Trump, la Fed y el impeachment que inquieta a Wall Street aunque el Dow Jones sube hoy más de 300 puntos
Las midterms de 2026 reactivan el fantasma del juicio político a Trump mientras el yen se dispara, el oro bate récords y la Reserva Federal opera bajo fuego cruzado
Este 2026 arranca con un cóctel explosivo en Estados Unidos: campaña de midterms, amenazas de nuevo impeachment contra Donald Trump, tensiones abiertas con la Reserva Federal y unos mercados que parecen mirar más a Washington y Tokio que a los beneficios empresariales.
Mientras el Congreso calcula mayorías y escenarios, los índices globales encadenan su cuarta sesión consecutiva al alza, el yen se fortalece con fuerza ante el dólar por miedo a una intervención coordinada y el oro supera por primera vez los 5.100 dólares la onza, en plena búsqueda de refugio frente al ruido geopolítico.
Al mismo tiempo, los inversores aguardan la reunión de la Fed de esta semana y escrutan cada gesto de un presidente que combina presiones sobre el banco central, amenazas arancelarias y guiños a su base electoral.
La consecuencia es clara: política y mercados se han fundido en una sola variable de riesgo. Lo que ocurra en las urnas en noviembre y en los pasillos del Capitolio puede ser tan determinante para el ciclo económico como cualquier dato de empleo o inflación.
Midterms de 2026: algo más que un termómetro electoral
Las elecciones intermedias en Estados Unidos se celebran cada dos años, pero no todas pesan igual. Las de 2026 pueden convertirse en un referéndum anticipado sobre el segundo mandato de Trump y en el punto de partida de nuevos procesos de investigación en el Capitolio. Tradicionalmente, el partido del presidente suele perder escaños en estas citas; la media histórica ronda los 25 asientos en la Cámara de Representantes y entre 3 y 4 senadores.
En este ciclo, el foco no está solo en quién controla el Congreso, sino en qué tipo de mayoría emerge: disciplinada, fragmentada o directamente hostil a la Casa Blanca. Una Cámara con mayoría opositora –o un Senado donde una parte de los republicanos se desmarque– reabriría la puerta a comités de investigación, citaciones y, en el límite, a nuevas resoluciones de impeachment.
Lo relevante es que el juicio político se ha convertido en una herramienta política más, no en un recurso excepcional. Y eso cambia por completo el cálculo de riesgos: cualquier decisión controvertida del Ejecutivo –desde la presión sobre la Fed hasta la gestión de crisis internacionales– puede acabar canalizada en clave de “conducta impropia” ante la opinión pública. El mercado lo sabe y descuenta que las midterms ya no son solo un termómetro: son también un disparador potencial de inestabilidad institucional.
El fantasma del impeachment vuelve al Capitolio
La sola palabra impeachment divide a la sociedad estadounidense. La mitad del país lo ve como un mecanismo de control democrático; la otra mitad, como un arma de destrucción política masiva. En el caso de Trump, la polarización es máxima: cualquier intento de reactivar un juicio político corre el riesgo de movilizar tanto a detractores como a partidarios.
Para sus críticos, no insistir en un nuevo proceso sería enviar el mensaje de que determinadas conductas –presión a la Fed, interferencias con la justicia, uso partidista de la política exterior– quedan impunes. Para sus seguidores, otro impeachment confirmaría la narrativa de “caza de brujas” que el propio presidente ha alimentado durante años.
Este hecho revela la naturaleza profundamente política del proceso: el cálculo no se hace solo en clave jurídica, sino también electoral. ¿Pesa más exhibir firmeza frente a la Casa Blanca o evitar un desgaste que pueda reforzar al propio Trump de cara a 2028? La respuesta no está clara, pero el simple hecho de que el impeachment vuelva al debate ya altera la agenda, consume tiempo parlamentario y condiciona negociaciones clave sobre presupuestos, techo de deuda o reformas regulatorias.
Bolsas al alza, oro en récord y un dólar más frágil
Mientras la clase política mide fuerzas, los mercados envían señales aparentemente contradictorias. Por un lado, las bolsas globales encadenan cuatro sesiones de subidas. El S&P 500 avanza en torno a un 0,6%, el Nasdaq en torno a un 0,7% y el Dow Jones suma cerca de 287 puntos, apoyados en el tirón de tecnología y comunicación y en la expectativa de una buena temporada de resultados para gigantes como Microsoft, Apple, Tesla o Meta.
Sin embargo, bajo esa superficie optimista, hay signos claros de búsqueda de refugio. El oro ha superado los 5.100 dólares la onza por primera vez, con una subida de más del 17% solo en el mes. Algunos bancos de inversión ya proyectan el metal en el entorno de los 6.000 dólares a final de año, con el matiz, nada menor, de que podría quedarse corto si el ruido geopolítico se intensifica.
