Adolescencia sin miedo: 7 claves que propone Fernando Alberca

El pedagogo y neuropsicólogo desmonta el mito del “ya no eres el mismo” y propone a las familias un modelo de firmeza tranquila y confianza activa

Fernando Alberca durante la entrevista en Negocios TV, aconsejando sobre la educación en la adolescencia.<br>                        <br>                        <br>                        <br>
Educar a tus hijos en la adolescencia: ¿Amor, límites o control?

La adolescencia suele llegar a casa con una frase que se repite como un mantra: “ya no eres el mismo”. Muchos padres la pronuncian desde la frustración; muchos hijos la reciben como una condena.
Sin embargo, para el pedagogo y experto en Neuropsicología Fernando Alberca, ese diagnóstico está profundamente equivocado: el adolescente no es otro, es el mismo joven que afronta, de golpe, cambios físicos, emocionales y sociales de enorme intensidad.
En una entrevista en Negocios TV, Alberca plantea que la adolescencia es menos una “crisis” y más un momento de auditoría educativa, en el que salen a la luz los huecos de la etapa anterior.
La consecuencia es clara: no se trata de “sobrevivir” a la adolescencia, sino de aprender a acompañarla, combinando límites claros, amor exigente y espacio para el error.
Y lo que para muchos padres parece un terreno minado puede convertirse, según el experto, en la gran oportunidad para reconstruir vínculos y responsabilidad dentro de la familia.

El falso “ya no eres el mismo”

Alberca insiste en que el primer error de los adultos es dar por perdida la continuidad entre el niño que fue y el adolescente que llega. En sus palabras, el joven vive “entre contradicciones”: quiere seguir siendo él mismo, pero también encajar en su grupo; busca independencia, pero sigue dependiendo afectivamente de su familia más de lo que reconoce.

Las frases tipo “no te reconozco” o “antes no eras así” actúan, según el experto, como profecías autodestructivas: si el chico escucha que ya “es otro”, tenderá a comportarse como tal, alejándose aún más. No es un matiz retórico; es un mensaje identitario.

Encuestas citadas por Alberca muestran que cerca del 70% de los padres de adolescentes entre 13 y 16 años confiesan haber pensado o dicho alguna vez esa frase. El impacto no es menor: muchos chicos interpretan que “han dejado de gustar” a sus padres en el momento justo en el que están más vulnerables.

Para el pedagogo, el punto de partida debe ser el contrario: recordarle al adolescente quién es, qué cualidades ha mostrado en la infancia, qué gestos de generosidad o esfuerzo le definen. El mensaje clave sería: “estás cambiando, pero sigues siendo tú, y eso nos importa”. Ese anclaje identitario, subraya, reduce inseguridad y abre la puerta al diálogo.

La adolescencia como espejo de la educación previa

Lejos de ver la adolescencia como un accidente, Alberca la define como un espejo que amplifica lo que ya estaba. Si durante la infancia no se trabajó la responsabilidad, es probable que entre los 12 y los 16 años aparezcan comportamientos que parecen “rebeldía”, pero que en realidad son lagunas de hábitos básicos.

Desde esta óptica, la etapa no sería tanto “una ruptura” como un examen a contrarreloj: lo no construido antes se vuelve urgente. En sus cursos con familias, el experto calcula que 8 de cada 10 conflictos frecuentes en la adolescencia (horarios, estudios, colaboración en casa) tienen raíces en dinámicas laxas o confusas que venían de años atrás.

Este hecho revela un cambio de enfoque: en lugar de culpar al adolescente por cada choque, conviene que los padres se pregunten qué parte del problema es heredada de la organización familiar previa. No se trata de buscar culpables, sino de identificar dónde habrá que reforzar, corregir o empezar casi desde cero.

Para Alberca, la buena noticia es que nunca es tarde para reeducar. La adolescencia ofrece margen para revisar normas, explicar el porqué de las decisiones y alinear lo que la familia dice que valora con lo que realmente premia o tolera. Es una etapa incómoda, pero extraordinariamente fértil si se sabe mirar como oportunidad.

