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Lo que no vio venir Trump: la fractura silenciosa de la OTAN y los nuevos países en la mira

La combinación de errores de cálculo en Washington, fatiga estratégica europea y ambiciones rusas abre una brecha interna en la alianza atlántica que ya coloca a varios países al borde de un nuevo ciclo de inestabilidad

Thumbnail del vídeo mostrando un montaje con Donald Trump y símbolos de la OTAN, reflejando la tensión y fractura analizada.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Lo que no vio venir Trump: la fractura silenciosa de la OTAN y los nuevos países en la mira

El mundo no ha levantado el pie del acelerador y la geopolítica se mueve hoy más rápido que la capacidad de reacción de sus propios protagonistas.
En este contexto acelerado, Donald Trump ha cometido un error de cálculo que muchos en la OTAN solo admiten en privado: subestimó la capacidad de reorganización de sus adversarios y la fragilidad de sus aliados.


La consecuencia es una fractura interna creciente en la alianza atlántica, donde ya no todos reman en la misma dirección y donde cada capital mide más sus intereses nacionales que la cohesión del bloque. Al mismo tiempo, países ya tensionados —desde Venezuela a varias naciones del Este de Europa— se convierten en piezas vulnerables en un tablero que otros actores, como Rusia, saben leer con inquietante paciencia.
La pregunta, incómoda pero inevitable, es si Occidente está entrando en una fase de vulnerabilidad estructural justo cuando más presume de fortaleza militar y económica.

Un tablero que se mueve más rápido que las potencias

El rasgo definitorio del momento actual es la velocidad. Las crisis dejan de ser episodios aislados para convertirse en oleadas solapadas: guerra en Europa del Este, tensiones energéticas, cambios de régimen en América Latina, presión en Oriente Medio y una carrera tecnológica que multiplica los frentes.

En ese contexto, las democracias occidentales se han mostrado lentas en el análisis y fragmentadas en la respuesta. Donde antes había reflejos casi automáticos —Consulta en la OTAN, coordinación con Bruselas, comunicación cuidadosa— hoy predominan reacciones improvisadas, agendas nacionales y mensajes contradictorios.

El diagnóstico es inequívoco: mientras las potencias occidentales aún discuten marcos estratégicos diseñados hace veinte o treinta años, sus adversarios han aprendido a operar en los márgenes, aprovechando vacíos, zonas grises legales y el cansancio de opiniones públicas saturadas.

En ese ecosistema, cualquier paso en falso no se queda en un error puntual, sino que desencadena reacciones en cadena: aliados que se distancian, socios que miran hacia otros protectores y regímenes que sienten que es el momento de ajustar cuentas. La sensación de control que transmitía el relato occidental hace apenas una década ha dado paso a una gestión permanente de daños.

El error de cálculo que desató las grietas

En este punto aparece la figura de Donald Trump. Su estilo disruptivo, admirado por unos y detestado por otros, tuvo un efecto indiscutible: movió piezas que nadie se atrevía a tocar. Sin embargo, la otra cara de esa audacia es un error de cálculo de largo alcance.

Trump apostó por una estrategia de presión intensa sobre aliados y adversarios, asumiendo que la correlación de fuerzas era tan favorable a Estados Unidos que cualquier sacudida acabaría reforzando su liderazgo. Pero subestimó dos factores clave:

  • La capacidad de sus rivales para reordenarse y explotar sus divisiones internas.

  • Y el grado de fatiga de aliados que ya arrastraban años de ajustes, crisis financieras y desgaste social.

Lo más grave es que las grietas que hoy vemos no nacen de un solo movimiento, sino de una cadena de decisiones cortoplacistas, diseñadas más para el impacto inmediato que para la coherencia estratégica. “Quienes se sentían invencibles han descubierto que el tablero puede girarse en su contra en cuestión de meses”, admite en privado un diplomático europeo.

Ese error de percepción ha dejado un legado incómodo: una alianza más armada, pero menos segura de sí misma, y un clima en el que cada gesto de Washington se interpreta tanto en clave de protección como de riesgo.

Una OTAN dividida entre el discurso y la realidad

La OTAN se presenta ante el mundo como un bloque compacto de 32 aliados dispuestos a defenderse mutuamente bajo el paraguas del artículo 5. Sobre el papel, el mensaje sigue siendo el de siempre: unidad, interoperabilidad, disuasión. Pero tras la puesta en escena, la realidad se ha vuelto mucho más matizada.

En privado, varios gobiernos reconocen que las líneas rojas ya no son compartidas. Mientras algunos miembros del Este exigen respuestas contundentes y permanentes frente a Rusia, otros socios occidentales recelan de un compromiso ilimitado, tanto en gasto como en exposición militar.

La cuestión del 2 % del PIB en defensa, convertida en símbolo bajo la presidencia de Trump, ha dejado cicatrices:

  • Una parte de los aliados ha acelerado su gasto militar, algunos superando ya el 2,5 %.

  • Otros apenas han avanzado unas décimas, alimentando acusaciones de “free riding” y desconfianza soterrada.

El resultado es una alianza en la que los discursos públicos de unidad chocan con debates internos cada vez más ásperos, donde ya se plantea, aunque sea en voz baja, si todos los socios estarían realmente dispuestos a pagar el mismo precio ante un choque directo. Esa duda, simplemente formulada, es en sí misma un regalo para Moscú.

