Iturralde desmonta la cumbre Trump-Xi: “El acercamiento es una fachada para calmar a los mercados”

Alberto Iturralde desmonta mitos y revela la dinámica oculta tras el supuesto acercamiento China-Estados Unidos, la guerra en Irán y la lucha por el control energético global. Un análisis indispensable en Negocios TV sobre la escalada de tensiones y sus implicaciones económicas y políticas.
Fotograma del análisis de Alberto Iturralde en Negocios TV, mostrando temas geopolíticos y económicos clave.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Fotograma del análisis de Alberto Iturralde en Negocios TV, mostrando temas geopolíticos y económicos clave.

La foto vende estabilidad; el mercado compra el guion. Pero, según Alberto Iturralde, la cooperación entre Donald Trump y Xi Jinping sería puro teatro.
Un pacto de formas para enfriar titulares mientras se calientan los frentes reales: Irán, Ormuz y la batalla por la energía.
En esa lectura, la geopolítica no se explica con banderas, sino con balances. Y la aparente serenidad bursátil sería, en el fondo, una operación de ingeniería emocional al servicio de los grandes flujos.

Iturralde insiste en una idea incómoda: el mal ambiente entre Pekín y Washington no estaría disminuyendo, sino escalando por debajo del ruido. La clave, dice, es que la diplomacia pública se usa como sedante cuando la tensión amenaza con desordenar el precio del dinero. En esa tesis, Trump —presidente de EE. UU. desde enero de 2025— proyecta “normalidad” mientras el tablero se endurece.

En Negocios TV, el analista lo empaqueta como relato de conveniencia: una historia de paz útil para que el mercado no mire donde duele. La consecuencia es clara: si el inversor compra el gesto, el riesgo se mantiene en pie… hasta que el petróleo o los bonos lo derriban.

BlackRock y el incentivo de la calma

La pieza más polémica del argumento aparece cuando Iturralde pone nombre y apellidos al beneficiario del “decorado”: BlackRock. No como conspiración demostrada, sino como lógica de incentivos. Si los grandes gestores necesitan ventanas de liquidez —para rotar, para colocar, para reducir exposición—, la calma se convierte en un activo tan rentable como el propio índice.

Aquí conviene un dato frío: BlackRock declaró 14 billones de dólares en activos bajo gestión tras 698.000 millones de entradas netas en 2025. Esa escala exige mercados funcionales, no sobresaltos permanentes.

“Cuando te venden paz en titulares, revisa quién necesita tiempo para vender en bolsa”, viene a sugerir Iturralde. Y ese matiz, sin probar causalidad, sí explica por qué la narrativa importa tanto como el barril.

Irán y Ormuz: el cuello de botella que decide el precio del riesgo

El núcleo duro del análisis es energético. Iturralde sitúa Irán como ficha mayor: no solo por el conflicto en sí, sino por su capacidad de condicionar el sistema a través del Estrecho de Ormuz, un cuello de botella que, en 2024 y el primer trimestre de 2025, concentró más de una cuarta parte del comercio marítimo global de petróleo y alrededor de una quinta parte del consumo mundial de crudo y derivados.

Cuando ese paso se tensiona, el mercado no discute geopolítica: repricia inflación. Es exactamente lo que ya ha ocurrido en episodios recientes, con el petróleo empujando al alza rentabilidades y castigando a los sectores más sensibles a tipos. Iturralde lo plantea como estrategia: presión suficiente para disciplinar… sin necesidad de “ganar” una guerra clásica.

China, 2030 y la obsesión energética

En la lectura de Iturralde, Xi Jinping entiende que Oriente Medio no es un teatro regional: es el interruptor de la independencia energética china. De ahí el horizonte 2030 como fecha simbólica: consolidar rutas, proveedores y autonomía suficiente para no quedar rehén de un chokepoint.

La propia Agencia Internacional de la Energía subraya por qué China mira Ormuz con lupa: en 2025 pasaron por el estrecho casi 15 millones de barriles diarios, cerca del 34% del comercio mundial de crudo, y China e India recibieron conjuntamente el 44% de esas exportaciones.

El contraste con el mensaje público es demoledor: se habla de cooperación, pero el tablero real es de dependencias. Y las dependencias, cuando se usan como arma, no generan paz: generan precio.

Ucrania como segunda pinza

Iturralde no aísla Oriente Medio. Introduce Ucrania como segunda capa: una guerra larga que desgasta a Europa y, de paso, mantiene a Occidente consumiendo recursos políticos, industriales y presupuestarios. La consecuencia financiera —dice— es un dólar reforzado por la demanda de seguridad, y un continente europeo más frágil, más caro de financiar y con menos margen para una estrategia propia.

No hace falta abrazar toda la tesis para ver el mecanismo: energía cara y riesgo geopolítico elevan la prima exigida por el capital. Y cuando sube el coste del dinero, la economía real se enfría. Es ahí donde Iturralde conecta la geopolítica con el inversor minorista: el drama empieza en el bono, pero termina en la hipoteca.

BRICS y la fantasía de la desdolarización inmediata

El analista también mete a los BRICS en la ecuación: el bloque como aspiración de contrapeso al dólar, pero con fracturas internas que limitan su potencia real. Su diagnóstico es inequívoco: la desdolarización puede ser tendencia, pero no es interruptor. Exige infraestructuras de pagos, disciplina monetaria y confianza jurídica, tres variables que no se construyen a golpe de cumbre.

Aquí el mensaje vuelve a ser de mercado: el dólar se sostiene no solo por poder, sino por liquidez. Y la liquidez, mientras no haya alternativa equivalente, continúa imponiendo reglas. Iturralde sugiere que ese “amago” de ruptura se usa más como negociación que como salida real.

La pieza final es casi psicológica: si los índices parecen inmunes a todo, quizá no sea porque el riesgo desapareció, sino porque alguien lo está “administrando”. Iturralde sostiene que el supuesto acercamiento Trump-Xi funcionaría como señal tranquilizadora para mantener el mercado en pie, mientras los conflictos se gestionan por niveles: suficiente tensión para condicionar energía y alianzas, pero sin incendiar el sistema de golpe.

Lo más grave es que ese equilibrio es inestable. Porque Ormuz no necesita cerrarse por completo para hacer daño: basta con elevar el miedo, encarecer seguros, ralentizar rutas y sembrar incertidumbre. Y en ese punto, el mercado deja de escuchar discursos: empieza a mirar la factura.

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