El oro vuela a 4.716 dólares por la crisis de Groenlandia
El precio del oro ha vuelto a convertirse en el termómetro del miedo global. El metal precioso ha marcado este martes un nuevo máximo histórico de 4.716 dólares por onza, tras avanzar en torno a un 1% en una sola sesión, impulsado por la búsqueda desesperada de activos refugio. El detonante no ha sido una recesión ni un shock financiero, sino un conflicto geopolítico tan inesperado como inquietante: la amenaza del presidente estadounidense, Donald Trump, de no descartar el uso de la fuerza para hacerse con el control de Groenlandia y su advertencia de nuevos aranceles contra ocho países europeos. La consecuencia inmediata ha sido un giro brusco hacia el oro, mientras otros metales se quedaban rezagados y las autoridades europeas convocaban una cumbre de urgencia para este jueves.
Un récord que rompe todas las referencias
El nivel de 4.716,96 dólares por onza no es solo una cifra redonda; supone pulverizar los techos previos del mercado del oro y reescribir las valoraciones de bancos, gestoras y bancos centrales. En apenas doce meses, el metal ha acumulado una subida cercana al 28%, y desde el inicio del ciclo de tensiones geopolíticas actuales el avance supera ya el 45%, según cálculos de mercado.
Este hecho revela hasta qué punto los inversores han dejado de confiar en los activos tradicionales como refugio. Los bonos soberanos de referencia ofrecen rentabilidades reales negativas en buena parte del mundo desarrollado, mientras que las bolsas viven un equilibrio precario, a merced de cada titular procedente de Washington o Bruselas. En este contexto, el oro emerge de nuevo como el activo sin riesgo político —o, al menos, sin riesgo vinculado a ninguna bandera concreta—.
Lo más significativo es que buena parte de la subida se está produciendo en sesiones de baja liquidez, lo que indica compras intensas de manos institucionales: bancos centrales, fondos de pensiones y grandes hedge funds. Varios operadores señalan que “las órdenes de compra llegan a mercado sin apenas escalonamiento, como si hubiera prisa por estar dentro antes de la próxima noticia”. La consecuencia es clara: la volatilidad intradía del oro se ha duplicado respecto a la media de los últimos cinco años.
La nueva escalada de Trump sobre Groenlandia
El origen de la tensión se encuentra en un escenario que hasta hace unos años habría sonado a ficción diplomática. Informes publicados el lunes señalan que Dinamarca ha reforzado su presencia militar en Groenlandia, en respuesta a las declaraciones de Trump, que se negó a descartar el uso de la fuerza para asegurarse el control estratégico de la isla.
Groenlandia, formalmente parte del Reino de Dinamarca, es una pieza clave en el Ártico por sus recursos minerales, su potencial energético y su valor militar para el despliegue de sistemas de defensa y alerta temprana. En un mundo marcado por la rivalidad con China y Rusia, el control del Ártico se ha convertido en un activo geopolítico de primer orden.
La posición de Washington ha desplazado el debate desde el terreno económico —la idea de “comprar” la isla— a un escenario de posible confrontación militar dentro del espacio de la OTAN. El contraste con otras crisis recientes resulta demoledor: mientras la Alianza Atlántica intenta presentar un frente unido en el Este, se abre una fractura en el Norte entre dos socios clave. Los analistas advierten de que “cualquier percepción de grieta en la arquitectura de seguridad occidental se traduce de forma inmediata en demanda adicional de oro”.
Amenaza arancelaria sobre ocho países europeos
En paralelo a la disputa por Groenlandia, Trump ha anunciado su intención de imponer un arancel adicional del 10% a las importaciones procedentes de ocho países europeos a partir del 1 de febrero, con la amenaza explícita de elevarlo al 25% en junio si Estados Unidos no obtiene luz verde para adquirir la isla.
La combinación de condicionantes geopolíticos y medidas comerciales ha sido interpretada en Bruselas como un chantaje económico de amplio espectro. Las estimaciones preliminares apuntan a que el volumen de exportaciones afectadas podría superar los 120.000 millones de dólares anuales, concentrados en sectores de alto valor añadido como automoción, bienes de lujo, componentes industriales y productos farmacéuticos.
