Petróleo e Irán agitan un mercado global en punto muerto

El miedo a un choque en Oriente Medio dispara el crudo, devuelve oxígeno al oro y a la plata y castiga otra vez a la tecnología estadounidense
Dow Jones
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El pulso de los mercados globales se movió el martes entre la apatía y el nerviosismo. El gran índice mundial apenas se inmutó, pero la tecnología volvió a arrastrar a la baja a la bolsa estadounidense, mientras el petróleo rebotaba con fuerza en medio de nuevos roces entre Estados Unidos e Irán.
Al mismo tiempo, oro y plata protagonizaron un rebote violento, recuperando parte del desplome de las dos sesiones anteriores, y las divisas reaccionaron al giro del banco central australiano, que se atrevió a subir tipos cuando el resto del mundo desarrollado mira más bien a recortes.
En los bonos, los movimientos fueron mucho más contenidos, con la deuda estadounidense oscilando en rangos estrechos mientras los inversores tratan de descifrar qué hará la Reserva Federal bajo un futuro presidente Kevin Warsh.
 

Dow Jones 2026-02-03 at 22.04.54
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Un índice global plano con nervios a flor de piel

El gran termómetro de la renta variable mundial, el índice de MSCI, cerró prácticamente plano, con un avance simbólico del 0,02%. Sobre el papel, nada que llame la atención. Sin embargo, la aparente calma del agregado escondía movimientos violentos dentro de los principales mercados y sectores.

En Wall Street, el S&P 500 cayó en torno a un 0,8%, el Nasdaq se dejó algo más del 1,4% y sólo el Dow Jones consiguió contener el golpe en torno al 0,3%. Europa, por su parte, se permitió marcar otro máximo histórico en el Stoxx 600, con un tímido +0,1%, impulsado por energía y bancos, pese al castigo a software y publicidad.

El índice de volatilidad VIX llegó a tocar los 20 puntos intradía, nivel asociado a episodios de tensión, aunque finalmente cerró en torno a 18, todavía por encima de los mínimos recientes. La lectura que hacen muchos gestores es que el mercado global está “quieto en apariencia”, pero con un trasvase continuo de riesgo desde activos de crecimiento hacia refugios relativos y sectores ligados a materias primas.

Tecnología, otra vez en el punto de mira

La gran responsable del tropiezo en Estados Unidos volvió a ser la tecnología. Tras meses en los que el relato de la inteligencia artificial todo lo justificaba, las dudas han regresado con fuerza. Nvidia cedió alrededor de un 2,8% y se convirtió en el mayor lastre del S&P 500, en medio de informaciones sobre la búsqueda de alternativas a sus chips por parte de desarrolladores punteros de IA como OpenAI.

Advanced Micro Devices (AMD) también sufrió, con pérdidas cercanas al 1,7% en la sesión regular y un castigo adicional superior al 5% en el “after hours” tras presentar resultados que no terminaron de convencer. En contraste, Super Micro Computer llegó a rebotar más de un 6% fuera de mercado tras publicar unas cifras que reforzaron su papel como proveedor clave de servidores para cargas de IA.

El índice sectorial tecnológico del S&P 500 cayó alrededor de un 2,2%, encadenando varios días de debilidad. “Cualquier titular relacionado con IA se interpreta ahora como riesgo, no como oportunidad”, resumía desde Wedbush Securities un gestor que destacaba cómo, bajo la superficie, otros sectores —industria, consumo básico, energía— muestran un comportamiento mucho más constructivo. El diagnóstico es inequívoco: el mercado sigue creyendo en la historia de la IA, pero ya no está dispuesto a pagar cualquier precio por ella.

Irán, drones y un petróleo que vuelve a mirar al alza

En el frente geopolítico, el foco volvió a centrarse en Oriente Medio. Mientras diplomáticos intentan reconducir el diálogo nuclear entre Washington y Teherán, el Pentágono informaba del derribo de un dron iraní que se acercaba a un portaaviones estadounidense en el Mar Arábigo. Casi al mismo tiempo, lanchas rápidas de Irán se aproximaban a un petrolero con bandera estadounidense en el Estrecho de Ormuz, uno de los cuellos de botella más sensibles del comercio energético mundial.

El mercado del crudo reaccionó con rapidez. El WTI estadounidense subió cerca de un 1,7%, hasta los 63,2 dólares por barril, mientras el Brent europeo rebotaba en torno a un 1,5%, hasta los 67,3 dólares. Las alzas llegan después de un desplome cercano al 4% el lunes, por lo que muchos analistas hablan más de “corrección técnica” que de un cambio de tendencia.

