JPMorgan advierte sobre nuevos riesgos que podrían sacudir a Wall Street en 2026

JPMorgan advierte sobre los riesgos que podrían afectar la estabilidad de Wall Street en 2026. Desde la sobrevaloración de activos hasta las tensiones geopolíticas y la persistencia de tasas de interés elevadas, el banco insta a los inversores a gestionar con cautela en un entorno más incierto.

JPMorgan alerta sobre riesgos emergentes en Wall Street para el 2026, señalando la volatilidad y la incertidumbre en los mercados financieros.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
JPMorgan advierte sobre nuevos riesgos que podrían sacudir a Wall Street en 2026

El escenario que activa las alarmas

El año recién cerrado dejó rentabilidades de doble dígito en buena parte de Wall Street, con el S&P 500 impulsado por las grandes tecnológicas y un Nasdaq que volvió a comportarse como el termómetro del optimismo inversor. Esa foto, en apariencia impecable, es precisamente la que preocupa a JPMorgan: demasiada complacencia en un entorno en el que los riesgos, lejos de reducirse, se acumulan.

Las propias previsiones del banco hablan de un 2026 de “promesa y presión”: crecimiento positivo, bolsas todavía en niveles elevados y un entorno de tipos algo más bajos, pero con una inflación que seguirá siendo más volátil y pegajosa de lo que descuenta el consenso. No se trata, por tanto, de un escenario de recesión inminente, sino de un punto de equilibrio precario en el que cualquier shock puede desencadenar movimientos abruptos.

A ello se suma un telón de fondo incómodo: dudas sobre la independencia de los bancos centrales, tensiones en el mercado de deuda estadounidense y un debate creciente sobre el coste fiscal de sostener el nuevo ciclo de inversión tecnológica. El resultado es un mercado que cotiza como si el camino fuese lineal, cuando la propia entidad admite que el abanico de resultados posibles para 2026 es mucho más amplio de lo que reflejan hoy los precios.

 

Sobrevaloración: cuando el precio se despega del riesgo

La primera alerta tiene nombre claro: sobrevaloración. El rally de 2025 ha dejado un S&P 500 negociándose en torno a 23 veces beneficios esperados, con un ratio precio/beneficio ajustado por ciclo (CAPE) que ha superado la cota de 40 veces, niveles sólo vistos en la burbuja puntocom y en la previa de otras grandes tensiones de mercado.

El foco está, sobre todo, en el núcleo tecnológico ligado al AI. Empresas cuya capitalización se ha multiplicado por tres o cuatro en apenas dos años, impulsadas por expectativas de beneficios futuros que siguen siendo difíciles de verificar. Bancos centrales como el Banco de Inglaterra y organismos como el FMI han empezado a advertir de manera explícita sobre el riesgo de un “AI bubble”: si la promesa de productividad no llega al ritmo previsto, el ajuste de precios puede ser severo y sincronizado.

No es que la historia de crecimiento sea falsa; es que, a estos precios, el margen de error es mínimo, viene a decir JPMorgan. Lo más grave es que esta sobrevaloración no se limita a unas pocas compañías: se ha extendido a índices enteros y a varios segmentos del crédito corporativo, donde las primas de riesgo han caído a mínimos pese al endurecimiento de las condiciones financieras. La consecuencia es clara: cada dólar invertido compra hoy menos protección frente a un tropiezo macro o regulatorio.

Posicionamiento extremo: la chispa del efecto dominó

El segundo gran frente es el posicionamiento extremo. Después de un año de subidas casi ininterrumpidas, muchos fondos —desde grandes institucionales hasta estrategias cuantitativas— se han amontonado en las mismas apuestas: grandes tecnológicas estadounidenses, deuda corporativa de alta calidad y algunos segmentos de mercados emergentes.

JPMorgan acaba de ofrecer un ejemplo muy concreto al recortar su recomendación sobre divisas emergentes de “sobreponderar” a “ponderación de mercado” tras un rally en el que el índice de divisas EM subió alrededor de un 7,5%, la deuda local emergente rozó retornos del 20% y las bolsas EM avanzaron en torno al 40% en un solo año. La entidad reconoce abiertamente que ve un mercado “sobresaturado” y un indicador interno de apetito por riesgo en zona de venta.

