Washington huele a decapitación del régimen: Trump “siente” que Jameneí ha caído
Washington da por "válida" la información de la inteligencia israelí mientras los bombardeos desmantelan la capacidad estratégica y el mando de Teherán
El orden teocrático instaurado en Irán en 1979 ha sufrido este sábado un colapso estructural que sitúa al mundo ante una nueva geografía del poder en Oriente Medio. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha validado en una entrevista concedida a la cadena NBC las informaciones que apuntan a la muerte del Líder Supremo, Ali Jameneí, tras la ofensiva coordinada entre Washington y Tel Aviv. Aunque el mandatario ha evitado una confirmación oficial de carácter definitivo, ha sido tajante al afirmar que la Administración «siente» que la noticia es correcta, calificando la operación como un «éxito absoluto e inmediato». Con gran parte de la cúpula militar y política iraní declarada como «neutralizada» y las infraestructuras clave reducidas a cenizas, el diagnóstico es demoledor: la República Islámica ha sido decapitada en una maniobra de decapitación institucional forzada que deja a la potencia persa incapacitada para cualquier respuesta coordinada, lanzando a la economía global hacia un escenario de volatilidad energética sin precedentes.
El vacío de poder en el corazón de la teocracia
La desaparición de Ali Jameneí, de confirmarse por los canales biológicos forenses, representa el evento geopolítico más disruptivo de la década. Desde que asumiera el mando en 1989, el ayatolá ha sido el único árbitro capaz de sostener el delicado equilibrio entre la Guardia Revolucionaria (IRGC), el clero chií y la burocracia estatal. Este hecho revela que la «Operación Epic Fury» no fue diseñada como una campaña de castigo, sino como una intervención de aniquilación sistemática del mando y control iraní. Al golpear el búnker de la máxima autoridad, la coalición ha fracturado el sistema de toma de decisiones de una nación de 90 millones de personas, sumiéndola en una parálisis operativa que Trump ha descrito como una «incapacidad esencial».
La consecuencia inmediata de este vacío es la orfandad estratégica de los proxies regionales. Sin el vértice de Teherán, grupos como Hezbolá o las milicias en Irak pierden no solo su financiación, sino su dirección ideológica y logística. El diagnóstico de los servicios de inteligencia occidentales es nítido: el régimen se ha desmoronado desde la cúspide, impidiendo que los protocolos de represalia balística se activen de forma masiva. Este escenario de descabezamiento total es el que permite a Netanyahu y Trump instar ahora a la población civil a «tomar las riendas de su propio destino», aprovechando un vacío de autoridad que la Guardia Revolucionaria, golpeada en sus centros de mando, es incapaz de llenar.
La audacia de la incursión aérea y cibernética ejecutada este sábado ha superado los pronósticos más agresivos de los analistas de defensa. Al confirmar que gran parte del liderazgo iraní ha sido eliminado, Trump ratifica la eficacia de una tecnología de quinta generación que ha convertido los sistemas defensivos rusos S-300 en meras piezas de museo. Este hecho revela una asimetría tecnológica que Washington ha explotado para realizar un «formateo industrial» de Irán. Los bombardeos no se han limitado a objetivos militares; han desmantelado la infraestructura de comunicaciones y la jerarquía de la IRGC en ciudades clave como Isfahán, Qom y Karaj.
El diagnóstico militar es lapidario: Irán ha sido desarmado en su propio territorio nacional. La aniquilación de la industria misilística y la supresión de las defensas antiaéreas sitúan a la coalición en una posición de dominio absoluto del espacio aéreo. Según Trump, los ataques han infligido un «daño tremendo y sustancial» que tardará años, si no décadas, en ser reparado. La consecuencia técnica es que Irán ha perdido su estatus de potencia regional en menos de doce horas, demostrando que la saturación por drones y el sigilo de los F-35 han invalidado la doctrina de la «paciencia estratégica» que Teherán intentó proyectar durante los últimos años.
El fin de la disuasión persa: una industria en ruinas
La industria misilística de Irán, el gran orgullo del régimen y su principal herramienta de chantaje internacional, ha sido el epicentro del desastre. Trump ha confirmado que los ataques han arrasado los centros de producción y los silos de lanzamiento, reduciendo a escombros décadas de inversión financiada por los ingresos petroleros. Este hecho revela una voluntad política de desindustrialización militar selectiva. Washington no busca una tregua; busca que Irán deje de ser un actor capaz de proyectar fuerza fuera de sus fronteras. La aniquilación de la marina iraní, otra de las promesas del presidente, completa un cerco estratégico que deja a Teherán sin salida al mar y sin capacidad de amenaza balística sobre Europa o las bases estadounidenses.
La consecuencia económica para el régimen es la quiebra absoluta. Se estima que la destrucción de los activos militares y nucleares supone una pérdida patrimonial superior a los 150.000 millones de dólares. El diagnóstico para los próximos años es de una asfixia total; sin capacidad de exportación protegida y con sus centros tecnológicos en ruinas, Irán se enfrenta a un retroceso de su capacidad industrial de al menos veinte años. "Es como si estuvieran incapacitados, esencialmente", ha reiterado Trump, subrayando que la victoria no es solo táctica, sino estructural. La lección de esta noche es que, en el nuevo desorden mundial, la posesión de armamento sofisticado es inútil si no se cuenta con la capacidad de proteger los nodos de mando que lo operan.
