Trump apunta a Kevin Warsh como próximo jefe de la Fed
La Casa Blanca se prepara para uno de los nombramientos económicos más decisivos del mandato de Donald Trump. Kevin Warsh, exgobernador de la Reserva Federal entre 2006 y 2011, se ha convertido en el claro favorito para relevar a Jerome Powell al frente del banco central de Estados Unidos, según varias filtraciones coordinadas a medios como CNN, Bloomberg o The Wall Street Journal. Las apuestas en mercados de predicción como Polymarket ya otorgan a Warsh más de un 90% de probabilidades de hacerse con el cargo, tras dispararse desde apenas un 30% a comienzos de semana.
Un relevo en la Fed con mensaje político
La posible designación de Kevin Warsh no puede entenderse al margen de la escalada de tensión entre Donald Trump y Jerome Powell. En las últimas semanas, el presidente ha intensificado públicamente sus ataques contra el actual presidente de la Reserva Federal, llegando incluso a lanzar la amenaza de abrir una investigación penal sobre su gestión, un salto cualitativo inédito en la historia reciente de la institución.
Trump exige recortes de tipos más rápidos y profundos ante una economía que mantiene el crecimiento, pero con una inflación todavía por encima del objetivo del 2%. La Fed, sin embargo, ha optado por mantener los tipos sin cambios, defendiendo que un giro prematuro podría reavivar las presiones inflacionistas y dañar su credibilidad.
En este contexto, el relevo en la cúpula del banco central se convierte en un mensaje político de primer orden. Nombrar a un exgobernador con fama de halcón pero alineado con la Casa Blanca en su crítica a la Fed actual permite a Trump enviar una doble señal: romper con la era Powell —a la que responsabiliza del “error” inflacionista— y, al mismo tiempo, reivindicar que respeta la institución buscando a alguien “del sistema”, no un outsider sin experiencia.
Lo más delicado es que este movimiento se produce en un momento en el que tanto demócratas como republicanos reclaman preservar la independencia de la Fed. En varias intervenciones recientes, senadores de ambos partidos han advertido de que un presidente de la Reserva Federal percibido como demasiado afín a Trump podría tener una confirmación complicada en el Senado, un riesgo que el mercado empieza también a incorporar en sus escenarios.
Quién es Kevin Warsh y qué piensa del dinero barato
Warsh no es un desconocido en Washington ni en Wall Street. Fue nombrado gobernador de la Fed en 2006 —el más joven de la historia del organismo— y formó parte del Comité Federal de Mercado Abierto (FOMC) durante la crisis financiera de 2008. Entonces se labró reputación de halcón monetario, crítico con la expansión masiva del balance del banco central y reticente al uso prolongado de programas de quantitative easing (QE).
Durante aquellos años, defendió que la Fed debía retirar los estímulos con mayor rapidez en cuanto se estabilizara el sistema financiero. En sus intervenciones posteriores, ya desde la Hoover Institution, Warsh ha insistido en que el tamaño del balance de la Fed es “insostenible” y que el banco central corre el riesgo de convertirse en el gran financiador estructural del déficit público estadounidense.
Sin embargo, en los últimos tiempos su discurso ha incorporado matices que lo acercan a la visión de Trump. En una entrevista en 2025, Warsh reprochó a la Fed su “excesiva prudencia” a la hora de bajar tipos tras el pico inflacionista, alineándose con la crítica de la Casa Blanca de que la institución “va por detrás de la curva”.
Este giro explica por qué su nombre ha ganado peso frente a otros candidatos. Frente a perfiles como el de Rick Rieder, responsable de renta fija en BlackRock, o el del economista Kevin Hassett, exasesor de la Casa Blanca, Warsh ofrece a Trump algo poco habitual: un insider de la Fed dispuesto a plantear un “cambio de régimen” en la conducción de la política monetaria, pero con credenciales técnicas difíciles de cuestionar incluso por sus críticos.
Mercados en modo apuesta: dólar fuerte, oro a la baja
Aunque el anuncio oficial aún no se ha producido, los mercados han comenzado a votar con su dinero. El índice dólar —que mide la evolución de la divisa estadounidense frente a una cesta de monedas— ha avanzado alrededor de un 0,35% en las primeras horas de la sesión, reflejando la expectativa de una Fed algo más restrictiva a medio plazo que la actualmente liderada por Powell.
