El auge imparable de los ETFs: ¿la segunda economía mundial?
La industria de ETFs ha dejado de ser un nicho para gestores sofisticados. Los activos bajo gestión en estos vehículos rozan ya los 20 billones de dólares a escala global, frente a los 14,8 billones de finales de 2024, tras un salto de más del 30% en apenas un año. Si se miran estas cifras como si fueran el PIB de un país, la comparación es inevitable: los ETFs se han convertido en una suerte de “segunda economía mundial” por tamaño de balance gestionado, solo por detrás de Estados Unidos y ya a la altura de China. El diagnóstico es inequívoco: estamos ante un poder financiero paralelo que redistribuye capital, riesgo y poder de mercado. En este contexto, Macarena Velasco, directora senior de ETF para Iberia y Latam en Invesco, ve un 2026 marcado por la consolidación del fenómeno, un giro geográfico fuera de Estados Unidos y un despertar definitivo de la renta fija cotizada. El reto, advierte, no está solo en aprovechar el crecimiento, sino en entender qué hay detrás de él y qué riesgos latentes se acumulan.
Según los datos de ETFGI, los activos invertidos en ETFs han alcanzado un nuevo récord de 19,44 billones de dólares a cierre de noviembre de 2025, frente a los 14,85 billones de finales de 2024. Supone un crecimiento del 31% en solo once meses, impulsado por entradas netas superiores a los 1,8 billones en 2024 y otro año de flujos históricos en 2025.
El dato cobra otra dimensión al compararlo con la industria global de gestión de activos, que movió en torno a 128 billones de dólares en 2024: los ETFs concentran ya cerca del 15% del negocio mundial de asset management, cuando hace una década apenas representaban un dígito bajo. La consecuencia es clara: un número creciente de decisiones de inversión —desde la jubilación de un trabajador europeo hasta el balance de un asegurador asiático— se canaliza a través de índices empaquetados en un solo ISIN.
Como resume Velasco, “cada trimestre que vemos es más excepcional: el ETF ha pasado de ser una herramienta táctica a convertirse en la columna vertebral de muchas carteras”. Lo que nació como vehículo barato para replicar índices se ha transformado en un mercado donde conviven productos ultralíquidos sobre el S&P 500 con estrategias complejas de crédito, temáticas de inteligencia artificial o soluciones de liquidez casi monetaria.
De Wall Street al mundo: la nueva geografía del ETF
Durante años, el relato de los ETFs fue casi sinónimo de Estados Unidos: índices americanos, grandes tecnológicas y Wall Street como centro de gravedad. Ese patrón se está matizando. En 2025, los flujos comienzan a desplazarse hacia Europa, emergentes y estrategias globales más diversificadas, a medida que muchos inversores perciben que sus carteras están excesivamente ligadas al ciclo estadounidense.
En Europa, los activos en ETFs han alcanzado ya los 2,8 billones de dólares, con entradas de más de 200.000 millones solo entre enero y julio de 2025, un aumento superior al 60% respecto al mismo periodo del año anterior. El contraste con lo que ocurre hace una década resulta demoledor: entonces, el ETF europeo era un producto casi exclusivamente institucional; hoy, la región se consolida como segundo polo mundial en gestión pasiva, junto a EEUU.
Velasco subraya otra clave geográfica: el avance de mercados emergentes vía ETF, especialmente Asia ex China, India y algunos países latinoamericanos. El vehículo permite acceder a jurisdicciones con mayor riesgo político o regulatorio sin necesidad de abrir cuentas locales ni lidiar con custodias complejas. En la práctica, el ETF se convierte en un “pasaporte financiero” que sistematiza y abarata la exposición a las geografías donde se espera que se concentre buena parte del crecimiento del PIB mundial de aquí a 2030.
La concentración tecnológica que inquieta a los reguladores
El éxito de los ETFs tiene un reverso menos visible: la concentración extrema en un puñado de valores, especialmente en tecnología. Buena parte de los flujos globales se canalizan hacia índices ponderados por capitalización, donde gigantes como Apple, Microsoft, Nvidia o Alphabet concentran porcentajes de dos dígitos. Cuando el inversor compra el “mercado”, en realidad está comprando, sobre todo, megacaps tecnológicas estadounidenses.
Este hecho revela una paradoja incómoda: instrumentos pensados para diversificar están reforzando, en muchos casos, la acumulación de riesgo en los mismos nombres. No es casual que ganen tracción los ETFs equiponderados y las estrategias “minimum volatility” o de factores, que reducen el peso de las tecnológicas dominantes y devuelven relevancia a sectores olvidados como utilities, industriales o consumo básico.
Los supervisores observan con creciente atención este fenómeno. Un episodio de corrección brusca en el sector tecnológico podría desencadenar ventas masivas a través de los propios ETFs, amplificando movimientos que en teoría deberían suavizar. De momento, la liquidez de los subyacentes ha demostrado ser suficiente, pero el interrogante que planea es claro: ¿hasta qué punto el “segundo país” del mundo por activos gestionados podría actuar como acelerador en la próxima crisis bursátil?