Aun así, el contexto invita a la prudencia. A la tensión con Irán se suma el impacto de un acuerdo comercial entre Estados Unidos e India, que alimenta las expectativas de demanda futura, y la persistencia de sanciones sobre el crudo ruso por la guerra en Ucrania. La consecuencia es clara: el mercado se ha acostumbrado a vivir al borde del titular geopolítico, y cualquier chispazo en el Golfo vuelve a recordar que buena parte del suministro global sigue dependiendo de unos pocos puntos estratégicos.

Oro y plata: del pánico al rebote violento

Si el lunes los titulares hablaban de “derrumbe histórico” en los metales preciosos, el martes tocó la versión simétrica: rebote explosivo. El oro al contado llegó a subir más de un 6%, hasta rozar los 4.950 dólares por onza, después de haber perdido alrededor de un 13% en apenas dos días. La plata fue incluso más extrema: rebotó en torno a un 7,5%, hasta los 85 dólares, tras un desplome acumulado cercano al 27% el viernes y otro 6% el lunes.

Ese giro refleja un mercado atrapado entre dos fuerzas. Por un lado, la nominación de Kevin Warsh como próximo presidente de la Reserva Federal ha alimentado la expectativa de un banco central menos dispuesto a inundar de liquidez el sistema, lo que suele ser una mala noticia para activos como el oro. Por otro, el miedo a un error de política monetaria y a un repunte de la volatilidad financiera mantiene vivo el atractivo de los refugios tradicionales.

“Lo que vimos hoy es un poco de calma regresando a los metales, más un cierre de posiciones extremas que un cambio de historia”, resumía un estratega de Natixis Investment Managers. La pregunta de fondo es si el oro volverá a ejercer de seguro frente a un posible giro brusco de la Fed o si, como bitcoin, ha entrado en una fase de comportamiento más errático y menos predecible.

Divisas: el dólar se toma un respiro y el ‘aussie’ despega

En el mercado de divisas, el movimiento más llamativo lo protagonizó el dólar australiano. La decisión del banco central de subir los tipos en 25 puntos básicos, hasta el entorno del 3,85%, colocó a Reserve Bank of Australia en un grupo muy reducido de bancos centrales desarrollados —junto al de Japón— que aún optan por endurecer la política monetaria. El “aussie” reaccionó con una subida superior al 1%, hasta la zona de 0,70 dólares.

El índice dólar, que mide al billete verde frente a una cesta de divisas, retrocedió alrededor de un 0,2%, cortando una racha de dos sesiones al alza. El euro se apreció en torno al 0,3%, hasta el entorno de 1,18 dólares, mientras que el dólar avanzó ligeramente frente al yen, consolidando niveles por encima de los 155 yenes por dólar.

Estos movimientos reflejan un ajuste fino de expectativas sobre la Reserva Federal: el nombramiento de Warsh se interpreta como señal de menos estímulos y más reducción de balance, pero el ruido generado por el cierre parcial del Gobierno y los retrasos en datos clave —como el informe oficial de empleo— ha reducido la visibilidad macro de los inversores. En este vacío de información, cada pista sobre otros bancos centrales se amplifica.

Bonos y Fed: movimientos mínimos con Warsh en el horizonte

A diferencia de acciones, metales o divisas, el mercado de deuda se movió en rangos muy estrechos. La rentabilidad del bono estadounidense a 10 años cerró en torno al 4,27%, apenas un punto básico por debajo del nivel del lunes. El 30 años bajó ligeramente hasta la zona del 4,90%, mientras que el 2 años, el más sensible a las expectativas de tipos, se mantuvo prácticamente plano, alrededor del 3,57%.

Este comportamiento sugiere que los inversores están a la espera de dos grandes piezas de información: por un lado, las palabras y el eventual calendario de la Fed bajo el liderazgo de Warsh; por otro, los datos económicos que han quedado “congelados” por el cierre parcial de la Administración. Sin estadísticas oficiales de empleo ni de vacantes, el mercado carece de brújula clara para afinar sus apuestas de política monetaria.

De momento, la curva se mantiene moderadamente invertida, reflejo de una economía que aún no ha encajado del todo el golpe de unos tipos altos, pero tampoco muestra signos evidentes de recesión inmediata. La consecuencia es evidente: el mercado de bonos mira con más escepticismo que miedo, pero cualquier giro en la narrativa de la Fed —más dura de lo esperado, o inesperadamente dovish— puede desatar movimientos más bruscos en cuestión de días.

Por último, la mezcla de tensión geopolítica en Oriente Medio, ruido político en Washington y transición en la Fed conforma un entorno en el que los índices pueden aparentar calma mientras el riesgo real se desplaza: de la superficie a las tripas del mercado. En ese contexto, más que nunca, la clave no está sólo en qué se compra, sino en cómo se combinan activos, plazos y coberturas para resistir el próximo giro brusco de un ciclo que, lejos de haber terminado, parece entrar en una nueva fase.

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