El ‘paripé’ perfecto: la tesis de Iturralde tras Maduro
Alberto Iturralde, analista de Operativa DAX, presenta una interpretación disruptiva sobre la captura de Nicolás Maduro, sugiriendo que se trató de una operación pactada con Estados Unidos para favorecer intereses estratégicos, con implicaciones que van desde América Latina hasta Europa, Rusia y Oriente Medio.
La coyuntura política en Venezuela y su impacto en el tablero internacional vuelve a girar en torno a la controvertida figura de Nicolás Maduro. Cada episodio de tensión con Washington reabre las mismas preguntas: ¿ataque real o guion calculado? El analista financiero y geopolítico Alberto Iturralde, con décadas siguiendo los mercados y las crisis internacionales, propone una lectura radical y poco ortodoxa de la última crisis entre Caracas y Estados Unidos. Según su hipótesis, más que una embestida unilateral, estaríamos ante una escenificación pactada para asegurar intereses estratégicos a ambos lados. El resultado sería demoledor para el ciudadano medio venezolano, convertido en pieza prescindible de una partida donde se juegan petróleo, influencia regional y equilibrios globales.
Una hipótesis que incomoda a todos
Iturralde no matiza ni rebaja su planteamiento: sostiene que la última gran operación contra el régimen chavista no puede entenderse solo como un ataque clásico, sino como parte de un guion en el que Maduro habría aceptado desempeñar un papel muy concreto. La ausencia de una respuesta militar contundente, ciertos silencios en la cúpula castrense y el encaje político posterior alimentan, en su opinión, la sospecha de una salida negociada más que de una derrota abrupta.
El analista recuerda que el chavismo lleva más de dos décadas gobernando un país que fue uno de los grandes exportadores de crudo del mundo, y que al mismo tiempo ha visto cómo más de siete millones de venezolanos abandonaban el país en una diáspora sin precedentes en la región. En ese contexto, la reacción de parte de la estructura del régimen ante la última crisis resulta, como mínimo, extrañamente contenida.
Según Iturralde, “no encaja la narrativa de asalto total con la actitud de un aparato que, si se siente realmente atacado, debería reaccionar de forma mucho más desesperada”. Su tesis incomoda tanto a quienes defienden la versión oficial estadounidense como a quienes prefieren ver en Maduro solo a una víctima de la injerencia exterior.
La ‘escenificación’ pactada: héroe y no traidor
El corazón de la hipótesis de Iturralde está en la idea de escenificación pactada. El analista plantea que ciertos movimientos —la forma de la operación, el relato posterior, el papel de algunos aliados internos— encajarían mejor si se acepta que lo que se busca es permitir a Maduro retirarse como “héroe” capturado por el enemigo, y no como traidor señalado por los suyos.
En esa lógica, episodios llamativos como la detención o exposición pública de figuras clave del entorno, incluido el caso de Cilia Flores, no serían solo golpes de efecto, sino piezas necesarias para construir una narrativa épica hacia el interior del chavismo. Se trataría de proteger al núcleo duro del proyecto político de la acusación más temida en esos entornos: la de haber entregado el poder a cambio de impunidad.
“Maduro no puede irse como un simple presidente derrotado; necesita irse como el líder que cayó luchando contra el imperio”, resume Iturralde. La consecuencia es clara: el pueblo venezolano ve cómo la operación se presenta como un episodio dramático, pero el resultado práctico se parece demasiado a un reparto de cartas entre élites, donde la continuidad del sistema pesa más que la rendición de cuentas.
El petróleo, el gran botín escondido
Detrás de la retórica ideológica, Iturralde sitúa un motor muy concreto: el petróleo venezolano. Venezuela llegó a controlar alrededor de una sexta parte de las reservas probadas de crudo del planeta, y aunque su producción se ha desplomado, el subsuelo sigue siendo un activo colosal. El analista sostiene que el interés de Estados Unidos no es nuevo, pero sí habría entrado en una fase diferente: ya no se trataría solo de presionar al régimen, sino de rediseñar la propiedad y el control del negocio energético.
En su lectura, una operación pactada permitiría a Washington garantizar que los futuros contratos, concesiones y reestructuraciones de deuda se ciñan a un esquema favorable a las grandes petroleras occidentales, a costa de desplazar progresivamente a otros actores, en especial China. Durante los últimos años, Pekín se ha convertido en un acreedor clave del Estado venezolano, recibiendo millones de barriles de crudo como pago de préstamos por importes que se calculan en varios miles de millones de dólares.