Europa y emergentes: el giro silencioso de los flujos
Si se mira con lupa el mapa de flujos de 2025, se aprecia una rotación silenciosa: menor dependencia del sesgo EEUU y más peso de Europa y de índices globales amplios (World, ACWI, emergentes diversificados). Gestoras como Invesco, iShares o Amundi detectan una demanda creciente por estrategias equiponderadas y regionales que ayuden a equilibrar la sobreexposición previa al Nasdaq.
En Europa, la cuota de mercado de los ETFs dentro de los fondos de inversión supera ya el 26%, con crecimientos cercanos al 20% anual en los últimos años, según datos de la propia industria. El contraste con los fondos activos tradicionales, que sufren salidas recurrentes, es evidente. Sin embargo, no se trata solo de una guerra de costes: muchos inversores institucionales combinan estrategias activas concentradas con bloques de exposición vía ETF para cubrir mercados donde el stock picking ofrece menos valor añadido.
En emergentes, el interés se desplaza desde la vieja pareja “China + materias primas” hacia soluciones más sofisticadas: índices ex China, cestas de consumo asiático, transición energética o incluso deuda local vía ETF. Para el ahorrador europeo, esto supone, por primera vez, poder acceder con un solo clic a mercados que hace no tanto requerían estructuras complejas de banca privada.
Oro, plata y materias primas: el refugio estructural
Pese al auge de la renta variable temática y de los ETFs de factores, los metales preciosos mantienen un papel estructural en las carteras. Los productos que replican el precio del oro y la plata han captado flujos récord en los últimos ejercicios, favorecidos por episodios de inflación, tensiones geopolíticas y dudas sobre el dólar como reserva de valor.
En la práctica, muchos modelos de asignación estratégica incorporan ya un 5%-10% de exposición a oro vía ETF como “seguro” frente a shocks de mercado. Velasco lo resume como un pilar de estabilidad: “el oro vía ETF permite tener liquidez diaria, transparencia de precios y costes competitivos, algo impensable para el inversor minorista que intentaba operar con lingotes o monedas físicas”.
A esta capa se suman ETFs sobre materias primas amplias (energía, agrícolas, metales industriales) que ayudan a cubrir carteras frente a shocks de oferta o cambios bruscos en la política climática. Lo relevante no es solo el retorno potencial, sino la función de diversificación real frente a un universo de activos financieros cada vez más correlacionado. El contraste con las carteras clásicas 60/40 —que sufrieron en 2022 el peor año en décadas— resulta elocuente: la nueva caja de herramientas incorpora ya, de forma natural, el “bloque materias primas” cotizado.
2026 y la renta fija: el regreso del cupón
Si 2025 fue el año del récord en activos y flujos, 2026 puede ser el año de la renta fija ETF. El mercado descuenta recortes de tipos en Estados Unidos y, en menor medida, en la eurozona, tras el ciclo más agresivo de subidas en cuarenta años. Ese giro abre una ventana para estrategias con duración media y larga, donde un descenso de las rentabilidades puede traducirse en plusvalías relevantes.
Velasco apunta tres grandes focos: estrategias de carry sobre crédito investment grade y high yield diversificado; deuda subordinada y bonos AT1 para perfiles con mayor tolerancia al riesgo; y bonos híbridos corporativos, que ofrecen cupones elevados a cambio de asumir mayor complejidad. Todo ello canalizado a través de ETFs que permiten diversificar emisores y reducir el riesgo idiosincrático de un único bono.
Además, crecen los vehículos de liquidez monetaria cotizada, que compiten directamente con los depósitos bancarios ofreciendo rentabilidades cercanas a los tipos oficiales, pero con total transparencia sobre las posiciones. En un entorno de normalización monetaria, la renta fija deja de ser un apéndice conservador para convertirse en un terreno donde la construcción de cartera exige decisiones tácticas muy afinadas… y el ETF se posiciona como la forma más eficiente de implementarlas.
La revolución ‘retail’ y de las plataformas digitales
El otro gran cambio de la última década no es cuantitativo, sino cultural. La adopción de ETFs por parte de inversores jóvenes y plataformas digitales está redibujando el mapa de la demanda. Según encuestas globales, hasta un 96% de los inversores institucionales y profesionales planea aumentar su asignación a ETFs en los próximos 12 meses, pero el empuje adicional viene de las nuevas generaciones de ahorradores que invierten desde el móvil con tickets de 50 o 100 euros.
Brokers de bajo coste, roboadvisors y bancos digitales han convertido al ETF en el “ladrillo estándar” de los planes de ahorro periódicos. En lugar de elegir un fondo nacional caro y opaco, el usuario medio accede a índices globales, temáticos o de renta fija con comisiones totales frecuentemente por debajo del 0,20% anual. El diagnóstico es claro: el mercado de ETFs se democratiza, gana profundidad y diversidad, y se convierte en pilar del sistema financiero en vez de simple complemento.
Sin embargo, este fenómeno plantea interrogantes regulatorios: más volumen minorista significa también más sensibilidad a las narrativas de redes sociales, a las modas temáticas y a los episodios de euforia puntual. La línea que separa una saludable cultura de inversión de episodios de “trading gamificado” es más fina de lo que parece.