Las tensiones en Oriente Medio ponen en jaque a la economía global y a los bancos centrales
La entrevista con Aurelio García del Barrio, director del Global MBA del IEB, analiza cómo el conflicto en Oriente Medio y la crisis en el estrecho de Ormuz podrían reconfigurar los planes de los bancos centrales ante la inesperada presión sobre los precios del petróleo y el riesgo de una inflación persistente.
La reciente escalada de tensiones en Oriente Medio ha vuelto a encender todas las alarmas en los mercados globales. El estrecho de Ormuz, por donde circula en torno al 20% del petróleo mundial, vuelve a ser un punto crítico bajo el foco de inversores, gobiernos y bancos centrales. Los ataques a petroleros han empujado el crudo por encima de los 80 dólares por barril, encareciendo la logística y los seguros marítimos y añadiendo una nueva capa de incertidumbre sobre las cadenas de suministro. La consecuencia es clara: el mundo se asoma de nuevo al riesgo de un shock energético que podría traducirse en más inflación, más tensión salarial y menos margen de maniobra para la política monetaria. Nadie habla todavía de crisis desbocada, pero las señales, esta vez, no son tranquilizadoras.
El estrecho de Ormuz, cuello de botella del 20% del crudo
El epicentro de la preocupación vuelve a situarse en el estrecho de Ormuz, un pasillo marítimo de apenas unas decenas de kilómetros de ancho por el que transita aproximadamente una quinta parte del petróleo que se consume en el planeta. Aunque el paso no se ha bloqueado de forma total, los ataques y amenazas contra petroleros han elevado el riesgo operativo y han obligado a las navieras a revisar rutas, protocolos de seguridad y pólizas de seguro.
En este contexto, el petróleo ha superado la cota de los 80 dólares por barril, un umbral que muchos analistas consideran de alerta temprana para las economías importadoras netas de energía. Lo más grave es que esta subida no responde únicamente a un ajuste clásico de oferta y demanda, sino a una prima de riesgo geopolítico que encarece de golpe transporte, seguridad y financiación. Cada día de tensión adicional se traduce en más coste por barril, mayor volatilidad en los mercados de futuros y más incertidumbre para los planes de inversión de las grandes compañías energéticas.
En episodios como este, la línea que separa una “tensión gestionable” de una crisis energética en toda regla puede depender de un incidente, de un misil o de una decisión política mal calibrada.
Volatilidad energética y factura para el ciudadano
La volatilidad en los precios del crudo y del gas no es un juego de cifras reservado a traders y bancos de inversión. Se filtra, con cierto retraso pero de forma inexorable, a la factura de la luz, el precio de los carburantes y el coste del transporte. Un repunte sostenido del petróleo por encima de los 80 dólares puede traducirse, en cuestión de semanas, en subidas de entre un 5% y un 10% en los precios finales de gasolina y diésel en muchas economías.
Este efecto es especialmente delicado en un momento en el que muchas familias apenas han terminado de absorber el impacto de la crisis inflacionista de los últimos dos años. El encarecimiento de la energía actúa como un impuesto silencioso sobre el poder adquisitivo: reduce el margen de consumo, encarece la cesta de la compra y obliga a posponer decisiones de gasto relevante, desde la compra de un coche hasta unas vacaciones.
Además, las empresas intensivas en energía y transporte –desde la industria pesada hasta la logística– se ven obligadas a revisar sus estructuras de costes. Una parte de ese aumento se traslada al consumidor final; otra, se absorbe recortando márgenes, inversión o empleo. El resultado, en cualquier caso, es una economía más frágil, que camina con menos colchón ante cualquier shock adicional.
Inflación y efectos de segunda ronda en marcha
El gran temor de los bancos centrales no es solo el pico puntual de precios, sino los llamados efectos de segunda ronda. Cuando la energía se encarece de forma persistente, las empresas repercuten el coste en sus productos y servicios, y los trabajadores, a su vez, exigen subidas salariales para no perder poder de compra. Si estas demandas se consolidan en convenios y contratos, la inflación deja de ser un fenómeno transitorio y se convierte en estructural.
El escenario no es nuevo: un repunte energético prolongado puede añadir fácilmente entre 0,5 y 1 punto porcentual a la inflación anual de muchas economías avanzadas. Este aumento, sumado a una inflación de base que aún no ha retornado plenamente al objetivo del 2% en numerosas regiones, podría reactivar un ciclo de revisiones al alza de precios en bienes y servicios básicos, desde el transporte hasta la alimentación.
El diagnóstico es inequívoco: si la tensión en Oriente Medio se prolonga meses y el petróleo se mantiene caro, las economías desarrolladas podrían enfrentarse de nuevo a la combinación más incómoda: precios altos, crecimiento débil y presión social por mejorar salarios. Un escenario que erosiona la confianza de consumidores y empresas y complica cualquier estrategia de salida ordenada de la crisis inflacionista.
La trampa de la Reserva Federal y el BCE
La nueva coyuntura geopolítica estalla justo cuando la Reserva Federal (Fed) y el Banco Central Europeo (BCE) habían empezado a preparar el terreno para una relajación gradual de los tipos de interés tras el ciclo más agresivo de subidas en décadas. La idea era clara: con la inflación moderándose, había margen para aliviar la carga financiera sobre hogares, empresas y Estados.
Sin embargo, el repunte de los precios energéticos amenaza con cambiar el guion. Ante un nuevo impulso inflacionista, los bancos centrales se ven atrapados en una disyuntiva incómoda: mantener tipos altos durante más tiempo –o incluso insinuar nuevas subidas– para evitar un rebrote de la inflación, o priorizar el apoyo al crecimiento económico en un contexto todavía frágil.
