El oro rebasa los 5.100 dólares por onza y desata fuertes subidas en Newmont, Barrick y las grandes mineras sudafricanas en Wall Street

Las mineras de oro se disparan con el metal en máximos históricos

Las mineras de oro se disparan con el metal en máximos históricos UNSPLASH / ZLATÁKY.CZ

El rally del oro ha entrado en una nueva dimensión. El metal precioso ha superado por primera vez los 5.100 dólares por onza, un máximo histórico que culmina un salto de alrededor del 64% en 2025, el mayor avance anual desde finales de los años setenta. El movimiento ha encendido una reacción en cadena en Bolsa: las grandes mineras auríferas cotizadas en Estados Unidos se disparan en el ‘premarket’ ante la expectativa de márgenes récord y una avalancha de caja. Newmont avanza más de un 4%, Barrick roza el 4% y los gigantes sudafricanos repuntan entre un 2% y un 4,3%. Todo ello en un contexto de máxima tensión geopolítica, dudas sobre la deuda soberana y expectativas de nuevos recortes de tipos por parte de la Reserva Federal. La consecuencia es clara: el oro vuelve a imponerse como gran activo refugio global y reordena el mapa de riesgos para el inversor.

El récord del oro que reordena el tablero financiero

El nuevo máximo del oro por encima de 5.100 dólares por onza consolida un movimiento que va mucho más allá de un simple episodio especulativo. En apenas un mes, el metal ha escalado en torno a un 18%, encadenando su mejor arranque de año en más de cuatro décadas y prolongando la subida cercana al 64% registrada en 2025. La combinación es explosiva: recorte de expectativas de tipos de interés reales en EE UU, compras masivas de bancos centrales —con China y otros emergentes a la cabeza— y entradas récord en fondos cotizados respaldados por lingotes.

Este hecho revela que el mercado no está sólo frente a una cobertura táctica, sino ante un reposicionamiento estructural del ahorro global. El oro vuelve a funcionar como alternativa frente a divisas bajo sospecha y a una deuda pública que ya no ofrece la misma protección que en crisis anteriores. La consecuencia es clara: cada nuevo máximo del metal estrecha el margen de maniobra de bancos centrales y gobiernos, y obliga a reescribir la jerarquía de activos considerados “libres de riesgo”.

Mineras en ebullición: Newmont, Barrick y el bloque sudafricano

El primer reflejo de este rally se ve en las compañías mineras de oro, cuyo beneficio se multiplica cuando el precio del metal se dispara mientras los costes operativos tardan más en ajustarse. En la preapertura de Wall Street, Newmont sube en torno a un 4,4%, mientras Barrick Mining avanza cerca de un 3,8%. Al mismo tiempo, las acciones estadounidenses de Gold Fields se revalorizan más de un 4%, Harmony Gold ronda el 4% y Sibanye-Stillwater se anota casi un 3%, con AngloGold Ashanti avanzando cerca del 2%.

El diagnóstico es inequívoco: el mercado descuenta una etapa de márgenes extraordinarios para los grandes productores con minas ya en operación y balances saneados. Con el oro en niveles tan elevados, un aumento adicional de 100 o 200 dólares por onza se traduce en incrementos de doble dígito en el flujo de caja libre. Esto abre la puerta a más dividendos, recompras de acciones y reducción de deuda, pero también a una nueva carrera de adquisiciones y proyectos ‘greenfield’ que podrían sembrar las bases de la próxima burbuja de inversión en el sector. Lo más grave, para el inversor despistado, es confundir este viento de cola con una garantía de rentabilidad automática.

El refugio clásico ante una incertidumbre geopolítica sin precedentes

La subida del oro no puede entenderse sin el telón de fondo geopolítico. Tensiones simultáneas en varios focos —desde disputas territoriales hasta guerras comerciales y crisis de liderazgo político en las grandes potencias— han alimentado una sensación de inseguridad jurídica y monetaria que trasciende a un país concreto. En ese contexto, el oro recupera su papel histórico como activo refugio: un bien físico, finito, que no depende del compromiso de pago de ningún gobierno o empresa.

Los gestores de carteras institucionales están respondiendo con un patrón clásico: reducción de exposición a deuda soberana de largo plazo, rebaja de riesgo en renta variable cíclica y aumento de posiciones en oro físico, futuros y ETF respaldados por lingotes. En 2025, estos vehículos registraron entradas cercanas a los 90.000 millones de dólares, según estimaciones del mercado. “En un entorno en el que ya no se percibe a los bonos del Tesoro de EE UU como el escudo perfecto, el oro vuelve a ser la póliza de seguros preferida del sistema financiero”, resumen varios analistas. El contraste con otros activos —como las criptomonedas, mucho más volátiles y menos probadas en crisis de larga duración— resulta demoledor.

