Washington ha probado un atajo que, sobre el papel, ni existe. A pocas semanas del arranque del Mundial 2026 —el primero con 48 selecciones— un enviado de Donald Trump trasladó a la FIFA la idea de sacar a Irán y “repescar” a Italia. El movimiento, revelado por Financial Times y amplificado por agencias, ha abierto un frente diplomático con efectos colaterales inmediatos: visados, seguridad, patrocinadores y la credibilidad del torneo. Lo más grave es el precedente que insinúa: que el negocio del fútbol puede reescribirse a golpe de geopolítica.

Diplomacia deportiva en plena guerra

La propuesta pivota sobre un hecho incómodo: Estados Unidos, coanfitrión del Mundial junto a Canadá y México, está en conflicto abierto con Irán. En ese contexto, Paolo Zampolli —presentado como enviado especial para “alianzas globales”— habría planteado a Gianni Infantino un reemplazo tan simbólico como útil para la narrativa interna: Italia, cuatro veces campeona, en lugar de la selección iraní ya clasificada. Distintos medios internacionales enmarcan la maniobra como un intento de rebajar tensiones con Roma y recuperar sintonía con Giorgia Meloni, en un momento en el que la relación bilateral se había enfriado por la escalada en Oriente Próximo y el ruido político asociado.

En la letra pequeña, sin embargo, el intercambio chocaría con dos realidades: la FIFA no es una oficina de aduanas y, además, Italia no ganó su plaza. De hecho, Roma ha reaccionado con una frialdad que desarma el titular: el ministro de Deportes, Andrea Abodi, lo calificó de “inapropiado” y otras voces lo deslizaron como “vergonzoso” para la meritocracia del deporte.

Por qué la FIFA no puede “repescar” a la Azzurra

El diagnóstico es inequívoco: la clasificación para un Mundial se rige por reglamentos confederativos y decisiones del Consejo de la FIFA, no por preferencias del país anfitrión. Incluso si existiera un veto formal —que hoy no existe—, el reemplazo no podría saltar de Asia a Europa como si fuese una “wild card”. Si Irán se retirara voluntariamente o quedara imposibilitado por razones formales, el primer relevo dentro de la AFC no sería Italia, sino el mejor situado entre los no clasificados en su propia confederación.

Además, la FIFA ya ha reiterado en público que Irán “debe venir” y que su presencia está prevista, trasladando el foco al terreno práctico: permisos de entrada, seguridad y acompañantes. Ahí es donde la política puede presionar sin tocar el cuadro competitivo: restringiendo visados a personal no deportivo, elevando protocolos o condicionando sedes. Pero alterar una plaza por decreto abriría una grieta jurídica y reputacional con potencial de litigio, indemnizaciones y un terremoto entre federaciones.

Italia, un gigante fuera: coste político y fútbol agotado

Italia llega a esta historia desde una herida abierta. No es solo que se quedara sin Mundial; es que encadenaría el tercer torneo consecutivo fuera del escaparate global. Y lo hizo, además, con una eliminación que se leyó fuera como un golpe histórico: derrota ante Bosnia y Herzegovina en un partido de repesca que desnudó una decadencia más profunda que el marcador. Ese vacío tiene coste: para la federación, para los patrocinadores nacionales y para una liga que vende imagen de élite pero arrastra déficits estructurales de cantera, infraestructuras y gobernanza.

Que, justo ahora, alguien desde Washington ofrezca un “salvavidas” revela otra cosa: el atractivo comercial de la Azzurra sigue intacto. Sin embargo, Roma entiende la trampa. Aceptar una invitación política sería admitir que el sistema se dobla… y que Italia ya no impone respeto en el campo. Por eso la respuesta institucional ha sido seca: sin clasificación, no hay Mundial.

Irán: visados, seguridad y el tablero de Washington

Irán, por su parte, juega con dos barajas. La simbólica: reivindicar que se ganó el billete. Y la operativa: demostrar que puede competir en suelo estadounidense en plena escalada. Infantino ha insistido en que la selección iraní participará y que, si quiere representar a su pueblo, “debería jugar”. En Washington, el discurso se mueve entre la apertura al deportista y la sospecha hacia el entorno. El foco no está tanto en los once jugadores como en lo que viaja alrededor: delegaciones ampliadas, seguridad propia, personal técnico y posibles tensiones con la comunidad iraní en el exterior.

En privado, el propio Zampolli habría defendido que ver a Italia en un Mundial organizado por Estados Unidos sería “un sueño” y que su palmarés justificaría el gesto.

Precedentes incómodos: sanciones, expulsiones y reemplazos

El fútbol ya ha convivido con la geopolítica, pero casi siempre bajo otro marco: sanciones internacionales, decisiones disciplinarias o conflictos bélicos que impedían competir. Los precedentes que se citan en este debate —desde vetos a federaciones hasta reemplazos de última hora— no avalan una permuta caprichosa; más bien subrayan el coste institucional de tocar el tablero. Cada vez que la FIFA ha intervenido de forma extraordinaria, se ha enfrentado a una misma factura: acusaciones de arbitrariedad y un deterioro de confianza entre confederaciones.

La diferencia ahora es el momento: a menos de dos meses del inicio, cualquier sacudida se traduce en contratos de viaje, reservas hoteleras, pólizas y compromisos televisivos. La consecuencia es clara: incluso insinuar el cambio multiplica el ruido y encarece la gestión del riesgo, aunque nunca se ejecute.

El Mundial como negocio: patrocinio, seguros y reputación

En un Mundial ampliado a 48 equipos, el producto es más grande… y también más frágil. Cada selección aporta audiencias, mercados publicitarios y activaciones comerciales. Irán no es Italia en términos de “marca”, pero excluirlo por presión política sería dinamitar el argumento central del torneo: igualdad de reglas y clasificación deportiva. Ese hecho revela un dilema económico de primer orden: ¿qué vale más para la FIFA, el acceso al mercado y la narrativa de seguridad del anfitrión o la estabilidad jurídica del modelo?

Si el conflicto se trasladara a la logística —visados denegados a staff, cambios de sede, restricciones de movilidad— el impacto sería inmediato en los costes de seguridad privada, en los seguros de cancelación y en la planificación de las ciudades sede. Y si, en el peor escenario, la FIFA aceptara un reemplazo “a dedo”, la factura sería mayor: recursos, arbitrajes y una crisis de legitimidad que afectaría a futuros patrocinadores.