La nueva doctrina militar asume ataques a más de 1.000 km

Polonia lanza una doctrina militar con capacidad ofensiva inédita hacia Rusia

Rusia vuelve a estar en el centro de una doctrina militar ajena. Esta vez, la de un vecino que ya no disimula su voluntad de poder: Polonia ha puesto por escrito la capacidad de golpear objetivos estratégicos dentro del territorio ruso, con distancias que superan los 1.000 kilómetros. No se trata solo de reforzar la defensa, sino de incorporar explícitamente una opción ofensiva de largo alcance, capaz de llegar a Moscú o San Petersburgo. El movimiento llega en un momento en que Varsovia se ha convertido en el mayor inversor en defensa de la OTAN en proporción a su PIB, con planes para alcanzar entre el 4,7% y el 5% de su economía dedicada al gasto militar. 

Mapa ilustrativo que muestra el alcance de la nueva doctrina militar polaca hacia objetivos en Rusia<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Polonia lanza una doctrina militar con capacidad ofensiva inédita hacia Rusia

Una doctrina para golpear lejos

La nueva concepción doctrinal, descrita por el semanario polaco Polityka y asumida ya como referencia por el estamento militar, gira en torno a una idea central: Polonia debe poder atacar en profundidad el aparato militar ruso si quiere disuadir una agresión a su territorio. Ya no basta con frenar una hipotética ofensiva en la frontera; la prioridad pasa a ser castigar rápidamente los centros neurálgicos del adversario.

En ese marco, los planificadores polacos hablan de la necesidad de disponer de “espadas largas” y “escudos gruesos”: capacidad de ataque a larga distancia y defensas aéreas y antimisiles capaces de absorber una represalia. La doctrina admite de forma abierta que, si el conflicto estalla, la guerra puede desarrollarse desde el primer minuto muy por detrás de la línea del frente.

Lo más grave, desde el punto de vista de la estabilidad regional, es que el umbral de uso de la fuerza se desplaza. Si un incidente en la frontera pudiera escalar rápidamente a ataques en profundidad contra infraestructuras críticas en Rusia, la ventana para la diplomacia se estrecha. En palabras de un alto cargo militar polaco, recogidas por medios locales, “la mejor manera de evitar la guerra es demostrar que podemos ganarla”. Esa lógica de disuasión dura es precisamente la que alarma al Kremlin.

 

F-35, misiles de 1.000 kilómetros y “espadas largas”

La doctrina no se queda en principios abstractos: se apoya en un ambicioso programa de armamento. Varsovia ha apostado por convertir a sus cazas F-35 en la “mano larga” de su estrategia, aprovechando su capacidad furtiva para penetrar el espacio aéreo enemigo y lanzar munición guiada de precisión. El objetivo es disponer de plataformas capaces de disparar misiles de crucero y bombas planeadoras desde centenares de kilómetros, sin entrar en las burbujas de defensa antiaérea rusa.

En paralelo, Polonia está reforzando su artillería de cohetes y sus sistemas de misiles de largo alcance, a la vez que sella contratos por valor de casi 2.000 millones de dólares para garantizar la operatividad de sus baterías Patriot, clave para protegerse de misiles balísticos y de crucero. El país también participa en debates sobre el despliegue de nuevos misiles de alcance intermedio en suelo europeo, una opción que la guerra de Ucrania ha vuelto a poner sobre la mesa.

La consecuencia es inequívoca: Polonia deja de ser solo “frontera” para convertirse en plataforma de proyección de poder. Si hasta 2022 la discusión giraba en torno a cuántos batallones de la OTAN debía acoger, hoy Varsovia se prepara para ser un actor capaz de lanzar su propio primer golpe convencional si percibe una amenaza existencial.

La réplica del Kremlin y el nuevo equilibrio del miedo

Moscú ha respondido con dureza retórica. La doctrina polaca ha sido presentada por el Kremlin como una prueba más de “rusofobia” y como un paso que, en la práctica, acerca a la OTAN a una relación de confrontación directa con Rusia. Aunque Polonia actúa dentro de sus competencias nacionales, en Moscú se percibe cualquier ampliación de su capacidad ofensiva como una extensión de la potencia militar aliada.

El problema de fondo es que la doctrina rusa ya incorpora desde hace años la posibilidad de recurrir a armas nucleares en caso de que un ataque convencional amenace la supervivencia del Estado. En ese contexto, un plan polaco que contemple ataques de precisión contra centros de mando, bases aéreas o nodos logísticos en profundidad puede ser interpretado como una amenaza que justifica una escalada extrema.

El contraste con etapas anteriores resulta demoledor: donde antes se hablaba de “conflictos limitados”, hoy los manuales rusos y occidentales asumen escenarios de alta intensidad desde el primer día. De ahí que la nueva postura polaca sea vista en algunos círculos diplomáticos como “gasolina doctrinal sobre un fuego que ya arde”. El riesgo no es solo militar, sino político y psicológico, al normalizar en el debate público la idea de ataques profundos sobre una potencia nuclear.