La combinación de acciones en máximos, oro disparado y dólar debilitado –el índice que mide al billete verde frente a una cesta de divisas cae en torno a un 0,2%, mientras el euro se aprecia hacia los 1,19 dólares– dibuja un escenario peculiar: los inversores no están huyendo del riesgo, pero sí diversificando frenéticamente ante un entorno donde la política puede girar en cuestión de titulares.
El yen se rebela y Japón mide el coste del endeudamiento
La otra gran protagonista de la jornada es la divisa japonesa. El yen se ha apreciado alrededor de un 1% frente al dólar, hasta la zona de 154 unidades, con picos intradía que han disparado las alarmas sobre una posible intervención coordinada en el mercado de divisas, la primera en quince años entre Tokio y Washington.
Las autoridades japonesas han reconocido contactos estrechos con Estados Unidos en materia de tipo de cambio, mientras los operadores recuerdan que el país arrastra una deuda pública superior al 250% de su PIB y se enfrenta ahora a tipos de interés más altos tras décadas de dinero casi gratis. La combinación es explosiva: cualquier repunte sostenido de las rentabilidades puede poner en cuestión la capacidad de Japón para financiar su pasivo sin recortes drásticos o subidas de impuestos.
En este contexto, el refuerzo del yen puede interpretarse como una válvula de escape frente a la presión de los mercados: un tipo de cambio más fuerte abarata las importaciones de energía y materias primas, pero complica la vida a los exportadores, pilar tradicional de la economía japonesa. El mensaje para el resto del mundo es nítido: el coste del endeudamiento masivo en la era de los tipos altos ya no es una hipótesis académica, sino una realidad política y social.
La Fed, Trump y una independencia cada vez más frágil
En el centro de todas las miradas se encuentra la Reserva Federal. El mercado da por hecho que el banco central mantendrá los tipos sin cambios en su próxima reunión, pero lo relevante no será la decisión, sino el tono. Cada palabra de Jerome Powell sobre inflación, crecimiento o riesgos financieros será leída a la luz de un contexto inédito: investigaciones penales impulsadas desde la propia administración, presiones para cesar a miembros del consejo como Lisa Cook y el debate sobre quién debería suceder a Powell cuando termine su mandato en mayo.
La independencia de la Fed, ya erosionada en anteriores mandatos, se enfrenta ahora a una nueva vuelta de tuerca. Trump ha cuestionado abiertamente la política monetaria, acusa al banco central de “sofocar el crecimiento” y no oculta su deseo de colocar a un perfil más alineado con su agenda en la presidencia de la institución.
El contraste con otras economías avanzadas resulta demoledor: mientras en Europa o Reino Unido las críticas a los bancos centrales se canalizan sobre todo a través de debates parlamentarios, en Estados Unidos el propio Ejecutivo flirtea con convertir la política monetaria en campo de batalla partidista. Para los mercados, el riesgo no es sólo un giro puntual en los tipos, sino la percepción de que la Fed podría dejar de ser un árbitro relativamente neutral y convertirse en un jugador más de la contienda política.
Trump, Europa y la geopolítica como ruido de fondo constante
La agenda de riesgos se completa con el repertorio habitual de frentes abiertos. En las últimas semanas, Trump ha alternado amagos arancelarios a aliados europeos –incluida la presión para obtener concesiones a cambio de renunciar a nuevos impuestos o cesiones estratégicas– con nuevas amenazas de sanciones adicionales a Irán, en un momento especialmente sensible para el mercado del petróleo.
El crudo estadounidense se mueve en el entorno de los 60–61 dólares por barril, mientras el Brent ronda los 65–66 dólares, tras una subida superior al 2% en sesiones recientes ligada tanto a tensiones geopolíticas como a problemas de producción en zonas clave. Cualquier incidente en Oriente Medio o escalada verbal entre Washington y Teherán puede trasladarse de inmediato a los precios de la energía, a la inflación y, en última instancia, a las expectativas sobre la Fed.
Europa observa el tablero con una mezcla de inquietud y resignación. La posible reactivación de un proceso de impeachment y las elecciones de mitad de mandato añaden volatilidad a una relación transatlántica ya marcada por las disputas comerciales, la presión sobre el gasto en defensa y el desacuerdo en torno a China. El diagnóstico es inequívoco: el ruido político estadounidense se ha convertido en un factor sistémico para la economía global.
En todos los casos, una conclusión se impone: “las midterms ya no son un evento doméstico estadounidense, sino un riesgo global de primer orden”. La política en Washington ha dejado de ser un ruido de fondo para convertirse en uno de los principales drivers de valoración en los mercados. Y el debate sobre el impeachment a Trump es solo la manifestación más visible de esa nueva realidad.