Nvidia dispara sus ingresos un 73% y gana 120.000 millones en pleno boom de la IA

El gigante de los chips convierte la fiebre por la inteligencia artificial en un beneficio récord y consolida su posición como epicentro de la nueva economía de datos
EPA/JOHN G. MABANGLO
EPA/JOHN G. MABANGLO

La revolución de la inteligencia artificial ya tiene contabilidad propia y Nvidia es, de momento, su gran ganador. La compañía cerró el cuarto trimestre del año fiscal 2026 con una facturación de 68.100 millones de dólares, un salto del 73% interanual que volvió a dejar atrás las previsiones del mercado. El beneficio neto trimestral se disparó hasta 42.960 millones, un 94% más que un año antes, mientras que el beneficio por acción diluido escaló un 98%, hasta 1,76 dólares.

En el conjunto del ejercicio 2026, la firma fundada por Jensen Huang registró ingresos de 215.900 millones de dólares (+65% respecto a 2025) y un beneficio neto de 120.100 millones (también +65%). La reacción bursátil fue inmediata: las acciones avanzaron un 3,07% en el after-hours, hasta 201,56 dólares por título.

El mensaje de la dirección fue tan contundente como las cifras. «La adopción de agentes en el entorno empresarial se está disparando. Nuestros clientes se están apresurando a invertir en cómputo de IA: las fábricas que alimentan la revolución industrial de la IA y su crecimiento futuro», afirmó Huang. La consecuencia es clara: Nvidia ya no opera solo como proveedor tecnológico; se está consolidando como infraestructura estratégica de la próxima década económica.

Un trimestre que redefine los límites del sector

El cuarto trimestre fiscal de 2026 consolida una dinámica que hace apenas tres años habría parecido inverosímil incluso para los analistas más optimistas. Ingresos de 68.100 millones con un crecimiento del 73% sitúan a Nvidia en una liga propia dentro de los semiconductores. Lo más revelador no es solo el tamaño, sino la velocidad: la compañía está añadiendo en un trimestre más ingresos de los que muchas tecnológicas históricas generan en un año completo.

El salto del 94% en el beneficio neto y del 98% en el beneficio por acción dibuja un punto clave para el mercado: el negocio no solo crece, sino que lo hace con una rentabilidad extraordinaria. Nvidia está explotando un entorno de demanda casi inelástica por parte de grandes tecnológicas, banca, telecos y administraciones que compiten por asegurar capacidad de cómputo para entrenar y desplegar IA a escala.

El cambio estructural es difícil de ignorar: el gasto en hardware para IA ha dejado de ser una partida experimental y empieza a comportarse como inversión recurrente, comparable a la construcción de infraestructuras críticas. En ese terreno, la posición de Nvidia como proveedor dominante de GPU de alto rendimiento le permite capturar una parte desproporcionada del valor de la “fiebre del oro” de la inteligencia artificial.

Un año fiscal de récord y una nueva escala de beneficios

En el acumulado del año fiscal 2026, los números marcan una transformación poco habitual incluso para estándares big tech. Con ingresos de 215.900 millones (+65%) y beneficio neto de 120.100 millones (+65%), la empresa no está comprando crecimiento a base de descuentos ni disparando costes para sostener la demanda: está monetizando una urgencia global por capacidad de cómputo.

La diferencia frente a otras fases de euforia tecnológica es el tipo de comprador. Aquí no manda un consumo final volátil, sino compromisos de inversión de gran escala —centros de datos, plataformas cloud, grandes corporaciones— con visibilidad a varios años. Esa característica tensiona el análisis tradicional: el mercado deja de discutir si la IA “se adopta” y pasa a discutir quién controla la infraestructura que la hace posible.

El diagnóstico es inequívoco: disponer de cómputo de última generación se está convirtiendo en una ventaja competitiva tan determinante como lo fue la electrificación industrial o la conectividad masiva. Y Nvidia, por ahora, está situada en el centro de esa palanca.

