De Castro: "Una victoria total sobre Rusia es un suicidio"

El exfuncionario de Naciones Unidas cuestiona la estrategia occidental en Ucrania y alerta de que la escalada simultánea en Oriente Medio y la guerra arancelaria de Estados Unidos amenazan la estabilidad económica europea.
Juan Antonio de Castro durante entrevista en Negocios TV abordando la compleja situación geopolítica y económica mundial<br>                        <br>                        <br>                        <br>
De Castro: "Una victoria total sobre Rusia es un suicidio"

Europa afronta dos frentes capaces de alterar su seguridad y su modelo económico: una guerra prolongada contra Rusia y una escalada en Oriente Medio que amenaza los principales corredores energéticos. Juan Antonio de Castro, exfuncionario de Naciones Unidas, considera que Occidente sigue actuando sin definir un objetivo político alcanzable.
Su diagnóstico es incómodo. La ayuda a Ucrania ha permitido contener la ofensiva rusa, pero no ha construido una salida diplomática ni una estrategia asumible a largo plazo.
«Seguir apoyando a Zelenski sabiendo que jamás se vencerá a Rusia es un suicidio», sostiene.
El verdadero riesgo no sería únicamente perder la guerra, sino financiar indefinidamente un conflicto sin saber cómo terminarlo.

La afirmación de De Castro no implica aceptar la invasión rusa ni negar el derecho de Ucrania a defenderse. Cuestiona, en cambio, la viabilidad de presentar la derrota total de Moscú como única solución aceptable.

Rusia conserva profundidad territorial, recursos energéticos, industria militar y capacidad nuclear. Ucrania depende, en buena medida, del suministro exterior de armamento, financiación e inteligencia. La Unión Europea y sus Estados miembros habían movilizado hasta julio de 2026 alrededor de 216.200 millones de euros en apoyo financiero, económico, militar y humanitario. De esa cantidad, 77.000 millones correspondían a asistencia militar.

El contraste resulta evidente: Europa ha elevado su compromiso, pero continúa sin definir qué condiciones permitirían considerar cumplidos sus objetivos. Una guerra sin propósito político concreto corre el riesgo de convertirse en una obligación presupuestaria permanente.

La factura que soporta Europa

El impacto no se limita al gasto militar. La guerra ha obligado a rediseñar la política energética, reforzar las fronteras orientales, atender a millones de desplazados y financiar la resistencia económica de Ucrania.

La UE ha reservado hasta 50.000 millones de euros para el Mecanismo para Ucrania, además de programas para refugiados, reconstrucción e infraestructuras. Bruselas sostiene que esta ayuda es necesaria para preservar la seguridad europea; De Castro advierte, sin embargo, de que mantenerla sin horizonte temporal presionará las cuentas públicas.

No existe una transferencia automática entre el dinero destinado a Ucrania y los presupuestos de pensiones. Sin embargo, el coste de defensa compite con sanidad, inversión, educación y protección social dentro de unas economías endeudadas. La amenaza para la Seguridad Social no es inmediata, sino acumulativa: menos margen fiscal ante futuras crisis y una población europea cada vez más envejecida.

El escudo que no resuelve la guerra

La propuesta ucraniana de ampliar las defensas antiaéreas y construir un sistema de protección más denso responde a una necesidad real: limitar los ataques contra ciudades, redes eléctricas e instalaciones críticas.

De Castro considera, no obstante, que un escudo de misiles puede proteger objetivos concretos sin alterar el equilibrio estratégico. Rusia dispone de drones, misiles de crucero, proyectiles balísticos y capacidad para saturar las defensas mediante ataques combinados. Cada interceptor puede costar mucho más que el aparato ofensivo al que intenta derribar.

La defensa aérea reduce el daño, pero no sustituye una estrategia de salida. Europa puede reforzar la protección de Ucrania y, al mismo tiempo, reconocer que la tecnología defensiva no eliminará por sí sola la capacidad rusa de continuar la guerra.

Ormuz amenaza con otro golpe

El segundo foco de inquietud se encuentra en el Estrecho de Ormuz. Durante el primer semestre de 2025 circularon por este paso unos 20,9 millones de barriles diarios, equivalentes a cerca del 20% del consumo mundial de productos petrolíferos. También transitó más de una quinta parte del comercio global de gas natural licuado.

Las rutas alternativas de Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos solo permitirían desviar alrededor de 4,7 millones de barriles diarios. Un cierre prolongado provocaría, por tanto, una perturbación difícil de compensar.

Europa sufriría a través del petróleo, el gas, los fletes y la inflación. La consecuencia es clara: una escalada entre Estados Unidos e Irán podría multiplicar el coste económico de la guerra ucraniana y obligar al BCE a convivir con nuevas presiones sobre los precios.

Trump impone la geoeconomía

De Castro identifica en la política comercial de Donald Trump —actual presidente de Estados Unidos— un cambio profundo: los aranceles dejan de ser una herramienta excepcional y pasan a emplearse como instrumento de presión política.

La Organización Mundial del Comercio calculó que la incertidumbre y las medidas arancelarias podían reducir el comercio mundial de mercancías un 0,2%, con riesgo de una contracción del 1,5% si la escalada se agravaba. Para Norteamérica llegó a proyectar un descenso del 12,6% en las exportaciones.

Brasil, China y la propia Unión Europea deben negociar ahora bajo la amenaza de recargos, represalias y restricciones industriales. El multilateralismo no ha desaparecido, pero está siendo sustituido por relaciones basadas en tamaño, dependencia y capacidad de daño.

El análisis de De Castro obliga a distinguir entre apoyar a Ucrania y convertir cualquier negociación en una derrota. La paz no puede construirse premiando la agresión, pero tampoco ignorando la relación de fuerzas y los costes de una guerra indefinida.

Europa necesita determinar qué compromisos está dispuesta a asumir, durante cuánto tiempo y con qué financiación. También debe proteger sus sistemas sociales, reducir su vulnerabilidad energética y evitar quedar atrapada entre la estrategia militar estadounidense y la presión económica de otras potencias, la ausencia de una estrategia propia está convirtiendo a Europa en financiador, escenario y principal damnificado de conflictos que no controla.

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