Un flanco oriental ya al límite de tensión

La doctrina polaca no nace en el vacío. Desde la invasión rusa de Ucrania en 2022, el flanco oriental de la OTAN se ha llenado de tropas, sistemas de defensa aérea y ejercicios continuos. La propia Alianza ha lanzado recientemente la operación Eastern Sentry, con despliegue reforzado de aviones de combate, radares y unidades terrestres tras la incursión de drones rusos en el espacio aéreo polaco.

En paralelo, Varsovia y los países bálticos han planteado abandonar el Tratado de Ottawa sobre minas antipersona y la Convención de Dublín sobre municiones de racimo, alegando la necesidad de reforzar sus defensas frente a Rusia y Bielorrusia. El diagnóstico que comparten es contundente: consideran que las reglas del pos-Guerra Fría han quedado superadas por la realidad del campo de batalla ucraniano.

En este contexto, la nueva doctrina ofensiva polaca actúa como catalizador. Si los países del Este se perciben como primera línea de un choque estructural con Rusia, la presión interna para mostrar fuerza se dispara. Y con ella, la tentación de asumir riesgos que hace apenas cinco años serían impensables, como renunciar a tratados de desarme o aceptar la presencia de más misiles de alcance intermedio en su territorio.

Carrera armamentista y riesgo de errores de cálculo

La consecuencia más inmediata del giro polaco es el acelerón en la carrera armamentista regional. Varsovia ya dedica en torno al 4-4,7% de su PIB a defensa —más del doble del umbral del 2% que exige la OTAN— y discute incluso blindar por Constitución un suelo del 4%. Solo en 2026 el país prevé destinar unos 200.000 millones de zlotys (cerca de 47.000 millones de euros) a su ejército.

Este esfuerzo arrastra a sus vecinos. Estados bálticos y países nórdicos apuran planes para elevar sus presupuestos militares al 3% del PIB o más, mientras Alemania redefine su Zeitenwende y Francia pide un esfuerzo europeo coordinado. El diagnóstico es compartido: si Rusia multiplica su producción de misiles de 1.000 km, la única respuesta creíble es un aumento simétrico de capacidades aliadas.

Pero una carrera de armamentos en un espacio geográfico reducido y plagado de bases, radares y sistemas de mando aumenta exponencialmente el riesgo de incidentes. Un dron perdido, un misil que rebasa una frontera o un fallo de interpretación en un radar pueden convertirse en el detonante de una escalada. En ese escenario, la existencia de doctrinas explícitamente ofensivas y de tiempos de reacción cada vez más cortos reduce el margen para la contención política.

Europa occidental, mucho más atrás en preparación

El contraste con buena parte de Europa occidental es incómodo. Mientras Varsovia trata de construir un ejército de hasta 500.000 efectivos entre profesionales y reservistas, países como España, Italia o Bélgica siguen lejos incluso del objetivo del 2% del PIB. El resultado es un paisaje de seguridad desequilibrado dentro de la propia OTAN.

Polonia ya opera como hub militar del Este, con una fuerza activa de más de 200.000 soldados y el objetivo de formar 100.000 reservistas al año a partir de 2027. Varsovia ofrece terrenos, infraestructuras y logística para nuevos despliegues aliados, pero también reclama mayor implicación financiera de sus socios.

El contraste con otras capitales europeas resulta demoledor. Mientras la política polaca se ordena en torno a la “amenaza existencial” rusa, en muchas capitales del Oeste el debate público sigue dominado por prioridades internas como la sanidad, las pensiones o la transición verde. El riesgo es claro: una OTAN a dos velocidades, con unos socios que pagan el precio de la disuasión y otros que se benefician del paraguas sin asumir costes proporcionales.

El impacto económico: presupuestos tensionados y nueva industria

El giro doctrinal y presupuestario polaco tiene también una lectura económica. Con casi la mitad de su presupuesto de defensa destinado a equipamiento —el porcentaje más alto de toda la Alianza—, Varsovia está impulsando un boom de su industria militar y atrayendo inversiones de grandes contratistas estadounidenses, surcoreanos y europeos.

Este esfuerzo se financia mediante una combinación de deuda, fondos extraordinarios y reasignaciones internas. A corto plazo, la economía polaca puede absorberlo: mantiene un crecimiento por encima de la media europea y un mercado laboral dinámico. Pero a medio plazo, la duda es si un gasto militar estable en el 4-5% del PIB dejará espacio suficiente para inversión en educación, innovación civil y transición energética.

Además, el refuerzo militar de Polonia no es neutro para el resto de la UE. Una parte de las compras se canaliza hacia suministradores europeos, pero otra se dirige a Estados Unidos o Asia, lo que abre un debate sobre autonomía estratégica y dependencia tecnológica. En términos de mercado, la nueva doctrina polaca consolida un “complejo militar-industrial del Este” que competirá por contratos, talento y financiación con los polos tradicionales de Francia, Alemania o Italia.

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