ALFREDO JALIFE: "Trump está perdiendo en Ucrania y en Irán al mismo tiempo. Es un golpe histórico"

Alfredo Jalife analiza en el Foro Económico Internacional de San Petersburgo la derrota simultánea de Donald Trump en Ucrania e Irán, la crisis financiera global y el cambio de paradigmas en la geopolítica internacional, con un especial enfoque en las implicaciones económicas y estratégicas para Occidente y la Unión Europea.
Imagen del Foro Económico Internacional de San Petersburgo con Vladímir Putin y representantes de diversos países, símbolo de la encrucijada geopolítica actual.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
ALFREDO JALIFE: "Trump está perdiendo en Ucrania y en Irán al mismo tiempo. Es un golpe histórico"

El SPIEF de San Petersburgo volvió a ser algo más que un escaparate económico: fue un termómetro del nuevo orden que se ensaya a puerta entreabierta. Alfredo Jalife interpreta el momento como el síntoma de un repliegue occidental en dos frentes que se cruzan en el mismo punto: Ucrania e Irán.
Putin no solo rechazó reunirse con Zelenski; marcó jerarquía, subrayando que los acuerdos “relevantes” se deciden con Washington, no con Kiev.
En Oriente Medio, Irán utiliza el estrecho de Ormuz como palanca estratégica, elevando el coste financiero de la presión.
La consecuencia, según esta lectura, es un mundo donde la geopolítica vuelve a fijar precios: energía, capital y estabilidad política.

El portazo a Zelenski como mensaje de fuerza

La negativa de Putin a un cara a cara con Volodímir Zelenski se leyó en clave de calendario y de legitimidad. Jalife sostiene que el Kremlin considera a Kiev un actor subordinado y, en consecuencia, reduce la utilidad de una cumbre bilateral sin “marco” previo. No es diplomacia, es arquitectura de poder: si Rusia se sienta, lo hará cuando la transacción esté madura y con quien reconoce como contraparte decisiva.

La insinuación más corrosiva es la que afecta al estatus político ucraniano: la idea de un “fin de mandato constitucional” convertiría cualquier negociación en un debate sobre quién firma y en nombre de quién. En ese terreno, Moscú gana tiempo y erosiona al adversario sin disparar. La paz, así, queda reubicada como producto de un pacto mayor, no de un gesto público. Y lo más grave es el mensaje que se envía a Europa: no habrá atajos que permitan desescalar sin aceptar la lógica del Kremlin.

Washington en segundo plano y la discreción como síntoma

Uno de los elementos que Jalife subraya es la discreción de los emisarios estadounidenses en San Petersburgo. Menos declaraciones, menos protagonismo, menos exhibición. No prueba, por sí sola, una retirada; pero sí sugiere una pausa táctica: cuando el coste reputacional sube, la influencia se ejerce en pasillos, no en plenarios. Ese hecho revela un cambio de tono respecto a etapas anteriores, cuando cada movimiento se convertía en relato.

En paralelo, Jalife conecta esa discreción con una supuesta lógica de “compromisos previos” con Donald Trump: acuerdos que se negocian directamente con Washington y dejan a Kiev en un plano instrumental. «Putin no está rechazando hablar; está eligiendo con quién y desde qué condiciones se habla», desliza el analista en una formulación que encaja con su tesis central: el conflicto ya no es solo territorial, sino de mando y control del tablero.

El canal del estrecho de Bering y la guerra de las rutas

La mención a megaproyectos como el canal del estrecho de Bering apunta a una dimensión que suele quedar fuera del foco: la geoeconomía de infraestructura. Jalife interpreta estas obras como una declaración de intenciones: Rusia quiere “anclar” rutas alternativas que reduzcan el poder occidental sobre el comercio marítimo. En términos prácticos, no se trata solo de ingeniería; se trata de quién controla los cuellos de botella, las cadenas logísticas y la capacidad de castigar con sanciones.

Las cifras, aunque sujetas a proyecciones, ilustran el tamaño del juego: un proyecto de esa magnitud se movería en órdenes de decenas de miles de millones y décadas de ejecución. La lectura política es inmediata: si el mundo se fragmenta en bloques, cada bloque busca su propia autopista. Y cuando las autopistas cambian, cambian los centros de poder. El diagnóstico es inequívoco: la guerra también se libra con hormigón.

Donbás, litio y el negocio de la reconstrucción

En la tesis de Jalife, el Donbás es menos “frontera” y más “bóveda”. El conflicto se entendería como disputa por depósitos de litio —estratégico para baterías, defensa e industria— cuyo valor agregado podría alcanzar cifras de billones en un ciclo largo de transición energética. Ahí encajan los nombres propios: planes de reconstrucción y extracción donde aparecen gigantes financieros como BlackRock o JP Morgan, convertidos en símbolos de un capitalismo que ve oportunidad donde otros ven ruina.

«No es solo territorio: es el control del recurso que alimenta la revolución verde y la siguiente década tecnológica», plantea el analista. Esa afirmación, más allá de su literalidad, apunta a un fenómeno real: la minería crítica se ha convertido en política exterior. Y en ese marco, Ucrania deja de ser únicamente una guerra; pasa a ser un activo estratégico disputado.

La grieta financiera: capital, Suiza y la burbuja de la IA

Jalife introduce un ángulo que inquieta: la posibilidad de contagio financiero. Habla de restricciones de capital incluso en firmas de capital privado y de dificultades en banca suiza como señales tempranas de estrés. A ello suma la implosión de la burbuja especulativa en inteligencia artificial y el peso de “miles” de derivados conectados a la economía global. La comparación que sobrevuela es deliberada: un cóctel “peor que 2008”.

Aunque el sistema hoy tiene más colchones regulatorios, el punto de fondo es verosímil: cuando la liquidez se encarece, los activos más sobrevalorados corrigen primero y arrastran financiación, crédito y confianza. El mercado lo ha recordado con movimientos recientes en chips y tecnología, donde caídas del 6% al 10% en líderes no son anomalía, sino advertencia. La consecuencia es clara: la geopolítica dispara energía; la energía empuja inflación; la inflación endurece bancos centrales; y el dinero caro pincha excesos.

Ormuz, Bab el-Mandeb y la UE como perdedora colateral

En Oriente Medio, Jalife describe a Irán como actor que ha aprendido a golpear donde más duele: en el flujo. Por Ormuz transita cerca del 20% del petróleo mundial, y cualquier amenaza —real o percibida— añade prima al barril, al seguro y a la cadena logística. Teherán, con estrategia asimétrica, no necesita una guerra abierta para tensionar a Occidente: le basta con convertir el mapa marítimo en un factor de precio. De ahí la advertencia sobre otros puntos como Bab el-Mandeb.

En este tablero, la UE emerge como la gran perjudicada: dependencia energética, tensiones internas y una línea dura institucional que choca con la realidad del gas licuado. Jalife apunta a un escenario donde ganan peso corrientes más diplomáticas, no por convicción, sino por necesidad. Cuando la energía manda, la política exterior se vuelve un cálculo de supervivencia.

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