El diagnóstico de Iturralde es inequívoco: el guion de esta crisis solo se entiende si se observa cómo una eventual “normalización” política en Caracas puede desembocar, en pocos años, en una reconfiguración total del mapa de propiedad del petróleo venezolano, con el ciudadano de a pie relegado al papel de espectador.
Un pueblo atrapado entre relatos y sanciones
Mientras tanto, la realidad cotidiana de la población venezolana apenas mejora. Tras más de una década de colapso económico, informes independientes han llegado a situar la pobreza por encima del 80% y la pobreza extrema por encima del 50% en algunos años. La hiperinflación vació los ahorros de millones de familias y obligó a rebuscar en dólares, criptomonedas o trueque para sobrevivir. La crisis ha sido tan prolongada que más de uno de cada cinco venezolanos vive hoy fuera del país.
Iturralde subraya la paradoja: “Se habla de geopolítica, de ataques y de conspiraciones, pero al final la factura siempre la paga el mismo: el ciudadano que hace cola para comprar comida o medicinas”. Las sanciones internacionales, diseñadas teóricamente para presionar al régimen, han terminado estrangulando también a sectores productivos y servicios básicos.
Cada sobresalto político se traduce en nuevas subidas de precios, en un tipo de cambio más volátil y en una sensación de incertidumbre permanente. Incluso cuando el régimen y Washington parecen coordinarse, al menos en términos de calendario, la población sigue atrapada en un tablero donde la prioridad no es reconstruir el tejido productivo, sino ordenar quién se queda con los activos estratégicos.
Europa y Rusia: cómplices pasivos o rehenes
El análisis de Iturralde no se detiene en el eje Caracas-Washington. En su opinión, la reacción de Europa y Rusia ante la última crisis revela hasta qué punto la autonomía estratégica de ambas potencias está condicionada por otros frentes. Bruselas emite comunicados, pide respeto a los derechos humanos y anuncia alguna ayuda humanitaria adicional, pero evita confrontar abiertamente la lógica estadounidense en Venezuela.
Para el analista, hay varias razones. La primera, puramente estratégica: una Unión Europea dependiente en más del 90% de su capacidad militar de la OTAN tiene poco margen para desafiar una operación impulsada desde Washington. La segunda es más incómoda: la sospecha de que algunos dirigentes europeos podrían estar hipotecados por casos de corrupción, financiación opaca o debilidades financieras que se conocen en círculos de inteligencia y que funcionan como palancas de presión.
Rusia, por su parte, aparece como actor retórico pero prudente. Condena la injerencia, respalda a sus aliados de palabra y agita el discurso antiestadounidense, pero evita dar pasos que puedan comprometer sus propias prioridades en otros escenarios, especialmente en Europa del Este. El contraste con su tono en otros conflictos revela, según Iturralde, que Venezuela es para Moscú un activo negociable, no un pilar estratégico.
La sombra de la Delta Force sobre Oriente Medio
El repaso geopolítico de Iturralde desemboca necesariamente en Oriente Medio. El analista recuerda que la élite militar estadounidense —y en particular unidades como la Delta Force— tienen un margen de acción limitado. No en capacidad técnica, sino en número, desgaste y coste político. Diseñar operaciones de alto impacto requiere meses de preparación, inteligencia sofisticada y un factor sorpresa que no siempre es replicable.
De ahí su advertencia: “Si se lanza un golpe de efecto en Venezuela y al mismo tiempo se mantiene la tensión con Irán, Irak, Siria o el Golfo, el riesgo de sobreactuación es enorme”. Una intervención fallida en un país como Irán, con más de 80 millones de habitantes, redes de milicias regionales y capacidades misilísticas, no se parecería en nada a una operación contra un régimen debilitado y aislado.
Iturralde ve en el caso venezolano una especie de ensayo general: probar hasta dónde está dispuesto a llegar Washington, medir la reacción de sus aliados y adversarios, y afinar un modelo de intervención combinada —militar, financiera y mediática— que pueda reutilizarse en otros escenarios. El problema, insiste, es que esos experimentos rara vez calculan el impacto real sobre las sociedades que quedan en medio.
