Trump emula a Nixon: intenta un boom económico artificial antes de las elecciones con S&P 500 y Dow Jones en máximos
El presidente Donald Trump remite a estrategias similares a las de Nixon en los años setenta para forzar un crecimiento artificial antes de unas elecciones cruciales. Analizamos riesgos, paralelismos históricos y la reacción de los mercados a este escenario delicado.
En la antesala de un nuevo ciclo electoral en Estados Unidos, los fantasmas de los años setenta vuelven a recorrer Washington y Wall Street. El presidente Donald Trump ha intensificado sus ataques públicos a la Reserva Federal y a Jerome Powell, en un momento en el que los datos no justifican recortes agresivos de tipos pero sí podrían multiplicar su impacto político. La comparación con Richard Nixon en 1972 no es un mero recurso académico: entonces, la presión sobre el banco central alimentó un crecimiento espectacular… que terminó desembocando en inflación descontrolada, crisis energética y desplome bursátil.
Hoy, mientras el S&P 500 cierra la semana en los 6.940 puntos, “a tiro de piedra” de los 7.000, el Dow Jones ronda los 49.359 puntos y el Nasdaq 23.515, el mercado parece imperturbable. Sin embargo, bajo esa calma se esconde un cambio silencioso: el oro marca máximos históricos, la plata supera los 90 dólares por onza y el dólar se debilita frente al euro. Es el retrato de un sistema financiero que compra riesgo para no quedarse fuera del rally… y a la vez se blinda por si la historia decide repetirse.
Un déjà vu de 1972: la tentación de abaratar el dinero
El paralelismo con Nixon es tan incómodo como evidente. A comienzos de los setenta, la Casa Blanca forzó a la Fed a mantener tipos artificialmente bajos en plena campaña electoral. El efecto inmediato fue una economía creciendo a tasas cercanas al 8%, un paro a la baja y una bolsa desbocada. En términos políticos, un éxito rotundo.
Pero la factura llegó poco después: el “boom” alimentado a base de dinero barato derivó en inflación de dos dígitos, pérdida de credibilidad del dólar y un mercado bursátil que tardó casi una década en recuperar niveles. El episodio quedó grabado como ejemplo de lo que ocurre cuando la política monetaria se convierte en instrumento electoral.
Medio siglo después, Trump coquetea con la misma tentación: forzar a la Fed a acelerar la bajada de tipos, no tanto por deterioro económico —el crecimiento sigue siendo razonable y el empleo se mantiene sólido— como por la necesidad de llegar a las elecciones con máximos históricos en bolsa y sensación de prosperidad inmediata. El eco de 1972 resuena con fuerza en los despachos de economistas y gestores.
De la Casa Blanca a la Fed: el estilo Trump
Las críticas de Trump a Jerome Powell y al Comité Federal de Mercado Abierto no son nuevas, pero han subido de tono. El presidente ha llegado a describir la política actual de tipos como “innecesariamente restrictiva”, ha coqueteado con la idea de sustituir al presidente de la Fed y, en paralelo, desliza propuestas que tensionan aún más el sistema financiero, como el tope del 10% a los intereses de las tarjetas de crédito durante un año.
La Casa Blanca intenta, además, influir de forma indirecta sobre el futuro de la Fed: las quinielas sobre si el asesor económico Kevin Hassett sustituirá o no a Powell han sido utilizadas como globo sonda para medir la reacción del mercado. La última señal —la posibilidad de que Hassett continúe en su puesto actual— ha reducido parcialmente las apuestas sobre un relevo inmediato, pero no disipa la sensación de que la independencia del banco central está bajo presión constante.
En este contexto, las advertencias de grandes bancos de inversión y casas de análisis se multiplican. Desde firmas como Nomura hasta gestores de fondos de renta fija coinciden en el mismo diagnóstico: «Forzar recortes de tipos sin justificación macro sólida es comprar crecimiento hoy a cambio de inestabilidad mañana».
Un Wall Street imperturbable… en la superficie
A corto plazo, sin embargo, los mercados parecen tomarse la tensión política con una mezcla de resignación y complacencia. La última sesión antes del fin de semana largo terminó con caídas testimoniales: el Dow cedió un 0,17%, el S&P 500 un 0,06% y el Nasdaq otro 0,06%. En el acumulado semanal, las pérdidas son igualmente moderadas: –0,38% para el S&P, –0,29% para el Dow y –0,66% para el Nasdaq.
La narrativa dominante en los parqués es que, mientras los beneficios empresariales sigan aguantando y no haya sorpresa en resultados, cualquier corrección será una oportunidad de compra. La temporada de presentación de cuentas acaba de arrancar con la gran banca y continuará con Netflix, Johnson & Johnson, Intel y otros pesos pesados en los próximos días.
Pero esta aparente tranquilidad oculta movimientos de fondo: los flujos salen de las grandes tecnológicas y se dirigen hacia mid caps y small caps, con el Russell 2000 marcando máximos históricos y avanzando más de un 2% semanal. Es un patrón clásico de fase madura de ciclo: los inversores buscan valor rezagado mientras mantienen la exposición general al riesgo.