El movimiento más llamativo, sin embargo, se observa en los metales preciosos. Tras marcar ayer un máximo histórico cercano a los 5.600 dólares por onza, el oro ha corregido alrededor de un 4%, situándose en el entorno de los 5.150 dólares. La lectura es clara: si el mercado cree que una Fed presidida por Warsh tolerará menos la inflación, el atractivo del oro como refugio frente a la pérdida de poder adquisitivo de la moneda se reduce, al menos en el margen.
Los rendimientos de los bonos del Tesoro también repuntan de forma moderada, en particular en los tramos de 2 y 10 años, donde los inversores actualizan sus expectativas de tipos terminales algo más altos o, al menos, de recortes más lentos.
La consecuencia es un endurecimiento financiero silencioso antes incluso de que cambie oficialmente la presidencia de la Fed. Este adelanto de movimientos es especialmente relevante para economías emergentes, empresas altamente endeudadas y, por supuesto, para los activos de riesgo más sensibles a los tipos, desde la renta variable hasta el universo cripto.
Las quinielas: de Rieder a Warsh en cuestión de días
La rapidez con la que se ha consolidado el nombre de Warsh es otro dato que revela la naturaleza de este proceso. Hace apenas unos días, el favorito en las casas de apuestas y mercados de predicción era Rick Rieder, alto ejecutivo de BlackRock, cuyo perfil de gestor pragmático seducía a buena parte de Wall Street.
Sin embargo, las informaciones cruzadas de Bloomberg, Financial Times y otros medios sobre la reunión de Warsh con Trump en la Casa Blanca cambiaron el tablero de forma abrupta. En Polymarket, la probabilidad implícita de que Warsh fuera el elegido pasó de alrededor del 30% al más del 90% en cuestión de sesiones, mientras que Rieder se hundía por debajo del 5%. En Kalshi se ha producido un movimiento similar, con Warsh en torno al 93% y los demás aspirantes reducidos a opciones residuales.
La lista corta que manejaba la Casa Blanca incluía, además de Warsh y Rieder, al exdirector del Consejo Económico Nacional Kevin Hassett y al actual gobernador de la Fed Christopher Waller, según fuentes citadas por CNN y otros medios. Todos ellos fueron entrevistados personalmente por Trump en las últimas semanas, en un proceso que la propia Casa Blanca filtró como “abierto” para mantener cierto suspense político y, de paso, testar la reacción de los mercados.
El diagnóstico, a la vista de la reacción de las cotizaciones, es inequívoco: los inversores prefieren un rostro conocido en la maquinaria de la Fed, aunque eso suponga convivir con un discurso públicamente crítico con la institución, antes que un perfil percibido como demasiado político o imprevisible.
La batalla por la independencia de la Reserva Federal
Más allá de los nombres, el verdadero debate que abre este movimiento es el de la independencia de la Fed. El propio Warsh ha hablado en los últimos meses de la necesidad de un “cambio de régimen” en la conducción de la política monetaria, criticando a la institución por haber reaccionado tarde al estallido inflacionista y por mantener un balance que considera desproporcionado.
Trump, por su parte, no ha ocultado que quiere un presidente de la Fed “valiente” a la hora de recortar tipos. Esta presión pública, unida a las amenazas de investigación sobre Powell, ha generado una ola de inquietud en el Congreso, donde varios senadores —incluidos republicanos— han recordado que la credibilidad del banco central es un activo clave para la economía estadounidense.
Si Warsh llega a la presidencia con la etiqueta de “candidato de Trump”, su primera tarea será precisamente demostrar que no es un brazo ejecutor de la Casa Blanca. Cualquier señal de sometimiento a las urgencias políticas —por ejemplo, recortes de tipos demasiado agresivos en un contexto de inflación todavía elevada— podría traducirse en un aumento de las primas de riesgo exigidas a Estados Unidos y en una mayor volatilidad cambiaria.
El contraste con otros momentos históricos resulta demoledor. Presidentes como Paul Volcker o, en menor medida, Alan Greenspan, construyeron su autoridad enfrentándose, cuando fue necesario, a las presiones de la Casa Blanca. La clave ahora será comprobar si Warsh aspira a esa tradición de “banquero central independiente” o si se le percibe, por el contrario, como la pieza central de un intento de repolitizar la política monetaria.
