La escalada entre Estados Unidos e Irán dispara la búsqueda de refugio

El oro rompe otra vez los 5.000 dólares tras subir un 2%

El mercado del oro ha cruzado este miércoles una nueva línea psicológica: los 5.000 dólares por onza. El metal precioso avanzó en torno a un 2% en la sesión, hasta los 5.044,66 dólares, en pleno repunte de la tensión geopolítica tras un ataque estadounidense contra un dron iraní cerca del portaaviones USS Abraham Lincoln en el mar Arábigo. La reacción fue inmediata: la plata subió un 2,5% hasta 86,92 dólares, mientras que el platino y el paladio ganaron un 0,8% y un 0,9%, respectivamente. El movimiento reabre el debate sobre si el rally del oro responde solo al miedo geopolítico o a un problema más profundo de desconfianza en las divisas y en la deuda pública.

El oro rompe otra vez los 5.000 dólares tras subir un 2%

UNSPLASH / ZLATÁKY.CZ
El oro rompe otra vez los 5.000 dólares tras subir un 2% UNSPLASH / ZLATÁKY.CZ

Un nuevo nivel psicológico para el metal rey

Que el oro recupere los 5.000 dólares no es solo un dato más de pantalla: es un hito psicológico que consolida un cambio de era en los mercados de materias primas. Hace apenas unos años, los analistas debatían si el metal podría sostenerse por encima de 2.000 o 2.500 dólares; hoy esa discusión ha quedado atrás. El movimiento de esta sesión, con una subida intradía del 2,05%, añade una nueva capa a un avance que ya venía de meses de presión compradora.

Según el flujo de datos en tiempo real, la cotización ha pasado en pocas horas de la zona de 4.940 dólares a superar con holgura los 5.040, lo que implica añadir casi 101 dólares por onza en una sola jornada. La consecuencia es clara: los inversores institucionales siguen dispuestos a pagar cada vez más por protección frente a shocks que ya no se perciben como excepcionales, sino como estructurales.

Lo más revelador es que este salto se produce en un contexto en el que los tipos de interés oficiales siguen en niveles históricamente elevados, lo que en teoría debería penalizar a un activo sin rentabilidad como el oro. Sin embargo, el comportamiento del precio indica que el mercado ve otros riesgos —geopolíticos, fiscales y de fragmentación financiera— como más urgentes que el coste de oportunidad.

El detonante: un dron iraní y el portaaviones estadounidense

El catalizador inmediato de la jornada ha sido el incidente en el mar Arábigo, donde un avión de combate estadounidense derribó un dron iraní que se aproximaba al grupo de combate del portaaviones USS Abraham Lincoln. El episodio reaviva el riesgo de escalada en una zona por donde transita una parte crucial del comercio energético mundial, especialmente crudo y derivados.

Cada vez que se percibe una amenaza sobre esta ruta, los algoritmos de riesgo vuelven a activarse y el capital huye hacia activos refugio. El oro es el beneficiado tradicional, pero también el dólar, determinados bonos soberanos y, en menor medida, divisas como el franco suizo. En este caso, la respuesta ha sido casi automática: en cuestión de minutos, el metal ha comenzado a escalar mientras los futuros de renta variable recogían el golpe.

Este hecho revela hasta qué punto el mercado descuenta que cualquier incidente en la región puede derivar en sanciones adicionales, interrupciones de suministro o incluso en un choque militar más amplio. El diagnóstico es inequívoco: la prima de riesgo geopolítico se ha convertido en un componente permanente del precio del oro, y no en un simple factor ocasional como en crisis pasadas.

La carrera hacia los activos refugio

El movimiento del oro forma parte de una tendencia más amplia: la búsqueda desesperada de refugio en un entorno de alta incertidumbre. Fondos de pensiones, aseguradoras y grandes gestoras están reequilibrando carteras, aumentando el peso de activos considerados “duros” frente a la exposición a deuda pública de países con déficits crecientes.

En los últimos doce meses, el peso del oro en muchas carteras diversificadas ha pasado de niveles cercanos al 3%-4% a franjas del 7%-10%, según estimaciones de mercado, especialmente en vehículos orientados a la preservación de capital. Esta rotación se produce al mismo tiempo que se reduce la duración de las carteras de bonos, una señal clara de desconfianza hacia las políticas fiscales y monetarias de las principales economías.

El contraste con la renta variable resulta demoledor: mientras los índices avanzan a golpe de tecnología y expectativas de recorte de tipos, el dinero institucional más conservador compra seguros en forma de oro físico, ETFs respaldados por metal y futuros. No se trata de una apuesta especulativa de corto plazo, sino de una estrategia de protección frente a un escenario que muchos gestores describen ya como “de inestabilidad crónica”.