La consecuencia es un aumento notable de la incertidumbre monetaria. Los mercados que hace apenas unas semanas descontaban recortes ordenados y escalonados se enfrentan ahora a un escenario más confuso, en el que las probabilidades de pausa prolongada o giro hawkish de la Fed y el BCE ganan peso. Cada reunión de política monetaria se convierte, de nuevo, en un ejercicio de equilibrismo entre estabilidad de precios y estabilidad financiera.
Crecimiento global en riesgo y economía real bajo presión
Más allá de los mercados, el impacto potencial sobre el crecimiento global es evidente. Un petróleo caro y volátil actúa como freno generalizado sobre la actividad. Países importadores netos de energía ven deteriorarse su balanza por cuenta corriente, mientras que sectores como la industria manufacturera y el transporte reducen producción o inversión ante el aumento de costes.
Si el encarecimiento del crudo se prolongase, no sería descabellado proyectar un recorte de entre 0,3 y 0,5 puntos porcentuales en las previsiones de crecimiento mundial, con especial impacto en economías emergentes muy dependientes de las importaciones energéticas. Estas economías, con menor capacidad fiscal y financiera, tienen menos margen para desplegar ayudas o subvenciones que amortigüen el golpe.
Además, la combinación de menor crecimiento, tipos de interés todavía elevados y mayor incertidumbre geopolítica constituye un cóctel poco favorable para la inversión. Proyectos que hace unos meses parecían viables pueden posponerse o cancelarse, especialmente en sectores intensivos en capital y energía. El efecto dominó sobre el empleo, la recaudación fiscal y la confianza empresarial podría aflorar con fuerza en los próximos trimestres.
Energía y defensa: los grandes beneficiados del nuevo escenario
No todas las industrias salen perdiendo de esta nueva fase de tensión. Las grandes compañías energéticas suelen ser las primeras en mejorar sus cuentas cuando el crudo se encarece, especialmente si los precios superan durante meses ciertos niveles de rentabilidad. El mercado ya descuenta que, en un escenario de petróleo caro, los beneficios de las petroleras pueden crecer a doble dígito, con repuntes de entre el 10% y el 20% en sus resultados en cuestión de trimestres si la situación se consolida.
A ello se suma el empuje del sector de la defensa, que tiende a recibir más pedidos y contratos en contextos de inestabilidad geopolítica. Los gobiernos incrementan presupuestos militares, refuerzan capacidades navales y aéreas, y revisan su presencia en zonas sensibles como el propio estrecho de Ormuz. Las empresas del complejo militar-industrial, por tanto, se encuentran entre las pocas claramente beneficiadas de un clima internacional más tenso.
Sin embargo, este aparente beneficio no está exento de riesgos. Una mayor presión regulatoria y fiscal sobre los llamados “beneficios extraordinarios” podría emerger si la opinión pública percibe que determinados sectores se enriquecen en un contexto de sufrimiento generalizado para hogares y pymes. El debate sobre impuestos específicos a energéticas o armamentísticas podría reabrirse con fuerza.
Turismo, aerolíneas y consumo, en la zona de sacrificio
En el lado contrario de la balanza se sitúan los sectores más expuestos al encarecimiento del combustible y a la caída de la confianza del consumidor. Las aerolíneas ven cómo su principal coste operativo, el queroseno, se dispara, obligándolas a subir tarifas o a recortar rutas menos rentables. El turismo, muy dependiente del precio de los billetes y del gasto disponible de los hogares, entra en una zona de vulnerabilidad.
El comercio minorista y el consumo masivo también sufren. Una parte creciente de la renta de las familias se destina a pagar energía, transporte y alimentos, dejando menos margen para otras categorías de gasto. Las empresas de distribución y gran consumo se enfrentan al dilema de absorber parte del incremento de costes o trasladarlo completamente al cliente, con el riesgo de perder volumen de ventas.
La naturaleza dispareja del impacto complica, además, la respuesta de la política económica. Medidas generalizadas de apoyo pueden resultar muy costosas en términos fiscales, mientras que ayudas selectivas a sectores concretos siempre generan debates sobre equidad y eficiencia. En cualquier caso, el mapa es claro: unos pocos sectores ganan mucho, mientras muchos otros reparten las pérdidas.
Qué puede pasar ahora: de la tensión contenida al shock pleno
El futuro inmediato dependerá, en gran medida, de cómo evolucionen los acontecimientos en el terreno militar y diplomático. Un escenario de tensión contenida, con ataques puntuales pero sin bloqueo del estrecho de Ormuz, mantendría el petróleo caro y volátil, pero probablemente por debajo de niveles de crisis extrema. Aun así, bastaría para forzar a los bancos centrales a ser mucho más prudentes en la bajada de tipos y para consolidar una inflación más pegajosa de lo deseado.
Un escenario más severo –bloqueos intermitentes, ataques más intensos, escalada regional– podría empujar el crudo con facilidad por encima de los 90-100 dólares por barril, llevando al límite a muchas economías. En ese caso, el riesgo de entrar en una dinámica de estanflación –poco crecimiento y precios altos– dejaría de ser teórico para convertirse en una amenaza tangible.
Entre ambos extremos se abre un abanico de posibilidades, pero el mensaje que hoy envía Oriente Medio a la economía global es inequívoco: la fragilidad energética sigue siendo uno de los talones de Aquiles del sistema. Y, una vez más, serán los ciudadanos, a través de su bolsillo y de su empleo, quienes acaben pagando el coste de esa vulnerabilidad.

