materias primas —hierro, carbón, gas— y, al mismo tiempo, está alineada políticamente con Estados Unidos en el Indo-Pacífico. Este doble vínculo convierte a Sídney en una especie de barómetro adelantado: cuando el mercado detecta tensión entre Pekín y Washington, uno de los primeros en sufrir es el parque australiano.
El contraste con los avances en Shanghái, Seúl o Tokio resulta demoledor. Mientras una parte de Asia se beneficia de la narrativa de “China aguanta” y de la debilidad del yen, otra parte aparece como eslabón débil en un tablero geopolítico que se endurece. Para los inversores globales, el mensaje es evidente: ya no basta con hablar de “Asia” como un bloque homogéneo; la selección de países y sectores se ha convertido en un ejercicio de precisión quirúrgica.