Seguridad y amor: el doble pilar que piden los expertos

¿De qué depende que la adolescencia se viva como guerra o como transición exigente pero sana? Alberca lo resume en dos pilares: seguridad y amor. Seguridad significa que el adolescente sepa a qué atenerse: horarios, uso de pantallas, normas básicas de convivencia, consecuencias si no se cumplen. Amor no es solo afecto; es respeto, paciencia, escucha y confianza en su potencial.

Los datos que maneja el experto son claros: en familias donde las normas están escritas o claramente explicitadas, el número de conflictos graves se reduce en torno a un 30%-40% respecto a hogares donde todo se negocia cada día. La previsibilidad baja la tensión de base.

Pero la seguridad, advierte, no puede convertirse en rigidez ciega. Un padre que solo sabe “poner límites” y nunca reconoce esfuerzos, valida emociones o pide perdón cuando se equivoca erosiona la conexión afectiva que hace que el límite sea interiorizado. De poco sirve que la casa funcione como un cuartel si el adolescente percibe que no se confía en él.

El equilibrio, según Alberca, pasa por mensajes explícitos del tipo: “estas son las normas, estos los motivos, y dentro de este marco confiamos en que decidirás bien el 90% de las veces”. La combinación de espacio y marco claro reduce la necesidad de control extremo y favorece que el propio joven empiece a autorregularse.

Firmeza con flexibilidad: normas claras, consecuencias previsibles

Uno de los errores más frecuentes que detecta el experto es el péndulo entre laxitud y mano dura. Semanas sin apenas límites, seguidas de explosiones de autoridad cuando algo desborda. El adolescente recibe mensajes contradictorios: unas veces “todo vale”, otras veces cualquier fallo se castiga de forma desproporcionada.

Alberca propone otra lógica: firmeza tranquila y flexible. La firmeza implica que las normas se cumplen y que las consecuencias se aplican tal y como se anunciaron. La flexibilidad significa que las reglas pueden revisarse, pero en frío, hablando, no a base de discusiones a medianoche.

Por ejemplo, si la hora de llegada son las 23:00 y se entra a las 23:40 sin aviso, la consecuencia puede ser perder la siguiente salida. No hace falta gritar ni humillar; basta con aplicar lo acordado. En su experiencia, cuando las normas y las consecuencias se han explicado por adelantado, en torno al 80% de los adolescentes acepta la sanción, aunque proteste al principio, porque la percibe como coherente.

Lo que los especialistas desaconsejan es improvisar castigos del tipo “ahora un mes sin móvil” o subir la apuesta según aumenta el enfado. Ese patrón, además de injusto, convierte la disciplina en un pulso de poder. El objetivo no es ganar una batalla, sino ayudar al joven a ver la relación entre su decisión y el efecto que genera.

Responsabilidad cotidiana frente a la cultura del premio

Alberca cuestiona abiertamente la lógica de “todo a cambio de algo”: “si haces esto, te compro aquello”. A su juicio, convertir cada gesto en moneda de cambio empobrece la educación. El adolescente aprende así a moverse solo por recompensa externa y no por sentido de pertenencia o responsabilidad.

Los expertos proponen recuperar la responsabilidad cotidiana como escuela de carácter. Tareas tan simples como poner la mesa, sacar la basura o cuidar de un hermano pequeño no son meros favores, sino actos de contribución a la vida familiar. Según datos manejados por el pedagogo, en los hogares donde los adolescentes asumen al menos 3 responsabilidades fijas a la semana, los conflictos por “falta de colaboración” caen casi a la mitad frente a casas donde todo lo hacen los adultos.

“La clave no es la perfección del resultado, sino quién se está formando al hacerlo”, resume. Aunque el vaso quede mal fregado, importa que el joven se perciba como alguien capaz de sostener parte del peso real de la casa.