El refugio se dispara: oro en récord y plata por encima de 90 dólares
Mientras los índices coquetean con máximos, los activos refugio envían otra señal muy distinta. El oro encadena nuevos récords y la plata supera los 90 dólares por onza, niveles que no casan con la idea de un mercado sin miedo. Son movimientos propios de un entorno en el que los gestores consideran plausible un escenario de debilidad del dólar, rebrote inflacionista o shock geopolítico.
La combinación no puede ser más elocuente: bolsa eufórica y metales preciosos disparados. El inversor sofisticado traduce ese mensaje así: se participa en el rally por si la presión de Trump sobre la Fed da lugar a otra etapa de liquidez abundante y tipos bajos, pero se compra seguro por si esa misma estrategia deriva en un descontrol monetario.
El mercado de divisas refuerza esta lectura. El dólar cede terreno frente al euro, a pesar de que la economía estadounidense sigue mostrando mejores registros de crecimiento que la eurozona. Cuando la moneda de la potencia teóricamente más fuerte pierde fuerza en plena expansión, la sospecha recae sobre algo más profundo: la credibilidad de su política monetaria y fiscal a futuro.
Bonos, bancos y la trampa del crédito barato
En paralelo, el comportamiento de los bancos y del mercado de deuda añade matices importantes. El sector financiero del S&P 500 ha firmado su peor semana desde octubre, lastrado por la propuesta de limitar al 10% los intereses de las tarjetas de crédito, una de las líneas de negocio más rentables para las entidades. Aunque las cuentas trimestrales de la gran banca han sido, en general, sólidas, el mensaje político introduce un elemento nuevo: el margen de intermediación puede convertirse en objetivo regulatorio en plena campaña.
En la renta fija, los bonos del Tesoro no muestran todavía señales de pánico, pero los tramos medios de la curva reflejan una visión ambigua: se descuentan recortes de tipos más rápidos de lo que la Fed ha sugerido, pero no hay una prima de riesgo clara por inflación. Es, de nuevo, la lógica del corto plazo: el mercado apuesta a que Powell acabará cediendo parcialmente a la presión de la Casa Blanca, pero pospone la factura de esa decisión a un horizonte más lejano.
La trampa es conocida: si el banco central baja tipos más de lo necesario para evitar un choque político, se alimenta una nueva ronda de endeudamiento barato, se inflan activos —vivienda, bolsa, crédito corporativo— y se aplaza el ajuste real. Cuando el ciclo gira, el margen de actuación es mucho menor y el coste para el tejido productivo, mucho mayor.
¿Puede repetirse el shock de los setenta?
La gran cuestión es si el paralelismo con Nixon se quedará en anécdota histórica o puede derivar en un nuevo shock financiero y económico. El contexto actual es diferente: la economía mundial es más abierta, la inflación de partida es más baja y la Fed cuenta con instrumentos y experiencia acumulada que no existían en 1972.
Sin embargo, también hay similitudes inquietantes. La deuda pública estadounidense supera el 120% del PIB, el déficit fiscal se ha consolidado como estructural y la política se encuentra más polarizada que nunca. Con este punto de partida, una secuencia de recortes de tipos guiados por el calendario electoral podría alimentar burbuja de activos, depreciación del dólar y una nueva ola inflacionaria difícil de domar sin una recesión profunda.
La historia no se repite al milímetro, pero rima. Y la rima actual suena a crecimiento corto de vista y ajustes largos y dolorosos. Lo que está en juego no es solo el resultado de unas elecciones, sino la confianza en la capacidad de Estados Unidos para gestionar su propia moneda sin someterla al vaivén de cada campaña.
El eco global de una decisión “doméstica”
En un mundo tan interconectado, cualquier giro de la Fed tiene efecto multiplicador fuera de las fronteras estadounidenses. Un ciclo de recortes excesivos podría empujar capital hacia activos de riesgo emergentes, abaratar temporalmente la financiación en dólares y, poco después, provocar un brusco cambio de dirección si la inflación se descontrola.
Europa, con un crecimiento anémico y un BCE que aún pelea por reconducir la inflación hacia el objetivo, quedaría atrapada entre una moneda fuerte que resta competitividad y la necesidad de no volver a disparar su propia burbuja de deuda. Economías emergentes con alto endeudamiento en dólares sufrirían con cada bandazo de expectativas sobre la Fed. Los precios de materias primas clave —energía, alimentos— responderían con volatilidad al nuevo mapa de tipos y divisas.
En ese escenario, lo que hoy se presenta como una pugna entre Trump y Powell por unas décimas de PIB y unos miles de puntos en los índices podría convertirse en un problema sistémico, con réplicas en todas las geografías. La pregunta ya no es si el presidente está copiando a Nixon, sino si el resto del mundo está preparado para asumir las consecuencias de que la mayor economía del planeta vuelva a jugar con fuego monetario en nombre de la política interna.