Cristian Lamesa, Marcelo Gullo y Luis Rodrigo diseccionan el giro militarista

Trump se aleja de America First y abraza el militarismo, con Cristian Lamesa, Marcelo Gullo y Luis Rodrigo

Negocios TV analiza el giro militarista del presidente: más gasto bélico, más tensión interna y un espejo incómodo en la Argentina de Milei.
Fotografía del video sobre el análisis del giro militarista de Trump publicado por Negocios TV.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
¿El fin del America First? El giro militarista de Trump y sus riesgos políticos

El mantra de “America First” se está reescribiendo en tiempo real y el nuevo guion no habla de fábricas, salarios ni desregulación. Habla de guerra, de disuasión y de presupuestos récord. En plena escalada con Irán, la Casa Blanca ha puesto sobre la mesa un Pentágono de 1,5 billones de dólares y un aumento de hasta el 44% que pulveriza cualquier promesa de contención.
La cuestión ya no es si Trump ha cambiado: es qué coste político y económico tendrá ese viraje y si su base —históricamente refractaria al intervencionismo— tolerará una mutación tan brusca. Mientras tanto, en América Latina, el alineamiento de Javier Milei con Washington aparece como reflejo y advertencia: cuando la política se militariza, la soberanía se vuelve negociable.

Del “America First” al “War First”

El giro no se mide solo en discursos. Se mide en prioridades. “America First” vendía la idea de una economía protegida, una política exterior menos expansiva y un Estado volcado en el empleo doméstico. El problema es que, desde el inicio de la guerra con Irán, la agenda se ha desplazado hacia un terreno que Trump siempre criticó en otros: el músculo militar como eje de cohesión y como argumento electoral.

La lógica interna es tentadora: en un país polarizado, el conflicto ofrece un relato simple —amenaza, respuesta, victoria— y una ventaja adicional: desplaza el foco de los problemas cotidianos. Sin embargo, este hecho revela una contradicción estructural. Si el “pueblo” era el centro del proyecto, ¿por qué el gran ganador empieza a parecerse demasiado al complejo militar-industrial?

La consecuencia es clara: el trumpismo entra en una fase donde la identidad deja de ser “primero la economía” para convertirse en “primero la seguridad”. Y esa transición, en términos políticos, siempre exige un precio: o se convence a la base de que la guerra es necesaria… o la base buscará otra bandera.

Un presupuesto récord que reordena el Estado

Los números son el punto de no retorno. La Casa Blanca ha propuesto 1,5 billones de dólares para Defensa, con una subida del 42%-44% según los detalles publicados, y un paquete adicional para armas, infraestructuras y capacidades tecnológicas.
El mensaje es inequívoco: el Estado vuelve a comportarse como economía de guerra. Y para que ese salto sea posible, el plan recorta en paralelo 73.000 millones en gasto no defensivo (en torno al 10%), además de contemplar una subida del 7% en la paga de las tropas.

Aquí aparece el choque con la realidad social. En un país donde la percepción de desgaste industrial y precariedad sigue siendo un factor electoral, reasignar recursos a Defensa puede interpretarse como eficacia estratégica… o como abandono de prioridades. Lo más grave es el marco fiscal: con una deuda federal que supera los 39 billones y déficits anuales cercanos a máximos, el margen para financiar un salto militar sin costes colaterales es estrecho.

La guerra con Irán como catalizador económico

En mercados, la guerra ya está dictando condiciones. El petróleo ha vuelto a ser el termómetro del miedo: Brent por encima de los 100 dólares y episodios de volatilidad ligados al estrecho de Ormuz, un cuello de botella energético que el mercado no puede ignorar.
Trump ha tensado el tablero con ultimátums y amenazas, y cada escalón retórico se traduce en primas de riesgo: combustible más caro, transporte más caro, inflación más pegajosa.

En este contexto, el presupuesto militar no es solo una decisión de defensa: es una decisión macroeconómica. Si el shock energético se enquista, la Reserva Federal tendrá menos margen para relajar tipos, y el consumo —especialmente el de la clase media y trabajadora— será el primero en sentir la presión. La política exterior, entonces, deja de ser “lejana”: entra en la cesta de la compra.

“El militarismo no actúa solo como estrategia: actúa como palanca política interna. Pero cuando la gasolina sube, la épica se agota y el votante vuelve a su factura.”
Ese es el riesgo de fondo: el conflicto puede unir por semanas; el coste de vida desune por meses.

La fractura interna: de Gabbard a Rubio, y el pulso por la identidad

Negocios TV apunta a una batalla interna por la identidad del trumpismo, y las señales recientes encajan con esa lectura. Por un lado, la Casa Blanca ha mostrado incomodidad con Tulsi Gabbard —perfil tradicionalmente crítico con guerras exteriores— hasta el punto de que Trump habría sondeado a sus asesores sobre reemplazarla como jefa de inteligencia.
Por otro, Marco Rubio aparece como uno de los rostros más nítidos del ala dura: defensa sin complejos de la guerra y narrativa de “servicio al mundo” que recuerda más al establishment que a la promesa antiintervencionista original.

La grieta no es estética: es estratégica. Si la Administración se inclina por el “hawkish turn”, el trumpismo se arriesga a parecerse a lo que decía combatir. Y en política estadounidense eso suele pasar factura por un canal muy concreto: primarias, donantes, guerra cultural y lealtades cruzadas.

El diagnóstico es inequívoco: la guerra con Irán no solo divide a demócratas y republicanos; está reordenando el propio campo republicano. Y esa batalla —Rubio frente a perfiles más cautos— será una de las claves del ciclo político que viene.

Milei como espejo: alineamiento exterior y soberanía bajo presión

El caso argentino entra como advertencia comparada. Javier Milei ha verbalizado la idea de una “alianza estratégica” con Estados Unidos como política de Estado, reforzando un alineamiento explícito con Washington y un giro occidentalista en su política exterior.
En términos de comunicación, Milei comparte con Trump un estilo confrontativo y una promesa de ruptura con el viejo orden. Pero el paralelismo se complica cuando el “antiestablishment” depende de un establishment externo para sostener su estabilidad: financiación, respaldo diplomático, acceso a mercados y cooperación militar.

La consecuencia es clara: cuando la agenda internacional se militariza, los países medios quedan atrapados entre lealtad y margen de maniobra. Argentina, en un contexto de ajuste económico y necesidad de confianza, puede verse empujada a escoger bando incluso cuando el coste interno sea alto.
Y esa es la lección para América Latina: el nuevo orden no se negocia solo con discursos, sino con dependencia financiera y seguridad energética. En ese tablero, la soberanía deja de ser un principio absoluto y se convierte en una variable de negociación.

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