“Fábricas de IA”: una metáfora con implicaciones de capital

Cuando Jensen Huang habla de «fábricas que alimentan la revolución industrial de la IA», no está decorando el relato: está elevando el cómputo a categoría de activo industrial. Bajo esa lógica, las GPU y los sistemas completos de Nvidia dejan de ser “componentes” y pasan a ser “equipos productivos” que generan modelos, agentes y aplicaciones con retorno económico.

La metáfora importa porque justifica el ciclo de inversión incluso en un entorno de financiación más exigente. Si la IA es una fábrica, el cómputo es CAPEX imprescindible, no gasto discrecional. Y si esa narrativa se consolida, los presupuestos de tecnología de muchas compañías pasarán a parecerse más a presupuestos de infraestructura: planificados, recurrentes y difíciles de recortar sin coste estratégico.

Ahí aparece el verdadero movimiento: Nvidia no solo vende chips. Busca fijar el estándar de “planta de IA” integrando hardware, software, redes y ecosistema. Eso refuerza su poder de fijación de precios, eleva los costes de cambio para el cliente y estrecha el margen de maniobra de los competidores.

La adopción de agentes acelera y cambia la naturaleza de la demanda

El concepto de “agentes” traslada la conversación del laboratorio al negocio. No se trata únicamente de chatbots o pilotos, sino de sistemas capaces de ejecutar tareas, coordinar flujos y tomar decisiones en procesos críticos: atención al cliente, back office financiero, planificación operativa, soporte interno y detección de anomalías, entre otros.

Ese giro tiene una consecuencia directa para el mercado: cuando la IA se inserta en procesos productivos, el cómputo deja de ser opcional. Cada nuevo caso de uso operativo alimenta un círculo de demanda: más despliegues, más datos, más modelos, más inferencia… y, por tanto, más necesidad de capacidad instalada.

En paralelo, la propuesta de Nvidia se apoya en un efecto red: no solo se compra rendimiento, se compra un ecosistema optimizado que reduce fricción y acelera el time-to-value. Esa combinación —urgencia operativa + dependencia tecnológica— explica por qué el crecimiento no se acompaña de erosión de márgenes.

Nvidia
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El mercado sube un 3% y confirma que el listón ya era altísimo

La subida del 3,07% en el after-hours hasta 201,56 dólares puede parecer contenida frente a cifras que reescriben la escala del sector. Pero precisamente ahí está la lectura: Nvidia cotiza con expectativas extremas y el mercado exige sorpresas positivas constantes para seguir ampliando múltiplos.

Cuando una empresa ya concentra una parte significativa del optimismo del ciclo, el riesgo no es menor: el castigo ante cualquier señal de desaceleración suele ser asimétrico. No basta con crecer; hay que demostrar que el crecimiento es sostenible y que la rentabilidad no se normalizará antes de lo esperado.

Aun así, la narrativa de “activo imprescindible” sigue funcionando. En un entorno de crecimiento global moderado y con la productividad como gran promesa pendiente, Nvidia se presenta como uno de los pocos vehículos directos para capturar la monetización de la IA a gran escala.

Regulación, exportaciones y cadena de suministro: el coste de ser sistémico

El desempeño financiero no ocurre en el vacío. A medida que Nvidia acumula poder en la cadena de valor de la IA, aumentan también los riesgos regulatorios y geopolíticos: restricciones de exportación, debates de soberanía tecnológica y la posibilidad de un mayor escrutinio por concentración de mercado.

Además, la dependencia de una cadena de suministro altamente concentrada en Asia introduce vulnerabilidades que el capital ya no puede ignorar. En un negocio que opera con plazos, entregas y capacidad como variables críticas, cualquier fricción —política, logística o industrial— puede traducirse en cuellos de botella y volatilidad.

La clave, a partir de aquí, será si Nvidia logra mantener el equilibrio entre expansión y normalización: sostener la demanda sin que se enfríen los pedidos de los grandes clientes, defender márgenes mientras escala capacidad y navegar un mapa regulatorio que tiende a endurecerse cuando una compañía pasa de “líder” a “infraestructura”. Si el crecimiento aguanta y la rentabilidad no cede, el mercado seguirá pagando el relato. Si aparece una grieta —capacidad saturada, competencia acelerando o freno regulatorio—, la revisión de expectativas puede ser rápida y profunda.

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