La plata se desploma un 11% y cae a 65 dólares
La sesión dejó una fotografía difícil de ignorar: la plata se hundió más de un 10% en pocas horas, perforó con fuerza el umbral de los 70 dólares y se instaló en torno a los 65 dólares la onza, muy lejos de los más de 90 que llegó a marcar a comienzos de semana. El ajuste arrastró también al resto de metales: el oro cedió en torno a un 2,5%, hasta la zona de los 4.700 dólares la onza, mientras el platino y el paladio registraban caídas próximas al 2% y al 1,5%, respectivamente. El movimiento, desencadenado por un episodio de volatilidad extrema y ventas forzadas, ha encendido las alarmas entre inversores y reguladores. Lo que hasta hace unos días era un rally histórico se ha transformado en un recordatorio abrupto de hasta qué punto el mercado de metales se ha vuelto frágil.
De máximos por encima de 90 dólares al golpe de realidad
El contexto inmediato del desplome ayuda a entender su violencia. En apenas dos semanas, la plata había encadenado una subida cercana al 30%, impulsada por compras especulativas, coberturas frente a la inflación y un fuerte interés minorista alimentado desde foros y redes. Ese movimiento llevó la cotización por encima de los 90 dólares la onza, niveles que no se veían desde los grandes picos de anteriores burbujas del metal.
Sin embargo, lo que parecía una escalada sostenible empezó a mostrar grietas: posiciones apalancadas, volúmenes crecientes en derivados y un aumento de las llamadas de margen en los principales mercados organizados. Bastó un cambio brusco en el sentimiento, provocado por una nueva oleada de correcciones bursátiles y ventas de activos de riesgo, para que el movimiento se diera la vuelta. Informes internacionales apuntan a que el metal llegó a caer intradía cerca de un 10% antes de rebotar parcialmente, una oscilación que en condiciones normales tardaría semanas en producirse.
El resultado es una vuelta acelerada a niveles de cotización de principios de año y la sensación de que una parte importante del rally reciente no estaba respaldada por fundamentales de oferta y demanda, sino por un cóctel de liquidez abundante y apetito por el riesgo.
La volatilidad se instala en los metales preciosos
Lo más preocupante para los analistas no es solo la magnitud del desplome, sino la velocidad con la que se ha producido. En las últimas dos semanas, la plata acumula caídas superiores al 20% desde máximos, tras registrar previamente una corrección semanal de en torno al 18%, su peor registro desde 2011. La consecuencia es clara: el metal tradicionalmente considerado “refugio táctico” se comporta cada vez más como un activo de riesgo, extremadamente sensible a cualquier cambio de narrativa en los mercados.
El oro, por su parte, ha mostrado un comportamiento más defensivo. Mientras la plata se hundía hasta el entorno de los 65-66 dólares, el oro retrocedía en torno a un 2-3%, manteniéndose todavía muy próximo a sus máximos históricos por encima de los 4.800 dólares la onza. Esta divergencia ha disparado el ratio oro/plata, un indicador seguido de cerca por los gestores: cuando el diferencial se amplía tan rápido, suele interpretarse como señal de estrés y de corrección desordenada en el metal más volátil.
Este hecho revela que la plata está actuando como válvula de escape de las tensiones acumuladas. A diferencia del oro, cuya demanda está más diversificada entre bancos centrales, grandes instituciones e inversores a largo plazo, la plata depende en mayor medida de la inversión especulativa y de usos industriales cíclicos, desde la electrónica hasta las tecnologías ligadas a la transición energética. Cuando el ciclo se complica y los mercados buscan liquidez, la plata suele estar en la primera línea de venta.
Márgenes, derivados y ventas forzadas: el otro lado del desplome
Tras el movimiento de esta semana, los focos se han desplazado hacia la microestructura del mercado. Las últimas jornadas han estado marcadas por incrementos en los márgenes exigidos para operar futuros de oro y plata, una decisión de los mercados organizados que busca contener el riesgo sistémico, pero que a la vez fuerza a muchos participantes a reducir posiciones de forma acelerada.
