ITURRALDE: "La guerra con Irán no va a terminar. Solo habrá pausas para que Trump no pierda todo"

Analizamos cómo la administración Trump utiliza los conflictos en Oriente Medio y Ucrania para imponer un cambio radical en el mercado energético global, sustituyendo el modelo del Petrodólar por el Petrogas Dólar, con Washington al control absoluto del suministro a Asia. Un enfoque que revela una guerra sin fin con pausas tácticas por intereses electorales y financieros.
Miniatura del vídeo donde se analiza la estrategia de Estados Unidos en el conflicto con Irán y la reconfiguración del mercado energético global.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
ITURRALDE: "La guerra con Irán no va a terminar. Solo habrá pausas para que Trump no pierda todo"

Por el estrecho de Ormuz transita cerca del 20% del petróleo mundial, y ese cuello de botella vuelve a estar en el centro del pulso entre Washington y Teherán.
Pero el foco ya no es solo el crudo: el gas natural licuado (GNL) se ha convertido en la nueva moneda de influencia.
En el sector se habla de una estrategia de fondo para desplazar el viejo petrodólar hacia un ‘petrogas dólar’, anclado en contratos, terminales y rutas marítimas.
Lo más grave es que, en este tablero, las “pausas” militares encajan con calendarios internos y señales a los mercados.
Y cuando la energía se usa como palanca, el conflicto deja de tener final claro.

Durante décadas, el dominio financiero de Estados Unidos se apoyó en un hecho simple: el petróleo se cotizaba y se pagaba en dólares, y ese hábito lubricaba el sistema entero. Sin embargo, el giro energético global está erosionando esa centralidad. El gas —y, sobre todo, el GNL— gana peso en la cesta energética, mientras Asia concentra casi el 70% del crecimiento de la demanda incremental de este combustible en la última década, según estimaciones habituales del sector. En ese contexto, la idea del ‘petrogas dólar’ no describe un tratado formal, sino un método: extender la influencia a través de contratos de suministro, financiación de infraestructuras y capacidad de licuefacción. Quien controla el grifo, condiciona el precio; y quien condiciona el precio, condiciona la política. El diagnóstico es inequívoco: el poder ya no se mide solo en barriles, sino en rutas, terminales y seguro marítimo.

El GNL como arma comercial y geopolítica

Estados Unidos ha levantado una máquina exportadora a velocidad récord. Solo en infraestructuras vinculadas a exportación —terminales, ampliaciones, gasoductos y logística— se habla de más de 100.000 millones de dólares comprometidos desde mediados de la pasada década, entre inversión privada y financiación asociada. Ese músculo no es neutral: permite ofrecer suministro “alternativo” a socios, penalizar a rivales y fijar estándares contractuales. En este marco, el GNL funciona como palanca de disciplina: precios más competitivos para aliados, incertidumbre para competidores. “No se trata de ganar una guerra, sino de ganar la arquitectura de la energía: quién vende, quién transporta, quién asegura y en qué moneda se factura”, resume un analista consultado en círculos energéticos. La consecuencia es clara: el gas se convierte en herramienta de política exterior con apariencia de mercado.

Irán, Ormuz y la rentabilidad del conflicto intermitente

La presión sobre Irán siempre ha tenido un componente estratégico, pero hoy se reinterpreta como parte de una reorganización mayor. Teherán no solo es productor: su capacidad de alterar la navegación en Ormuz introduce una prima de riesgo que impacta en petróleo, derivados y fletes. Basta un episodio de tensión para que el mercado incorpore sobresaltos de entre un 5% y un 10% en precios a corto plazo, aunque después se desinfle con la misma rapidez. Ahí encaja la lógica de las “pausas”: no como tregua, sino como gestión del ritmo. En año electoral, una escalada sostenida puede castigar la gasolina, la inflación y el humor del votante; un conflicto dosificado, en cambio, sostiene el relato de firmeza sin asumir todo el coste económico. La guerra, así, se administra como variable financiera.

Rusia y la guerra híbrida sobre refinerías y cadenas logísticas

El otro eje es Moscú. Rusia no compite solo por volumen, sino por estructura: red de gasoductos, capacidad de refino, flota y descuentos selectivos. Las acciones de desgaste —desde sanciones hasta interrupciones indirectas en infraestructuras— apuntan a algo más que al campo de batalla: buscan encarecer la cadena rusa, reducir su fiabilidad y forzar reorientaciones. En el sector se habla de una guerra híbrida donde la infraestructura civil se vuelve objetivo porque es el “margen” del adversario: sin refino, sin logística y sin cobertura aseguradora, la competitividad se desploma. El contraste con otras regiones resulta demoledor: mientras Europa aprendió a golpe de crisis a pagar una “prima” por diversificación, Asia negocia desde una lógica puramente pragmática. Si el gas manda, la ventaja no es producir, sino entregar sin sobresaltos.

Las monarquías del Golfo: aliados incómodos, activos vulnerables

El tercer frente es el Golfo. Arabia Saudí, Kuwait y otros actores han sido aliados esenciales, pero su margen de maniobra se estrecha cuando Washington pretende reordenar el tablero. La presión no sería solo diplomática: la amenaza de restringir acceso financiero, condicionar compras militares o incluso congelar activos aparece como espada de Damocles en el debate. Aquí chocan incentivos: las monarquías quieren estabilidad de precios y control sobre su cuota; Washington busca capacidad de arbitraje y disciplina geopolítica. En cifras, el Golfo sigue moviendo volúmenes que pesan en el mercado y en la caja pública: con presupuestos dependientes de hidrocarburos en rangos del 60% al 80% de ingresos en algunos casos, el margen para “autoinmolaciones” energéticas es limitado. La alianza se vuelve transacción.

Los datos que nadie quiere ver en la nueva dependencia energética

Lo que viene no es un cambio de bandera, sino de dependencia. Si el ‘petrogas dólar’ se impone como práctica, el centro de gravedad se desplaza hacia contratos de largo plazo, indexaciones y capacidad logística estadounidense. Países importadores ganarían diversificación, pero perderían autonomía: quien financia y asegura, manda. Además, el gas no elimina la volatilidad; la reubica. El mercado de GNL es más global, sí, pero también más sensible a cuellos de botella: una terminal fuera de servicio o una ruta tensionada se traslada al precio con rapidez. En ese marco, un 1% de interrupción logística puede amplificarse en movimientos del 3% al 5% en hubs regionales, según patrones observados en crisis previas. El efecto dominó que viene no será solo militar: será fiscal, industrial y monetario.

Comentarios