El "sentimiento" de Trump como validación geopolítica
Resulta inusual en la diplomacia de alto nivel que un presidente valide una noticia de tal magnitud basándose en un «sentimiento», pero en la era de la información fragmentada, la palabra de Trump actúa como el disparador definitivo para los mercados. Al declarar que siente que la historia de la muerte de Jameneí es correcta, el mandatario estadounidense está otorgando legitimidad política a la era post-clerical en Irán. Este hecho revela que Washington ya no está esperando una confirmación oficial de Teherán —que difícilmente llegará de forma voluntaria— para empezar a actuar bajo la premisa de un cambio de régimen.
La consecuencia de esta validación es la apertura de una fase de ingeniería política forzada. Trump ha confesado tener una «idea muy buena» sobre quiénes deben heredar las ruinas del poder en Teherán, sugiriendo que la Administración ha mantenido contactos con facciones disidentes capaces de llenar el vacío. El diagnóstico de los expertos en relaciones internacionales advierte de que este pragmatismo transaccional ignora la complejidad de las luchas sectarias y étnicas dentro de Irán. No obstante, para la Casa Blanca, la eliminación de la cúpula es un fin que justifica los riesgos de una transición caótica. La lección de esta madrugada es que la realidad geopolítica ya no se construye sobre certezas, sino sobre la percepción de la fuerza y la eliminación física del adversario.
Araghchi EPA_ERDEM SAHIN
La fractura del mando y el escenario de insurrección
La confirmación de bajas masivas en el liderazgo iraní sitúa a la Guardia Revolucionaria ante su mayor test de estrés existencial. Sin Ali Jameneí y con sus comandantes de alto rango neutralizados, la IRGC se enfrenta a una fragmentación inminente. Netanyahu ha aprovechado esta debilidad para instigar una revolución interna: «La ayuda ha llegado. No perdáis esta oportunidad de cambiar vuestro destino. Inundad las calles y terminad el trabajo». Este hecho revela que la coalición fía el éxito final de la operación a que la población civil actúe como la infantería que Washington e Israel se niegan a desplegar sobre el terreno.
Sin embargo, el diagnóstico social es incierto. El miedo a los restos del aparato represivo de los ayatolás, los Basij, sigue siendo un factor de contención poderoso. La consecuencia podría ser una guerra civil de baja intensidad entre los leales al régimen y los sectores que ven en el bombardeo una liberación. Lo más grave es que este vacío de autoridad podría ser explotado por grupos extremistas en las fronteras de Irán, desestabilizando a vecinos como Pakistán e Irak. La apuesta de Trump es de un riesgo sistémico monumental: decapitar a un estado soberano para forzar una democracia desde las cenizas de una teocracia en ruinas.
Implicaciones económicas: el petróleo ante el bloqueo total
Para los parqués de todo el mundo, la «incapacitación» de Irán es el preludio de un lunes negro en los mercados energéticos. Con la marina iraní en proceso de aniquilación y el Estrecho de Ormuz convertido en una zona de combate, el suministro de 17 millones de barriles diarios está en el aire. Aunque el crudo Brent cerró la semana en los 71 dólares, los analistas de materias primas ya proyectan una apertura de mercado que podría situarse en el entorno de los 130 o 140 dólares. Este hecho revela la vulnerabilidad extrema de una economía global que depende de una arteria vital hoy bajo bloqueo militar de facto.
La consecuencia será una asfixia de la recuperación económica europea. España, con su alta dependencia energética, se asoma a un rebote inflacionario que destrozará cualquier previsión de bajada de tipos por parte del BCE. El diagnóstico es inequívoco: estamos ante un choque de oferta de proporciones históricas donde la victoria militar de Trump se traduce en un impuesto masivo sobre el consumo global. «La guerra se libra en Teherán, pero la factura se pagará en cada gasolinera de Occidente», señalan fuentes de la industria logística. El capital está huyendo hacia el oro y el dólar, ante la sospecha de que la caída del régimen iraní sea el detonante de una recesión mundial inducida por la energía.
El laberinto del "día después" en Oriente Medio
¿Qué puede pasar ahora tras la desaparición —física o funcional— de Ali Jameneí? El escenario más probable es un periodo de anarquía institucional en el que las potencias regionales, como Arabia Saudí y Turquía, intentarán expandir su influencia en el vacío dejado por Irán. Este hecho revela que el equilibrio de fuerzas que ha regido el Golfo durante cuarenta años ha dejado de existir. La consecuencia final será una reconfiguración del mapa del poder mundial, donde el unilateralismo militar de los Estados Unidos vuelve a ser la norma tras décadas de repliegue estratégico.
La noche del 28 de febrero de 2026 marca el certificado de defunción de la República Islámica tal y como la conocíamos. El diagnóstico final es el de una superpotencia que ha decidido que el riesgo de la aniquilación es preferible a la incertidumbre de la diplomacia. Mientras Trump asegura que la operación es «ya un éxito», el mundo contiene el aliento ante un lunes que promete ser el más volátil de la historia reciente de Wall Street. La lección es amarga: en el nuevo siglo, la soberanía termina donde empieza el interés de seguridad nacional de una superpotencia decidida a usar sus bombas para redibujar el destino de las naciones.