Tensión soterrada: gasto, agendas y fatiga estratégica

Por debajo de las fotos de familia, la lista de fricciones se alarga. Reparto de cargas, prioridades regionales, uso de la fuerza y relación con potencias emergentes son solo algunas de las carpetas donde los aliados han dejado de hablar el mismo idioma.

En materia de presupuesto, los ministerios de Finanzas miran con inquietud a los números: aumentar el gasto en defensa del 1,3 % al 2 % del PIB implica, en muchos casos, desviar decenas de miles de millones de partidas sociales, inversiones verdes o alivio fiscal. En sociedades que han vivido una inflación acumulada de más del 15 % en tres años, pedir más sacrificios para financiar tanques y misiles no es precisamente popular.

Al mismo tiempo, las agendas estratégicas se han diversificado. Mientras Washington pretende que la OTAN mire cada vez más hacia el Indo-Pacífico, varios aliados continentales insisten en que el foco debe seguir en Europa y su vecindad. Las misiones fuera de área, antaño anecdóticas, se han convertido en fuente constante de debate: ¿debe la alianza ser un policía global o un escudo regional?

La fatiga estratégica es el elemento menos visible pero quizá más determinante. Tras dos décadas de operaciones exteriores y un lustro encadenando crisis, las sociedades occidentales muestran un umbral de tolerancia al riesgo mucho más bajo. Ese agotamiento erosiona la voluntad de sostener enfrentamientos prolongados, justo el escenario que preferiría cualquier actor dispuesto a jugar a la resistencia.

Países en la diana: del Caribe al Este de Europa

En este entorno de alianzas tensas y agendas divergentes, algunos países se convierten en piezas particularmente vulnerables. La lista varía según el analista, pero hay constantes claras.

En el Caribe y Sudamérica, Venezuela aparece como epicentro de una posible reconfiguración forzada: cambio de régimen, tutela externa y disputa por el control de sus enormes reservas de crudo. Un escenario mal gestionado podría disparar en meses los riesgos de inestabilidad regional, empujando a otros países —desde Cuba hasta ciertos socios clave en el cono norte— a posiciones más radicales.

En Europa del Este, Estados que viven bajo la sombra del conflicto con Rusia —desde los Bálticos hasta algunas repúblicas aún fuera del paraguas de la OTAN— se mueven en una delgada línea entre reafirmar su alineamiento occidental o buscar equilibrios más ambiguos por puro instinto de supervivencia.

Y más allá, en zonas donde la estabilidad siempre ha sido precaria, cualquier señal de fractura en el campo occidental actúa como catalizador: se reactivan viejos contenciosos, se recalculan alianzas y se incrementa el riesgo de caídas políticas, golpes palaciegos o protestas masivas alimentadas desde fuera.

En todos estos casos, la percepción de que Washington y la OTAN ya no son un bloque monolítico pesa tanto como las capacidades militares sobre el terreno.

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Rusia, el jugador paciente ante un bloque distraído

En este puzzle, Rusia no es un observador pasivo, sino un jugador que explota con método las fisuras del bloque contrario. Desde hace años, el Kremlin ha apostado por una estrategia de desgaste prolongado: presionar donde el coste para Occidente es alto y la respuesta, lenta o dividida.

Moscú no necesita derrotar militarmente a la OTAN. Le basta con debilitar su cohesión, sembrar dudas sobre la fiabilidad de sus garantías y demostrar que el precio de plantar cara puede ser demasiado elevado para sociedades que ya sienten en su bolsillo las consecuencias de las sanciones, la crisis energética y el rearmamento.

Cada discusión interna sobre sanciones, cada discrepancia sobre el envío de armamento, cada elección nacional en la que surgen partidos abiertamente escépticos con la alianza, refuerza la narrativa rusa: la de un Occidente decadente, cansado y dividido.

La combinación de un adversario paciente y un bloque distraído crea un entorno ideal para operaciones híbridas, presiones selectivas y movimientos oportunistas en escenarios donde la OTAN no puede —o no quiere— responder con contundencia. En esa dinámica, los errores de cálculo en Washington y Bruselas tienen un eco multiplicado.

Adaptarse o fracturarse: la encrucijada de la alianza occidental

La suma de todos estos vectores dibuja un panorama inquietante. La carga política, militar y económica que emana de la combinación de errores de liderazgo, fatiga social y ambiciones rivales no puede seguir tratándose como una colección de crisis aisladas.

La alianza occidental se enfrenta a una elección incómoda:

  • O adapta sus estrategias, sus narrativas y su reparto de cargas a un mundo que se mueve más rápido que sus estructuras,

  • O corre el riesgo de convertirse en una fortaleza aparente con muros llenos de grietas, vulnerable tanto a golpes externos como a colapsos internos.

La pregunta que flota, y que pocas capitales quieren responder en público, es si las potencias y las organizaciones de hoy son capaces de repensarse antes de que los hechos se impongan. Porque la historia reciente deja una lección clara: cuando la realidad cambia más deprisa que las estrategias, los primeros en caer no son los más débiles, sino los que se creían inmunes al cambio.

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