Este hecho revela una estrategia de presión que va mucho más allá de la retórica. Si el sobrecoste arancelario se trasladara íntegro a precios, algunos sectores europeos clave podrían ver erosionados sus márgenes en más de un 15% en apenas unos meses. La consecuencia es clara: las empresas cotizadas más expuestas al mercado estadounidense se han convertido en las primeras víctimas colaterales, mientras los inversores rotan posiciones hacia compañías domésticas y, sobre todo, hacia activos refugio como el oro.
Por qué el oro se dispara y la plata se queda atrás
Mientras el oro marcaba un nuevo récord, la plata se mantenía prácticamente plana en 94,31 dólares por onza, según las cotizaciones de la madrugada en Europa. A la misma hora, el platino avanzaba un ligero 0,13%, hasta 2.389,13 dólares, y el paladio retrocedía un 0,12%, hasta 1.817,42 dólares.
La divergencia es significativa. Aunque la plata comparte en parte el papel de reserva de valor, su demanda está mucho más ligada a la industria —especialmente a sectores como la electrónica y la energía solar—, los más vulnerables a una guerra comercial prolongada. El diagnóstico es inequívoco: los inversores están diferenciando entre metales “monetarios” y metales “industriales”.
Los flujos hacia fondos cotizados respaldados por oro (ETFs) refuerzan esta lectura. En las últimas cuatro semanas, las posiciones agregadas en estos vehículos han crecido un 12%, mientras los productos ligados a plata apenas han registrado suscripciones netas. “No es una huida hacia las materias primas en general, sino hacia el activo que los inversores perciben como seguro frente a la fractura institucional”, resume un gestor de renta fija.
El riesgo de una guerra comercial total EEUU-UE
El jueves, los líderes europeos celebrarán una cumbre extraordinaria para definir la respuesta a las amenazas estadounidenses. Sobre la mesa están medidas espejo —aranceles a productos agrícolas y aeronáuticos de EEUU—, litigios en la Organización Mundial del Comercio y el refuerzo de los programas de apoyo a sectores exportadores estratégicos.
Sin embargo, lo más grave es el riesgo de una espiral de represalias comerciales que recuerde, pero amplificada, a la vivida en 2018. En aquel episodio, el impacto sobre el crecimiento global se estimó en torno a 0,4 puntos de PIB, concentrados sobre todo en Europa y Asia. Ahora, con unas cadenas de suministro más tensas y una inflación todavía elevada en varias economías, el golpe podría ser superior.
El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Asia intenta reforzar sus acuerdos comerciales intrarregionales, la relación transatlántica —tradicional ancla de estabilidad económica— entra en una fase de desconfianza abierta. En este escenario, cualquier mensaje de endurecimiento desde Washington o Bruselas podría empujar al oro a nuevos máximos y desencadenar correcciones adicionales en renta variable y crédito corporativo.
Reacción de los bancos centrales y de los grandes fondos
Más allá del movimiento diario, el rally del oro se apoya en un cambio estructural en la política de reservas de muchos países. En los últimos doce meses, varios bancos centrales emergentes han incrementado sus tenencias de oro en torno a un 8%-10%, como parte de una estrategia de diversificación frente al dólar y al euro.
Este fenómeno se ha acelerado en las últimas semanas. “Cuando perciben que las tensiones ya no son coyunturales, sino que afectan a la arquitectura misma del comercio y la seguridad, los bancos centrales reaccionan con el único instrumento que tienen fuera del sistema financiero occidental: el oro”, explican fuentes del mercado.
Los grandes fondos internacionales siguen la misma lógica. La asignación media a oro en carteras de perfil conservador habría pasado del 3% al 6%-7% en dos años, según estimaciones de la industria. El resultado es un suelo de demanda estructural que amplifica cualquier episodio de estrés geopolítico. Cada titular sobre Groenlandia, la OTAN o nuevos aranceles se traduce en compras adicionales, consolidando una dinámica en la que el metal reacciona no solo al dato económico, sino al clima político de fondo.

