Santiago Armesilla propone cerrar bases de EEUU en Europa para frenar a Trump
Armesilla reclama una respuesta de fuerza ante la deriva expansionista de Washington en el Ártico y la fragilidad jurídica de la OTAN
La polémica sobre la soberanía en Groenlandia ha dejado de ser una excentricidad diplomática para convertirse en un síntoma de algo mucho más profundo: la ruptura de confianza dentro de la OTAN. Las palabras de Santiago Armesilla, reclamando abiertamente el cierre de las bases militares de Estados Unidos en suelo europeo, cristalizan un malestar que venía gestándose desde hace años. A su juicio, Washington ya no actúa como garante de seguridad, sino como potencia que utiliza Europa como plataforma para una estrategia de expansión hacia el Ártico.
La tensión es evidente: más de 100 instalaciones militares estadounidenses en el continente dependen de acuerdos firmados en otro contexto histórico. Hoy, el mapa ha cambiado. Para algunos analistas, el dilema ya no es si Europa puede permitirse desafiar a EEUU, sino si puede permitirse no hacerlo sin perder lo que le queda de soberanía política.
Groenlandia, el nuevo epicentro del poder
Armesilla parte de una premisa clara: Groenlandia es mucho más que un trozo de hielo. Bajo su superficie se esconden recursos estratégicos —tierras raras, hidrocarburos, nuevas rutas marítimas— que, con el deshielo acelerado, dejan de ser una hipótesis geológica para convertirse en activos explotables a medio plazo. Se calcula que el Ártico podría concentrar hasta un 13% del petróleo y cerca del 30% del gas natural sin descubrir del planeta. No es casualidad que Washington mire hacia el norte con un interés casi obsesivo.
Lo que hace saltar las alarmas en Europa no es solo la ambición estadounidense, sino el cambio de tono. Ya no se habla únicamente de cooperación y seguridad compartida, sino de presencia permanente, despliegue avanzado y “protección de rutas” que pasan a estar bajo interpretación unilateral de EEUU. En ese marco, Groenlandia deja de ser una cuestión bilateral entre Washington y Copenhague para convertirse, en palabras de Armesilla, en “una prueba de estrés para la soberanía europea en su conjunto”.
La consecuencia es clara: cada gesto sobre la isla proyecta una sombra sobre el futuro de la OTAN, sobre la relación con Rusia y China y, en última instancia, sobre la capacidad de Europa para definir su propio interés.
La jugada de Washington en el Ártico
Según Armesilla, la estrategia de Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump —y más allá de su figura concreta— se puede resumir en tres vectores: aislar a Canadá, expulsar a Rusia del tablero y contener el avance silencioso de China en las rutas polares. El Ártico se concibe como un corredor clave por el que, en unas décadas, podría circular hasta un 15% del comercio marítimo mundial, gracias al acortamiento de las rutas entre Asia y Europa.
En este esquema, Groenlandia funciona como plataforma logística, base de vigilancia y punto de apoyo para sistemas de defensa antimisiles y control aéreo. No es solo territorio; es palanca de proyección militar. Armesilla sostiene que esta lógica no puede mantenerse sin un coste directo para la soberanía europea, porque convierte el norte del continente en una retaguardia automática de los planes estadounidenses, con poca o ninguna capacidad de veto por parte de los aliados.
“Lo que se está dibujando es un cinturón militar norteamericano que va del Ártico al Mediterráneo, pasando por bases en Reino Unido, Alemania, Italia o España”, advierte. A su juicio, esta concentración de poder incrementa el riesgo de que Europa quede arrastrada a una escalada con Rusia o China sin haber tomado realmente la decisión de participar.
Europa entre la sumisión y el cierre de bases
La propuesta de Armesilla es tan simple como explosiva: cerrar progresivamente las bases de EEUU en Europa para obligar a Washington a negociar en términos distintos. No se trataría solo de un gesto simbólico, sino de reordenar una arquitectura de seguridad que descansa en unos 70.000 militares estadounidenses desplegados en el continente y en una red de instalaciones que se remontan, en algunos casos, a los años cincuenta.
El problema es que esta red no solo tiene una dimensión militar, sino también económica y política. Muchos municipios dependen del gasto asociado a esas bases; varios gobiernos han utilizado su presencia como garantía frente a amenazas percibidas, especialmente en el flanco este. Cerrar o reducir drásticamente ese despliegue obligaría a Europa a aumentar su propio gasto en defensa —muy por encima del 2% del PIB que la OTAN marca como objetivo— y a asumir responsabilidades que hasta ahora delegaba en Washington.
