El Dow Jones suma un 0,2% impulsado por la banca
A primera hora del jueves, los contratos sobre el S&P 500 subían en torno a un 0,3%-0,4%, los del Nasdaq 100 superaban el 0,8% y los del Dow Jones avanzaban cerca de un 0,2%, anticipando una nueva sesión de compras tras los máximos recientes.
Un arranque de sesión con tono claramente alcista
Los movimientos en los futuros resumen el ánimo del mercado mejor que cualquier discurso. Con los contratos sobre el S&P 500 avanzando alrededor de un 0,3%, el Nasdaq 100 rebotando más de un 0,8% y el Dow Jones sumando cerca de un 0,2%, Wall Street se prepara para prolongar un tramo alcista apoyado en datos duros, no solo en expectativas. El repunte llega después de varias jornadas en las que el sector financiero ha ido desgranando unas cuentas del cuarto trimestre que, con matices, confirman que el negocio bancario sigue siendo rentable en un entorno de tipos altos y crecimiento moderado.
El contexto es relevante. Tras un 2025 marcado por la resiliencia del empleo y un consumo que se ha negado a claudicar, buena parte del consenso ya no discute tanto si habrá recesión, sino qué profundidad tendrá la desaceleración. Los precios de los activos reflejan esa apuesta por un frenazo controlado: las bolsas en máximos, el crédito estrechando diferenciales y el dólar manteniendo el tipo frente a las principales divisas. “El mercado ha decidido creer por ahora en el aterrizaje suave; cualquier tropiezo en resultados será castigado con dureza”, resume un gestor europeo.
Los grandes bancos vuelven a batir expectativas
El primer gran bloque de la temporada lo han protagonizado las entidades sistémicas estadounidenses. JPMorgan, Bank of America, Citigroup y Wells Fargo han presentado en conjunto beneficios cercanos a 28.500 millones de dólares en el cuarto trimestre, apoyados en la expansión del crédito y en unos ingresos por intereses todavía muy abultados tras el ciclo de subidas de la Reserva Federal. Lejos de los temores a un parón brusco del crédito, las cifras muestran que empresas y hogares siguen demandando financiación, aunque con un escrutinio más intenso del riesgo.
Los datos de volumen de préstamos son elocuentes: los créditos de JPMorgan crecieron en torno a un 9%, los de Bank of America alrededor de un 8%, mientras que las carteras de préstamos comerciales de Wells Fargo se dispararon cerca de un 12%, según las primeras cifras publicadas por la prensa estadounidense. Todo ello, con un repunte de los ingresos netos por intereses de Bank of America hasta un récord de 15.900 millones de dólares, que ilustra hasta qué punto el tipo de interés oficial sigue siendo un viento de cola para la banca tradicional. La consecuencia es clara: el sector financiero llega a 2026 con un colchón de rentabilidad que le permite absorber mejor un eventual deterioro de la calidad crediticia.
El consumo aguanta pese a los tipos altos
Detrás de estas cifras hay un mensaje macroeconómico que los inversores en renta variable vigilan casi más que los propios beneficios: la salud del consumidor estadounidense. De momento, los grandes bancos insisten en la misma idea: la morosidad sube desde mínimos históricos, pero lo hace de forma gradual y desde niveles muy bajos en tarjetas, hipotecas y préstamos al consumo. Los departamentos de riesgos han endurecido los criterios, pero no han cerrado el grifo.
Las entidades describen una economía en la que el mercado laboral sigue relativamente fuerte, los salarios mantienen cierto dinamismo y el exceso de ahorro acumulado en la pandemia aún no se ha agotado del todo en los segmentos de renta media y alta. Sin embargo, lo más grave, a medio plazo, es el impacto de propuesta de limitar los tipos de las tarjetas de crédito en torno al 10%, una medida que las entidades advierten podría obligarles a restringir el crédito a los colectivos más vulnerables. El diagnóstico es inequívoco: el consumo sostiene el ciclo, pero el margen de error se estrecha, y cualquier shock de empleo o regulación mal calibrada podría acelerar el deterioro.
