Caen los bonos británicos por las dudas sobre política fiscal de Burnham

Las dudas sobre una relajación de las reglas fiscales golpean a los bonos y reavivan el recuerdo del desplome provocado por Liz Truss.

bonos británicos
bonos británicos

El primer día de Andy Burnham en Downing Street ha dejado una advertencia inequívoca de los mercados. La rentabilidad del bono británico a diez años escaló hasta el 5,04%, mientras la libra perdía impulso ante el temor de que el nuevo Gobierno abra la puerta a un mayor endeudamiento. La reacción resulta especialmente significativa porque el movimiento fue más intenso que el registrado en la deuda francesa o italiana. Burnham ha prometido respetar las reglas fiscales, pero su intención de utilizar toda la flexibilidad disponible ha bastado para activar las alarmas. El recuerdo de Liz Truss vuelve a proyectarse sobre Westminster.

El primer aviso de los mercados

La caída del precio de los gilts —los bonos soberanos británicos— elevó sus rendimientos hasta niveles no vistos en aproximadamente dos meses. El bono a diez años superó de nuevo la barrera psicológica del 5%, consolidando al Reino Unido como uno de los países del G7 con mayores costes de financiación.

El movimiento refleja una cuestión básica: los inversores exigen más rentabilidad cuando perciben un aumento del riesgo fiscal. Burnham ha anticipado ayudas frente al coste de la vida, mayor inversión territorial y un refuerzo del control público sobre determinados servicios. Sin embargo, todavía no ha explicado cómo financiará esas medidas sin elevar los impuestos, reducir otras partidas o incrementar las emisiones de deuda.

Una flexibilidad que inquieta

El nuevo primer ministro ha asegurado que cumplirá las reglas fiscales, aunque también ha defendido la posibilidad de aprovechar sus márgenes. Esa aparente contradicción concentra buena parte de la inquietud.

Las normas permiten financiar determinadas inversiones mediante deuda siempre que el pasivo público se estabilice dentro del horizonte presupuestario. Lo más grave para los mercados es que ese horizonte puede modificarse, aplazando los ajustes y trasladando el esfuerzo a ejercicios posteriores. Los inversores no observan únicamente el compromiso final, sino la cantidad de bonos que el Tesoro tendrá que colocar durante los próximos meses.

Una factura de 100.000 millones

El margen de maniobra resulta limitado. El Reino Unido afronta una factura anual por intereses cercana a los 100.000 millones de libras, una cantidad comparable al presupuesto completo de varios departamentos ministeriales.

Cada subida sostenida de los rendimientos encarece las nuevas emisiones y las refinanciaciones. La consecuencia es clara: menos recursos para sanidad, vivienda, infraestructuras o defensa. Si el rendimiento del bono a diez años permanece alrededor del 5%, cualquier expansión fiscal deberá generar un crecimiento suficientemente elevado para compensar su coste. De lo contrario, el endeudamiento adicional terminará alimentando nuevas subidas de tipos.

Healey enfría parcialmente el temor

El nombramiento de John Healey como ministro de Hacienda aportó cierta estabilidad, aunque no disipó las dudas. Su perfil centrista y su experiencia de Gobierno ofrecen una señal de continuidad institucional, pero su defensa de un mayor gasto militar añade presión a unas cuentas ya tensionadas.

Healey tendrá que encontrar unos 10.500 millones de libras mediante recortes, ingresos adicionales o reasignaciones para atender las nuevas prioridades sin incumplir las reglas fiscales. Al mismo tiempo, deberá afrontar el crecimiento del gasto social y las promesas de Burnham sobre vivienda pública y coste de la vida.

El fantasma de Liz Truss

La comparación con Liz Truss no implica que ambas estrategias sean idénticas. Sí revela, sin embargo, la fragilidad de la credibilidad británica. En septiembre de 2022, el anuncio de rebajas fiscales sin financiación provocó un hundimiento de la libra y una venta masiva de bonos, obligando al Banco de Inglaterra a intervenir.

Los rendimientos llegaron entonces a superar el 5% en algunos vencimientos y el banco central preparó un programa de hasta 65.000 millones de libras para contener el desorden. Desde aquella crisis, cualquier propuesta que combine gasto, menores impuestos y falta de detalles presupuestarios recibe un castigo inmediato.

La libra también pierde confianza

La debilidad de la libra amplifica el problema. Una moneda más barata encarece las importaciones de energía, alimentos y materias primas, elevando la inflación y dificultando una reducción de los tipos de interés.

El contexto exterior tampoco ayuda. El petróleo Brent ha superado los 90 dólares por barril en medio de nuevas tensiones geopolíticas, aumentando el riesgo de otro repunte inflacionista. Si el Banco de Inglaterra mantiene los tipos altos durante más tiempo, el coste de las hipotecas, el crédito empresarial y la deuda pública seguirá presionando a la economía.

Credibilidad antes que promesas

Burnham necesita convertir sus compromisos políticos en un programa presupuestario verificable. Eso exige explicar cuánto costarán las medidas, cuándo se ejecutarán y qué partidas financiarán el aumento del gasto.

El diagnóstico es inequívoco: el mercado no ha concedido al nuevo Gobierno un periodo de gracia. La designación de Healey ha evitado una reacción más abrupta, pero no sustituye a una estrategia fiscal. Reino Unido deberá demostrar que puede impulsar el crecimiento sin repetir los errores de 2022. De lo contrario, el rendimiento del 5,04% puede ser únicamente el comienzo de una factura mucho más elevada.

Comentarios