Beneficiados y perdedores del rally dorado

Aunque el foco está hoy en las mineras cotizadas, el rally del oro redistribuye poder y rentas en toda la economía global. Los bancos centrales con grandes reservas, como los de la eurozona, Estados Unidos o Rusia, registran cuantiosas plusvalías latentes que refuerzan sus balances y mejoran su capacidad para absorber pérdidas en otros activos. Los países productores —desde Sudáfrica hasta Australia o Canadá— ven cómo su sector minero gana peso en el PIB y en la recaudación fiscal, en algunos casos con incrementos superiores al 1% del PIB si estos niveles se consolidan.

Pero también hay perdedores claros. Las economías importadoras netas de oro para joyería o ahorro minorista —India, Turquía o buena parte de Oriente Medio— se enfrentan a un encarecimiento de la factura externa y a una mayor presión sobre sus balanzas de pagos. El encarecimiento del metal puede desplazar consumo hacia sustitutos más baratos, presionando a la baja los márgenes de joyeros y minoristas. Para la industria, el impacto es mixto: algunas aplicaciones pueden absorber precios más altos, pero otras se verán obligadas a buscar metales alternativos o a reducir el contenido en oro de sus productos, un proceso que ya se vio en anteriores ciclos alcistas.

Riesgos ocultos: volatilidad extrema y tentación de burbuja

Detrás del entusiasmo por las mineras late un riesgo que los inversores veteranos conocen bien: el oro puede corregir tan rápido como sube. Con el metal instalado en máximos históricos y un volumen creciente de posiciones apalancadas en futuros y derivados, cualquier giro en la narrativa —un deshielo geopolítico, un mensaje más duro de la Fed o una toma de beneficios coordinada de grandes fondos— podría desencadenar caídas de varios cientos de dólares por onza en cuestión de días.

Las mineras amplifican ese movimiento. Un descenso del 10% en el precio del oro puede traducirse en recortes del 20% al 30% en las cotizaciones de las compañías más endeudadas o con costes de producción elevados. Además, la subida tan rápida incentiva decisiones corporativas agresivas: adquisiciones caras pagadas en acciones, proyectos marginales reactivados sólo porque “el precio ahora aguanta” y relajación en los criterios de disciplina de capital. “El oro no es un cheque en blanco: si las compañías vuelven a repetir los errores del ciclo de materias primas de principios de siglo, el castigo llegará antes de lo esperado”, advierten en las mesas de análisis. Para el inversor minorista, la lección es clara: no confundir refugio con ausencia de riesgo.

Lecciones de otros ciclos del oro

La historia reciente ofrece varias advertencias. En la crisis financiera de 2008, el oro superó por primera vez los 1.000 dólares por onza; en plena pandemia de 2020 quebró la barrera de los 2.000, y en la oleada inflacionista posterior comenzó a escalar hacia los 3.000 y 4.000 dólares. Cada uno de esos episodios estuvo asociado a shocks muy concretos —crisis bancaria, confinamientos globales, inflación descontrolada— y en todos los casos, tras la euforia inicial, llegaron fases de corrección más o menos prolongadas.

El contraste con el momento actual es que, por primera vez, confluyen varias tensiones: geopolítica, monetaria y de credibilidad institucional. A diferencia de los años setenta, los bancos centrales operan en un sistema de tipos de interés ya muy endeudado, lo que limita su capacidad para frenar la escalada del oro con subidas agresivas de tipos. Y, a diferencia de 2008, el sistema financiero está más regulado, pero enfrenta nuevos focos de riesgo: desde el ‘shadow banking’ hasta la concentración de posiciones en grandes ETF. El diagnóstico es inequívoco: el oro ya no es sólo un termómetro del miedo, sino un voto de desconfianza prolongado hacia la arquitectura económica global.

Bancos centrales, de-dollarización y el nuevo mapa del refugio

Uno de los motores menos visibles del rally ha sido la compra sistemática de oro por parte de los bancos centrales. En 2025, estas instituciones volvieron a acumular cientos de toneladas netas, con especial protagonismo de bancos de mercados emergentes que buscan reducir su dependencia del dólar. El oro funciona así como un seguro estratégico frente a sanciones financieras, congelación de reservas o episodios de depreciación acelerada de las divisas de referencia.

La consecuencia es doble. Por un lado, se consolida la idea de que el oro vuelve a ser un “activo de reserva” cuasi universal, aceptado por Estados con intereses geopolíticos divergentes. Por otro, se profundiza la percepción de que la hegemonía del dólar ya no es incuestionable, aunque siga siendo el eje del sistema. El contraste con activos como la deuda estadounidense o incluso con las stablecoins es evidente: aquellos dependen de la confiabilidad de una promesa de pago, este descansa en la escasez física de un metal cuya extracción anual apenas representa alrededor del 1,5% del stock ya existente. En ese contexto, la subida a 5.100 dólares no parece un capricho puntual del mercado, sino el reflejo de fuerzas de fondo que llevan años gestándose.