TSMC, el termómetro del boom de la inteligencia artificial
Si la banca mide el pulso de la economía real, TSMC se ha convertido en el mejor termómetro del nuevo ciclo tecnológico. El mayor fabricante de chips del mundo ha reportado un incremento del 35% en su beneficio neto trimestral, hasta aproximadamente 16.000 millones de dólares, con unos ingresos que crecen en torno al 20% interanual y firman un nuevo récord histórico. La explicación es clara: una demanda desbordante de semiconductores de alto rendimiento ligados a aplicaciones de inteligencia artificial, centros de datos y grandes plataformas en la nube.
Lo más llamativo no es solo el resultado, sino la apuesta de inversión: la compañía prevé elevar su capex hasta una horquilla de 52.000 a 56.000 millones de dólares en 2026, cerca de un 30% más que el año anterior, para ampliar capacidad en Taiwán y en Estados Unidos, especialmente en sus plantas de Arizona. Este hecho revela hasta qué punto los fabricantes de chips consideran estructural el boom de la IA, pese a reconocer el riesgo de burbuja en algunas valoraciones. Para el mercado, TSMC no solo es un valor en sí mismo: es un activo sistémico cuya guía de negocio condiciona a gigantes como Nvidia, Apple, AMD o Qualcomm y, por extensión, al conjunto de los índices tecnológicos.
Riesgos latentes: morosidad, regulación y política monetaria
El cuadro de corto plazo es favorable, pero no exento de riesgos. En el frente financiero, el principal foco está en la evolución de la morosidad a partir de la segunda mitad de 2026. Tras dos años de tipos restrictivos, los analistas esperan un incremento más visible de impagos en crédito al consumo y segmentos corporativos más endeudados. Las entidades han reforzado provisiones y capital, pero una subida más brusca de lo previsto podría presionar beneficios y, de nuevo, la cotización del sector.
En paralelo, la agenda regulatoria en Estados Unidos se endurece. Propuestas como el citado tope a los intereses de las tarjetas, mayores exigencias de capital para los bancos sistémicos o nuevas normas de liquidez para las entidades medianas pueden reducir la rentabilidad estructural del sector si se aplican sin gradualidad. Sobre todo ello planea la Reserva Federal: un giro demasiado lento en la política monetaria ampliaría el daño sobre el crédito; uno demasiado rápido, reavivaría las presiones inflacionistas y obligaría a nuevas subidas en el futuro. En este contexto, la ventana actual de crecimiento sólido y beneficios récord puede ser más efímera de lo que descuentan las cotizaciones.
El contraste con Europa y el mensaje para el inversor español
El contraste con Europa resulta demoledor. Mientras los índices estadounidenses marcan máximos apoyados en los beneficios de la banca doméstica y en el tirón de los gigantes tecnológicos, buena parte de las bolsas europeas sigue rezagada, penalizada por bancos con márgenes más estrechos, un ciclo industrial más débil y una menor exposición directa al boom de la IA. En España, el Ibex 35 mantiene una fuerte dependencia del sector financiero y de las utilities reguladas, con una presencia tecnológica mucho más limitada.
Para el inversor español, la lectura es doble. Por un lado, la fortaleza de los bancos estadounidenses refuerza la tesis de que el sector financiero europeo todavía tiene recorrido en beneficio y dividendos si el BCE no se precipita en los recortes de tipos. Por otro, el rally de valores ligados a semiconductores y nube vuelve a subrayar la carencia de grandes campeones tecnológicos cotizados en las plazas del Viejo Continente. La consecuencia es clara: quien quiera capturar plenamente el ciclo de la IA y del nuevo gasto en infraestructura digital se ve obligado, casi por definición, a mirar al otro lado del Atlántico o a Asia.
