Alfredo Jalife alerta: Rusia cerca de usar armas nucleares tácticas, supera riesgo de Irán

El analista Alfredo Jalife advierte sobre la creciente influencia de Irán en el Golfo Pérsico y la amenaza latente que representa Rusia con un posible uso de armas nucleares tácticas, analizando además las tensiones regionales y globales que configuran el tablero geopolítico actual.
Alfredo Jalife en entrevista para Negocios TV, analizando la situación geopolítica de Medio Oriente y Europa.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Alfredo Jalife alerta: Rusia cerca de usar armas nucleares tácticas, supera riesgo de Irán

Más del 60% de la población en varias petromonarquías del Golfo son expatriados y, entre los autóctonos, el peso chií crece como vector político.
Alfredo Jalife lo resume con una palabra incómoda: “iranización”. No por propaganda, sino por inercia demográfica y por la erosión del paraguas estadounidense.
En paralelo, un dron ucraniano golpea San Petersburgo durante el foro económico y Moscú deja caer una advertencia de armas nucleares tácticas.
El tablero se acelera y los canales de desescalada aparecen donde menos se esperan: Omán, Pakistán, incluso el silencio.

Jalife sitúa el epicentro de la tensión en un hecho que rara vez abre informativos: la demografía. Kuwait, Baréin y otras monarquías —salvo Arabia Saudí y Omán— funcionan con sociedades donde los expatriados superan el 60% y los nacionales, minoritarios, incluyen un componente chií significativo. Ese cóctel, sostiene, altera el equilibrio de lealtades, la estabilidad interna y, sobre todo, la capacidad de Estados Unidos para “mandar” sin fricción. Lo decisivo no es un misil, sino la erosión gradual del control social y político.

En ese marco, las ofensivas recientes en Kuwait y Baréin dejan de ser episodios aislados y pasan a interpretarse como señales de un cambio de clima: Teherán ya no solo presiona por fuerza, también por afinidad. La “iranización” no sería una conquista, sino una transferencia de influencia en cámara lenta. Y cuando la influencia cambia, cambian los incentivos de negociación: el poder no se pierde de golpe; se diluye.

Bases tocadas, poder cuestionado

El golpe a infraestructuras vinculadas a Washington —con menciones explícitas a nodos del CENTCOM y a la Quinta Flota— tiene un valor táctico, pero sobre todo simbólico. Jalife insiste en que el mensaje no es “podemos ganar”, sino “podemos incomodar”. Y en geopolítica, incomodar en el lugar correcto equivale a encarecer el tablero. La base no es solo hormigón: es credibilidad. Si se debilita, la disuasión se encoge.

Este hecho revela el límite del poder estadounidense en un “patio trasero” que ya no es patio ni trasero. Los ataques selectivos proyectan una imagen: Estados Unidos sigue presente, pero menos incontestable. Y eso obliga a recalibrar todo: desde seguros marítimos a logística, desde alianzas a consumo energético. Con el estrecho de Ormuz como sombra permanente —por donde transita en torno al 20% del crudo mundial—, cualquier deterioro de control se transforma en prima de riesgo. Lo más grave es la normalización: cuando el golpe se vuelve plausible, el mercado lo descuenta antes de que ocurra.

El teatro Trump-Netanyahu y el freno del Litani

Jalife llama “teatro” a la supuesta fricción pública entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu. La idea de un choque real, sostiene, sería más útil como narrativa que como realidad: permite justificar movimientos, presionar a terceros y modular expectativas sin romper el vínculo estratégico. En esa lectura, el ruido mediático sirve para administrar tiempos y responsabilidades, mientras las decisiones se cocinan en paralelo.

Más intrigante es el papel de la mediación. Jalife destaca la intervención pakistaní y omaní que habría contenido, aunque fuese temporalmente, una incursión israelí en Líbano más allá del río Litani. “No es paz; es una pausa con instrucciones”, viene a sugerir el esquema. Ese tipo de contención no elimina el riesgo, pero demuestra que aún existen engranajes de freno. Y cuando los frenos aparecen fuera del foco —Islamabad, Mascate—, el diagnóstico es inequívoco: los centros de control están más dispersos de lo que admite la propaganda.

Rubio acelera, China observa

En el frente diplomático, la presión se reorganiza. Jalife sitúa a Marco Rubio al frente de maniobras para frenar el avance estratégico de Irán y su red de aliados, en un tablero donde la velocidad importa tanto como el contenido. Sin embargo, lo relevante no es el titular, sino la opacidad: muchas de las cartas se juegan sin declaración pública, porque declarar es perder margen.

Mientras Washington intenta recomponer control, otros actores ganan espacio por paciencia. China, según esta lectura, empuja “desde las sombras”: no necesita protagonismo si logra estabilidad de rutas y contratos. En ese contexto, la diplomacia se vuelve transaccional: desescalar a cambio de garantías, contener a cambio de influencia. La consecuencia para Europa es indirecta pero severa: paga energía y riesgo sin dirigir la mesa. El contraste con otras épocas resulta demoledor: antes la UE acompañaba; ahora absorbe impacto.

San Petersburgo bajo drones, Europa bajo presión

En Europa, el episodio del dron ucraniano que impacta San Petersburgo durante el foro económico añade una capa que Moscú explota: el conflicto no está confinado al frente. Jalife subraya el efecto psicológico: si una ciudad símbolo puede ser alcanzada, la narrativa de control se resiente y la presión interna crece. A la vez, el señalamiento de corredores —países bálticos y Finlandia como supuestos vectores logísticos— complica la relación con la OTAN y eleva el coste político para los aliados.

Este hecho revela un patrón de escalada horizontal: no solo se busca ganar terreno, se busca estirar el mapa de la guerra. Y cuando el mapa se estira, los umbrales cambian. Washington, en ese contexto, intenta reactivar la OTAN con urgencia, no tanto por convicción como por necesidad: sostener cohesión, impedir fisuras y mantener disuasión. Lo más grave es el efecto dominó: un ataque simbólico en Rusia puede traducirse en presión adicional sobre Europa, presupuestos más tensos y una opinión pública aún más fatigada.

La sombra de lo táctico: la amenaza nuclear como mensaje

La advertencia del vicecanciller ruso Serguéi Riabkov sobre armas nucleares tácticas introduce el término que nadie quiere pronunciar. No implica decisión inmediata, pero sí eleva el listón del miedo: el uso “limitado” como herramienta de coerción. “Baja escala, alto impacto” es la lógica que desestabiliza mercados, alianzas y cálculos militares. La amenaza no busca solo intimidar a Kiev; busca condicionar a Bruselas y a Washington.

El diagnóstico de Jalife apunta a una era donde lo nuclear vuelve como lenguaje político, no como arma operacional. Y ese regreso altera la arquitectura de seguridad continental: más misiles, más defensa antiaérea, más gasto y menos margen para errores. La consecuencia es clara: si el debate nuclear entra en la conversación pública, la negociación se vuelve más difícil porque el coste de ceder aumenta para todos. Europa, atrapada entre energía y cohesión interna, se asoma a una década en la que el riesgo no será excepcional, sino estructural.

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