Cuando demasiados actores están en el mismo lado de la barca, el sistema se vuelve frágil. Una corrección puntual, un dato de inflación peor de lo esperado o un titular geopolítico pueden activar órdenes de venta automatizadas, llamadas de margen y deshacer posiciones apalancadas. El efecto dominó se alimenta solo: ventas forzadas que generan más caídas, más volatilidad y nuevas ventas. En ese escenario, los activos más líquidos y populares son también los que más rápido corrigen.

Tipos de interés altos: más tiempo, más presión

El tercer vector de riesgo llega desde los tipos de interés. El mercado sigue descontando que la Reserva Federal recortará el precio del dinero hasta el entorno del 3% a finales de 2026. Sin embargo, la propia casa de análisis de JPMorgan advierte de que el camino puede ser mucho más lento si la inflación demuestra ser más resistente de lo previsto.

Un escenario de tipos altos “más tiempo” tiene implicaciones profundas. Por un lado, encarece el servicio de la deuda de empresas y hogares, justo cuando una parte relevante del tejido corporativo encara un muro de refinanciaciones en los próximos dos o tres años. Por otro, mantiene elevadas las rentabilidades exigidas a la renta fija soberana y corporativa, lo que puede restar atractivo relativo a unas bolsas ya caras.

La tensión se percibe ya en el mercado de bonos estadounidenses, donde las dudas sobre la trayectoria fiscal y, más recientemente, la investigación abierta sobre el presidente de la Fed han provocado ventas en los tramos largos y una inclinación de la curva de tipos que amenaza con encarecer hipotecas y crédito corporativo. El contraste con la década posterior a 2008, marcada por dinero ultrabarato y bancos centrales omnipresentes, resulta demoledor: el colchón monetario es hoy mucho más fino.

Geopolítica y AI: la combinación que desordena todo

La cuarta pata del diagnóstico de JPMorgan es la geopolítica, que ya no actúa como ruido de fondo, sino como un factor estructural de volatilidad. La escalada de tensiones comerciales, con amenazas de nuevos aranceles desde Washington hacia Europa y otros socios, ha llevado al FMI a alertar de un posible “espiral de escalada” capaz de dañar simultáneamente crecimiento y mercados financieros.

Al mismo tiempo, la propia institución ha puesto el foco en un riesgo menos visible: la posibilidad de que el boom de inversión en AI no se traduzca en los incrementos de productividad que el mercado ha descontado. En su último informe, el FMI admite que una corrección moderada del sector tecnológico podría restar hasta 0,4 puntos al crecimiento global, en un contexto en el que el PIB mundial ronda el 3,3% y depende en gran medida del impulso de Estados Unidos y de la inversión tecnológica.

Este hecho revela la doble vulnerabilidad del sistema: una economía financiarizada que ha apostado masivamente por una narrativa tecnológica concreta y un tablero geopolítico en el que la tecnología es ya un instrumento de poder. Cualquier giro regulatorio, sanción cruzada o bloqueo de suministros clave (chips, energía, materias primas críticas) puede convertirse en el detonante de una corrección rápida en sectores que hoy parecen intocables.

La memoria de 2000 y 2008: paralelismos incómodos

El análisis de JPMorgan no se formula en el vacío. Los paralelismos históricos son evidentes. Por un lado, la concentración extrema de las ganancias bursátiles en unas pocas compañías tecnológicas, las valoraciones disparadas y la fe casi religiosa en una disrupción permanente recuerdan de forma inquietante a los años 1999-2000.

Por otro, el peso del endeudamiento corporativo evoca la antesala de la crisis financiera de 2008. Aunque los balances bancarios están hoy más blindados, la deuda de empresas no financieras alcanzó ya antes de la pandemia el 92% del PIB mundial, con un porcentaje creciente de firmas zombie cuyo modelo sólo se sostiene con refinanciaciones continuas a tipos bajos. En un entorno de dinero más caro, ese margen de maniobra se estrecha de forma drástica.

El contraste con otras regiones resulta también significativo. Mientras Wall Street cotiza múltiplos históricos y una concentración de beneficios sin precedentes, otras bolsas desarrolladas se mueven en ratios mucho más contenidos. El diagnóstico es inequívoco: el riesgo dominante no está tanto en la economía real como en la forma en que los mercados han decidido valorarla.

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