Esto no excluye el reconocimiento: se pueden valorar los esfuerzos, celebrar avances, incluso ligar algún privilegio a la constancia. Pero el mensaje de fondo debe ser que responsabilizarse es parte de ser familia, no un extra remunerado.

El riesgo de la sobreprotección en la era del miedo

Otro de los grandes enemigos que señala Alberca es la sobreprotección, especialmente extendida en un contexto donde los padres reciben a diario mensajes sobre riesgos, peligros y amenazas. El resultado frecuente es que muchos adultos no dejan al adolescente equivocarse, anticipan sus problemas y resuelven por ellos.

El experto alerta de que, en la práctica, esto produce jóvenes menos seguros y más dependientes, justo lo contrario de lo que se pretendía. Si cada tropiezo es evitado, el adolescente llega a los 17 o 18 años sin haber entrenado su capacidad para tolerar frustración, reparar errores o pedir ayuda de forma madura.

En sus intervenciones, Alberca habla de una regla sencilla: allí donde el error no pone en riesgo la integridad física ni la dignidad, conviene dejar que el joven experimente consecuencias reales. Llegar tarde a entregar un trabajo, equivocarse al elegir una actividad, gestionar un conflicto con un profesor… son escenarios donde el padre debe acompañar, no suplir.

La paradoja, según los datos que comparte, es que los adolescentes que han podido equivocarse de forma controlada en secundaria llegan a la mayoría de edad con mayor autonomía y menor ansiedad que aquellos cuya trayectoria ha sido aséptica pero tutelada al milímetro.

Escuchar, confiar, esperar: la cara práctica del amor adolescente

El amor en la adolescencia, advierte Alberca, se parece menos a frases bonitas y más a tres verbos concretos: escuchar, confiar y esperar. Escuchar implica soportar relatos largos, aparentemente caóticos, sin interrumpir para dar lecciones. Confiar supone no hacer del control el eje de la relación, sino de la colaboración. Y esperar significa no dar por definitivo lo que es una fase, aunque sea intensa.

El experto recuerda que entre los 13 y los 19 años el cerebro vive una poda y reorganización intensa de conexiones neuronales. Lo que hoy parece incongruente o radical puede ser solo la expresión de un sistema en plena construcción. Por eso, un comentario despectivo o una etiqueta (“eres un vago”, “eres imposible”) puede quedar grabado con mucha más fuerza que en la infancia.

Desde esta perspectiva, amar a un adolescente es creer en lo bueno que tiene incluso cuando se comporta mal, separar la identidad de la conducta y recordarle que puede hacerlo mejor sin dejar de ser querido. No se trata de negar el conflicto, sino de no convertirlo en diagnóstico definitivo.

Qué pueden hacer las familias hoy (y qué conviene evitar)

Al cierre de la entrevista, Alberca deja una suerte de hoja de ruta de urgencia. Primero, revisar el lenguaje en casa: desterrar el “ya no eres el mismo” y sustituirlo por “estás cambiando, y estamos contigo”. Segundo, escribir o clarificar no más de 5-6 normas básicas, con consecuencias asociadas, y explicarlas sin amenazas.

Tercero, introducir responsabilidades fijas y proporcionadas para el adolescente, sin ligarlas siempre a premios. Cuarto, abrir un espacio semanal de conversación sin móviles, donde padres e hijos hablen de algo más que notas y horarios. Y quinto, revisar el propio miedo: preguntarse si ciertas decisiones responden más a la ansiedad adulta que a la realidad del hijo.

Lo que conviene evitar, según el experto: educar desde el grito, castigos improvisados, humillaciones en público, espionaje sistemático del móvil y mensajes del tipo “ya verás cuando tengas hijos”. Nada de eso construye autoridad; solo levanta trincheras.

En definitiva, la adolescencia no tiene por qué ser un campo de batalla, sino un tramo exigente de un mismo camino. Para muchas familias, el mensaje de Alberca es tan incómodo como esperanzador: no hay adolescentes imposibles, hay relaciones que aún están a tiempo de rehacerse.

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