Plata, platino y paladio se enganchan al rally

El movimiento no se ha limitado al oro. La plata, tradicionalmente más volátil, ha avanzado un 2,50% hasta los 86,92 dólares por onza, ampliando una subida anual que algunos analistas sitúan ya por encima del 25%. Este comportamiento refuerza la idea de que el mercado está comprando el conjunto del complejo de metales preciosos como cobertura combinada de riesgo financiero y de riesgo industrial.

En el caso del platino, la subida del 0,81% hasta 2.271,45 dólares, y del 0,90% en el paladio, hasta 1.778,62 dólares, refleja además las expectativas sobre la industria del automóvil, la transición energética y las cadenas de suministro tecnológicas. Aunque estos metales tienen un componente de demanda industrial mucho mayor, su comportamiento en jornadas como esta evidencia que los inversores los utilizan también como activos híbridos: refugio parcial y apuesta sectorial a la vez.

Lo más grave para algunos fabricantes es que estos movimientos encarecen de forma inmediata los costes de producción en sectores tan estratégicos como la automoción o la electrónica de alta gama. A medio plazo, este encarecimiento se trasladará previsiblemente a los precios finales, alimentando círculos de inflación que los bancos centrales tratan de contener desde hace años.

Tipos reales, inflación y miedo a la deuda

Por debajo del titular sobre el dron iraní late un debate de fondo: el de los tipos de interés reales y la sostenibilidad de la deuda pública. La combinación de inflación aún por encima de los objetivos oficiales y de endeudamientos que superan el 100% del PIB en buena parte de las economías avanzadas ha deteriorado la confianza en el valor futuro de las monedas fiduciarias.

La Reserva Federal y el Banco Central Europeo han elevado el precio del dinero en los últimos años, pero el mercado percibe que el margen para mantener tipos altos es cada vez menor, porque amenaza con hacer explosivo el coste del servicio de la deuda. El resultado es paradójico: incluso con tipos oficiales elevados, el oro sigue subiendo porque los inversores descuentan que, tarde o temprano, será necesario volver a políticas más laxas.

En ese contexto, un activo que no paga cupón ni dividendo, pero que tampoco depende de la solvencia de ningún Estado, gana atractivo. El oro se convierte en una especie de voto de censura silencioso contra la gestión de las finanzas públicas, especialmente en países con déficits crónicos y sistemas de bienestar presionados por el envejecimiento demográfico.

El contraste con otras crisis geopolíticas

El mercado ha reaccionado a incidentes en Oriente Medio durante décadas, pero el momento actual es distinto. En episodios anteriores —desde las guerras del Golfo hasta ataques puntuales a infraestructuras energéticas— el impacto sobre el oro solía ser intenso pero relativamente acotado en el tiempo. Esta vez, la sensación es que cada nuevo shock se apila sobre una base ya elevada de tensión.

Si se comparan los niveles actuales —por encima de 5.000 dólares— con los picos de otras crisis, el salto estructural es evidente. En los episodios más agudos de hace una década, los máximos se situaban en la franja de 1.800-2.000 dólares; hoy, esa zona sería casi un suelo histórico. El diagnóstico es claro: el mundo se ha acostumbrado a vivir en permanente estado de alerta, y el oro ha revalorizado ese riesgo de forma acumulativa.

El contraste con otras regiones también resulta significativo. Mercados emergentes con monedas frágiles llevan años comprando oro como forma de blindar reservas frente a sanciones, devaluaciones y salidas de capital. El episodio de hoy encaja en esa tendencia de fondo: cada crisis concreta refuerza la decisión de aquellos bancos centrales que han optado por incrementar sus reservas en metal físico.

Lo que vigilan ahora los bancos centrales

Los bancos centrales se han convertido en protagonistas silenciosos del mercado del oro. En la última década, varias instituciones monetarias —especialmente en Asia y Europa del Este— han aumentado de forma sistemática sus reservas, en algunos casos por encima del 20% de su total de activos. La lógica es sencilla: diversificar frente al riesgo de sanciones financieras, congelación de reservas en divisa extranjera y volatilidad del dólar.

En un escenario en el que el oro consolida niveles por encima de 5.000 dólares, la tentación de realizar plusvalías convive con la necesidad de mantener un colchón estratégico. Vender demasiado podría enviar la señal de que el banco central confía plenamente en la estabilidad financiera global; mantener o aumentar las posiciones transmite justo el mensaje contrario. En este equilibrio delicado se mueven muchas autoridades monetarias.

Para economías como la española, integradas en la zona euro, la cuestión se observa desde una óptica distinta: el debate no es tanto cuánto oro comprar, sino cómo afectará esta escalada al coste de financiación del Estado, a los tipos hipotecarios y a la percepción de riesgo país. Si el mercado interpreta que la fragmentación geopolítica encarece de forma estructural la deuda soberana, el efecto sobre las cuentas públicas será inevitable.

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