Este mecanismo tiene un efecto amplificador: cuantos más márgenes se exigen, más ventas se producen para liberar capital, lo que a su vez presiona aún más los precios a la baja. El diagnóstico es inequívoco: el desplome no responde únicamente a un cambio en los fundamentales, sino también a una tormenta perfecta de apalancamiento, liquidez escasa y órdenes automáticas de venta.
A ello se suma el papel de los fondos cotizados y productos estructurados ligados a la plata. En algunos mercados asiáticos, vehículos de inversión centrados en el metal han encadenado hasta seis sesiones consecutivas de salidas netas, reflejando la pérdida de confianza de una parte del inversor minorista. El contraste con la entrada masiva de dinero que se observó durante el rally es demoledor: el dinero “caliente” ha salido con la misma rapidez con la que entró, dejando un mercado más desordenado y con menor profundidad.
La industria, entre el alivio y la preocupación
Para la industria que utiliza plata como insumo esencial, el desplome tiene un efecto ambivalente. Por un lado, un precio en torno a 65 dólares frente a los más de 90 de hace unos días reduce de golpe los costes para fabricantes de componentes electrónicos, paneles solares, baterías y equipamiento médico. En algunos segmentos muy intensivos en plata, los analistas estiman que una caída del 25-30% en el precio del metal puede recortar entre un 3% y un 5% los costes de producción en el corto plazo.
Sin embargo, la otra cara de la moneda es la incertidumbre. Las compañías industriales planifican inversiones a varios años vista y necesitan cierta estabilidad en el coste de sus materias primas. Un mercado que se mueve un 10% en cuestión de horas dificulta la firma de contratos a largo plazo y encarece las coberturas financieras, ya que las primas de las opciones aumentan con la volatilidad. Lo que hoy es un alivio puede convertirse en un problema si la inestabilidad se cronifica.
Además, los productores mineros afrontan un escenario igualmente complejo. Muchos proyectos de extracción se han diseñado con precios de equilibrio en torno a niveles inferiores a los actuales, pero con la expectativa de una demanda creciente ligada a la transición energética. Si la volatilidad se mantiene y los precios oscilan entre extremos en plazos muy cortos, el acceso a financiación se complica y los bancos exigen mayores garantías. En regiones con costes de extracción más elevados, una nueva oleada de caídas podría dejar parte de la producción en el filo de la rentabilidad.
Comparación histórica: ecos de 2011 y de otras burbujas del metal
La caída de esta semana ha reactivado las comparaciones con otros episodios recientes de tensión en el mercado de metales. En 2011, tras un rally alimentado por políticas monetarias ultraexpansivas, la plata llegó a desplomarse más de un 30% en apenas cinco sesiones, en una secuencia de ventas masivas que puso fin a una burbuja alimentada por expectativas desmesuradas. Los gráficos de entonces muestran patrones similares a los actuales: subidas casi verticales, volúmenes récord y un giro brusco cuando el flujo comprador se agota.
Sin embargo, el contexto macroeconómico presenta diferencias notables. Hoy, el peso de los algoritmos y del trading de alta frecuencia es mucho mayor, y los volúmenes canalizados a través de productos cotizados se han multiplicado por más de dos en la última década. Esto hace que los movimientos intradía sean más violentos y que los cambios en el sentimiento se transmitan al precio con una rapidez inédita.
El contraste con el oro resulta también ilustrativo. Mientras la plata se comporta como una especie de “turbo” sobre la narrativa de inflación y refugio, el oro mantiene un comportamiento más ordenado, con correcciones relativamente suaves pese a las subidas acumuladas de los últimos meses. Esta diferencia de patrón está llevando a algunos gestores a replantearse el papel de cada metal en sus carteras: más oro estructural y menos plata especulativa, al menos mientras dure la actual fase de alta volatilidad.