Armesilla no niega ese coste, pero sostiene que la alternativa es peor: “Si Europa no controla quién, cómo y para qué utiliza su territorio, no puede hablar de soberanía real”. Entre la sumisión y la ruptura total, algunos plantean una vía intermedia: revisión profunda de los acuerdos de estacionamiento, límites claros de uso y cláusulas de no implicación automática en operaciones fuera del mandato de defensa colectiva.
Dinamarca, Canadá y el frente jurídico olvidado
El caso de Dinamarca se ha convertido en un termómetro de la tensión. Según deslizan diversos análisis, sectores de la inteligencia danesa empiezan a ver a Estados Unidos como riesgo potencial para su propia seguridad, no por una amenaza directa, sino por la posibilidad de quedar atrapados en un conflicto que no han elegido. Si Groenlandia se consolida como plataforma militar agresiva, Copenhague podría verse forzado a asumir un papel que choca con su tradición de Estado de derecho y diplomacia multilateral.
Canadá, por su parte, aparece como víctima colateral. Una jugada que busque aislarla en el Ártico debilitaría su margen de maniobra en organismos como el Consejo Ártico y podría convertirla en un actor secundario en su propia región. El derecho internacional del mar, las delimitaciones de plataformas continentales y los acuerdos sobre pasos marítimos se vuelven entonces campo de batalla silencioso, donde cada nota diplomática pesa tanto como un buque de guerra.
Armesilla insiste en que “el verdadero conflicto no es solo militar, sino jurídico”. Si se normaliza que una potencia reinterprete a su favor el marco legal en función de su fuerza, el famoso “poder normativo” europeo queda reducido a retórica. La batalla por Groenlandia, en este sentido, es también una batalla por saber si el marco jurídico internacional tiene aún capacidad real para frenar la ley del más fuerte.
La OTAN ante su mayor fractura interna
La polémica sobre Groenlandia actúa como catalizador de una fractura intrahegemónica que venía de lejos. Por un lado, están los países del Este de Europa, que ven en Estados Unidos el único garante creíble frente a Rusia y consideran cualquier debate sobre el cierre de bases como una temeridad. Por otro, un bloque creciente de voces en Europa occidental que cuestionan que la seguridad del continente deba seguir articulándose en torno a las prioridades de Washington.
Emiliano García Coso, otro de los analistas citados, advierte de un escenario extremo: “Si EEUU llega a plantear una ocupación militar formal o una presencia irreversible en territorios estratégicos como Groenlandia, la OTAN puede estallar por dentro”. No se trataría de una ruptura súbita, sino de un desgaste prolongado: falta de consenso en operaciones, bloqueos en la toma de decisiones, y países que empiezan a mirar fuera de la alianza para garantizar su seguridad energética y comercial.
La consecuencia es inquietante: una OTAN que, sobre el papel, sigue existiendo, pero que en la práctica se convierte en un marco vacío, incapaz de conciliar intereses divergentes. La pregunta ya no es si hay que reformarla, sino si es posible hacerlo sin reconocer que el liderazgo estadounidense se ha convertido al mismo tiempo en activo y problema para Europa.
China como alternativa económica, no militar
Frente a la presión militar de Estados Unidos, algunos expertos —incluidos Armesilla y Mamani— señalan una vía distinta: reforzar la cooperación económica con China como contrapeso geopolítico. Durante los últimos años, el gigante asiático se ha consolidado como uno de los principales socios comerciales de la Unión Europea, concentrando alrededor de un 15% del comercio de bienes de la UE. Esa interdependencia, bien gestionada, podría convertirse en una palanca de autonomía.
La idea no es sencilla. China es, a la vez, socio, competidor y rival sistémico para Bruselas. Cualquier acercamiento más decidido genera desconfianza en Washington y abre nuevos debates internos sobre derechos humanos, dependencia tecnológica y seguridad de infraestructuras críticas. Sin embargo, la alternativa de seguir dependiendo casi en exclusiva del paraguas estadounidense también tiene un precio: renunciar a margen de maniobra en cuestiones clave como Groenlandia, el Ártico o la regulación de rutas comerciales.
“Una Europa que solo mira a Washington se condena a ser patio trasero”, resume Armesilla. Por eso plantea utilizar el eje comercial con China —y con otras potencias emergentes— no como sustituto de la relación transatlántica, sino como palanca negociadora frente a un aliado que, hoy, actúa muchas veces como poder tutelar más que como socio.
