Iturralde: “Hay muy mal ambiente entre China y EEUU; Xi sabe de qué va realmente la guerra en Irán”

Alberto Iturralde ofrece un análisis detallado sobre las tensiones entre China y EE.UU. en el contexto de la guerra en Irán, la influencia sobre el Estrecho de Ormuz y cómo estos conflictos moldean la economía global y la política internacional. Además, plantea la importancia de los mercados y grandes gestores en esta compleja partida geopolítica.
Captura del vídeo donde Alberto Iturralde ofrece un análisis geopolítico sobre China, EE.UU. y la guerra en Irán, emitido por Negocios TV.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Iturralde: “Hay muy mal ambiente entre China y EEUU; Xi sabe de qué va realmente la guerra en Irán”

El relato de distensión entre Washington y Pekín vuelve a circular con precisión quirúrgica. No es casualidad: cuando la geopolítica sube el volumen, el mercado necesita anestesia.
Alberto Iturralde sostiene que el pacto visible es humo y el conflicto, estructura, y lo más grave: Irán, Ormuz, Ucrania y los BRICS se cruzan en el mismo gráfico.

La “foto” Trump-Xi como estabilizador financiero

La escenificación de un acercamiento entre Donald Trump y Xi Jinping, dice Iturralde, funciona como un mecanismo de contención emocional para el inversor minorista. En el fondo, no se negocia amistad: se administra volatilidad. Cuando los titulares hablan de puentes, los grandes gestores ganan tiempo para recolocar carteras, cubrir exposición y sostener precios. El mensaje implícito es simple: “no pasa nada”, justo cuando sí pasan cosas.

La clave está en quién se beneficia. En un mercado dominado por flujos pasivos y megaactores, una narrativa conveniente puede actuar como muelle. «La supuesta tregua sirve para que las bolsas no se descompongan y para que el dinero grande salga sin ruido», desliza el analista. La consecuencia es clara: la diplomacia se convierte en instrumento de mercado, y la fricción real se aplaza, no se resuelve.

Ormuz, la arteria que convierte un rumor en inflación

El Estrecho de Ormuz no es un símbolo: es una palanca. Por ahí circula en torno a un 20% del crudo mundial y una parte decisiva del comercio energético marítimo. Basta una amenaza creíble —un dron, un incidente, un cierre parcial— para que el coste del riesgo suba antes que el precio del barril. Ese sobrecoste entra por la puerta de los fletes, la logística y los seguros, y acaba en la factura del consumidor.

En este tablero, Irán es mucho más que un conflicto territorial. Es el punto donde se decide quién controla el termostato de la economía global. Si Ormuz se tensiona, el mercado no espera confirmaciones: descuenta. Y cuando descuenta, el golpe no se queda en el petróleo; salta a los tipos, a la inflación esperada y al apetito por riesgo. En Europa, ese contagio es especialmente corrosivo para índices sensibles al ciclo industrial.

La independencia energética china antes de 2030 como línea roja

Iturralde sitúa el foco en un objetivo estratégico: impedir que China alcance una independencia energética funcional antes de 2030. No se trata de autosuficiencia total, sino de reducir vulnerabilidades: diversificar rutas, asegurar proveedores, reforzar reservas y minimizar cuellos de botella controlados por terceros. Si Pekín logra amortiguar el chantaje energético, cambia el equilibrio de poder: el coste de presionarle sube, y su margen geopolítico se ensancha.

Por eso Oriente Medio pesa más de lo que aparenta. El petróleo no solo mueve coches: mueve alianzas, disciplina y sanciones. Para China, la estabilidad de suministro es condición de superpotencia; para Estados Unidos, mantener la capacidad de interrupción es una ventaja estratégica. El diagnóstico es inequívoco: bajo la retórica de diálogo, late una carrera por cerrar el grifo ajeno y blindar el propio.

Irán como tablero: sanciones, proxies y precio del miedo

La guerra “en Irán” —o alrededor de Irán— no es un hecho aislado, sino una arquitectura de presión. Entre sanciones, alianzas regionales y conflictos por delegación, el objetivo no siempre es ganar territorio, sino gestionar la incertidumbre. Y la incertidumbre cotiza. Cuando el riesgo geopolítico se normaliza, el mercado se acostumbra; cuando se intensifica, el mercado paga prima.

El contraste con episodios históricos resulta demoledor: en crisis energéticas pasadas, como las de los años setenta, el shock fue abrupto; hoy puede ser intermitente, más compatible con la narrativa bursátil y más dañino para la economía real. Una escalada sostenida en la zona se traduciría en presión sobre el transporte, encarecimiento de insumos y un rebrote inflacionario que obligaría a bancos centrales a elegir entre crecimiento y credibilidad.

Ucrania: escalada militar, fatiga europea y mercado alemán

La tensión en Ucrania añade una capa incómoda: Europa mira al Este con desgaste fiscal y político. El aumento del gasto en defensa —ya en el entorno del 2% del PIB en varios países— compite con inversión productiva y con la agenda social. Alemania, motor industrial y alma del DAX, acusa especialmente el coste energético y la fragilidad de la demanda externa. Cuando el conflicto se recrudece, no solo sube la prima de riesgo: se enfría el ciclo.

Para el inversor, el problema es la simultaneidad: energía tensionada, comercio fragmentado y política monetaria atrapada. En ese contexto, cualquier rebote bursátil sostenido exige relato. Y ahí vuelve la utilidad de la “foto” Trump-Xi: amortiguar el miedo mientras se digieren costes. Sin embargo, la economía no negocia con titulares: negocia con márgenes, competitividad y productividad.

La otra gran partida es monetaria. Los BRICS simbolizan el deseo de construir alternativas al dominio estadounidense, pero su cohesión es irregular: intereses distintos, ritmos desiguales y dependencias cruzadas. Aun así, el movimiento existe. El dólar sigue concentrando cerca del 58% de las reservas globales, pero el mero intento de diversificación introduce fricción en el sistema financiero. Y la fricción, en mercados, se paga.

El bloque, que ya representa más del 30% del PIB mundial en términos agregados según diversas estimaciones, busca reducir exposición a sanciones y a la infraestructura occidental de pagos. Si ese proceso acelera, el impacto sería gradual pero profundo: cambios en flujos de capital, en demanda de deuda estadounidense y en la formación de precios de materias primas. No es una revolución de un día; es una erosión lenta. Y, para Iturralde, esa erosión es el trasfondo real que los mercados aún prefieren no mirar de frente.

Comentarios