Bitcoin y los activos de riesgo ante una Fed de Warsh
Uno de los elementos más singulares del perfil de Warsh es su visión sobre Bitcoin y las criptomonedas. En una entrevista concedida a la Hoover Institution el pasado julio, el exgobernador afirmó que “Bitcoin no me preocupa” y añadió que el criptoactivo puede “aportar disciplina de mercado” y “ser un muy buen policía de la política económica”.
Este tono contrasta con el de Jerome Powell, mucho más escéptico sobre el papel de Bitcoin en el sistema financiero estadounidense. Para una parte del ecosistema cripto, la llegada de Warsh a la Fed se interpreta como una oportunidad para un diálogo más constructivo sobre la regulación de los activos digitales y, en particular, sobre cuestiones como la supervisión de los mercados al contado, los ETF de criptomonedas o el eventual desarrollo de un dólar digital.
Paradójicamente, la reacción inicial del mercado cripto ha sido negativa. Bitcoin ha corregido en los últimos días hasta la zona de los 83.000 dólares, lastrado por la expectativa de unos tipos más altos durante más tiempo y por la aversión al riesgo generada por el viento de cara monetario. Lo que Warsh pueda ganar en simpatías por su discurso más abierto hacia los criptoactivos puede verse compensado, al menos a corto plazo, por un entorno financiero menos expansivo.
La consecuencia es clara: el relevo en la Fed llega en un momento en el que los activos de riesgo dependen más que nunca del precio del dinero, y un error de calibración entre lo que descuenta el mercado y lo que finalmente haga el nuevo presidente podría desencadenar movimientos bruscos de reposicionamiento.
Qué puede cambiar en la política monetaria si Warsh llega a la cúpula
Si finalmente se confirma su nombramiento, la gran pregunta es qué cambiará realmente en la hoja de ruta de la Fed. El historial de Warsh sugiere tres vectores claros: mayor énfasis en la reducción del balance, una sensibilidad especial hacia la inflación —y, por tanto, hacia la credibilidad del objetivo del 2%— y una visión más crítica de los programas prolongados de compras de activos.
No obstante, el contexto actual es muy diferente al de la crisis financiera de 2008. Estados Unidos combina un crecimiento todavía razonable con una inflación que, aunque moderada respecto a los picos recientes, sigue por encima de los niveles pre-pandemia. Al mismo tiempo, el sector público acumula una deuda considerable y el coste de financiación del Tesoro depende de forma crucial de que los mercados sigan confiando en la capacidad de la Fed para contener los precios sin provocar una recesión profunda.
Warsh tendrá que decidir si prioriza la ortodoxia —tipos más altos de lo que desearía la Casa Blanca y un adelgazamiento más rápido del balance— o si opta por un enfoque más acomodaticio que contente a Trump a costa de tensar, de nuevo, la cuerda inflacionista. La experiencia de los últimos años, con una Fed que reconoció haber “llegado tarde” a la retirada de estímulos, pesa como un recordatorio incómodo de lo caro que puede salir un error de diagnóstico.
Lecciones del pasado y el efecto dominó internacional
La designación del presidente de la Reserva Federal nunca es un asunto doméstico. Cada cambio en la cúpula del banco central estadounidense desencadena un efecto dominó internacional: movimientos de capital, ajustes en las políticas monetarias de otros bancos centrales y reconfiguración de flujos hacia activos de refugio o de riesgo.
La historia ofrece lecciones claras. El giro de Volcker a comienzos de los años 80 se tradujo en una brutal subida de tipos que provocó recesiones en medio mundo, pero sentó las bases de décadas de inflación contenida. La etapa de tipos ultrabajos y expansión de balance posterior a 2008, prolongada bajo Bernanke, Yellen y Powell, ayudó a evitar una depresión, pero también alimentó burbujas de activos y dejó a los bancos centrales con menos margen de maniobra.
En este ciclo, la figura de Warsh puede representar un intento de revertir parcialmente esa era del dinero fácil, pero en un mundo mucho más endeudado y dependiente de la liquidez. Para Europa, Japón y los mercados emergentes, una Fed algo más dura obligaría a replantear estrategias: desde el ritmo de subidas o bajadas de tipos hasta la gestión de reservas en dólares.
El contraste con otras regiones, en particular con un Banco Central Europeo que también navega entre la presión política y la lucha contra la inflación, resulta demoledor: la elección del próximo presidente de la Fed no solo marcará el rumbo de la economía estadounidense, sino que condicionará la arquitectura financiera global de los próximos años.

