Alan Greenspan fallece a los 100 años y deja un legado tan influyente como controvertido
Alan Greenspan, el hombre al que Wall Street llegó a elevar a la categoría de oráculo, murió el 22 de junio de 2026 a los 100 años por complicaciones derivadas del párkinson, según comunicó su esposa, la periodista Andrea Mitchell. Durante 18 años y medio, entre 1987 y 2006, presidió la Reserva Federal de Estados Unidos y condicionó como pocos la economía mundial. Bajo su mandato se vivieron el crash bursátil de 1987, la expansión de los noventa, la burbuja puntocom, los atentados del 11-S y el auge inmobiliario que desembocaría en la crisis financiera de 2008. Fue llamado The Maestro. También fue señalado como uno de los grandes responsables intelectuales de la desregulación que dejó a Wall Street sin frenos.
Greenspan asumió la presidencia de la Fed en agosto de 1987, nombrado por Ronald Reagan, apenas dos meses antes del lunes negro que hizo temblar los mercados. Su respuesta inicial —inyectar confianza y liquidez— fijó el patrón de una era: cuando Wall Street caía, la Reserva Federal aparecía como cortafuegos. Esa doctrina, conocida más tarde como el “Greenspan put”, alimentó la sensación de que el banco central siempre estaría dispuesto a proteger al sistema financiero.
La consecuencia fue doble. Por un lado, Greenspan consolidó la autoridad moderna de la Fed. Por otro, contribuyó a que los inversores asumieran más riesgo, convencidos de que la institución monetaria amortiguaría los golpes.
El maestro de Wall Street
Pocos tecnócratas han acumulado tanta influencia simbólica. El apodo de The Maestro reflejaba una época en la que los mercados interpretaban cada palabra suya como si fuese una señal cifrada. Una frase mal colocada podía mover bonos, acciones y divisas. Su estilo, deliberadamente opaco, convirtió la comunicación monetaria en un arte de insinuaciones.
Wall Street llegó a bromear con una expresión que resume aquella veneración: “¿Para qué queremos a Dios, si tenemos a Alan Greenspan?”. La frase no era solo admiración. Era también dependencia. El presidente de la Fed se convirtió en garante de una prosperidad que parecía ilimitada, aunque bajo esa superficie crecían desequilibrios cada vez más visibles.
Crecimiento, inflación y complacencia
El balance económico de su mandato no puede despacharse con ligereza. Estados Unidos vivió una larga etapa de expansión, baja inflación y fuerte innovación tecnológica. Greenspan presidió una Fed que atravesó cuatro administraciones presidenciales, desde Reagan hasta George W. Bush, algo excepcional incluso para los estándares de Washington.
Sin embargo, lo más grave fue la complacencia regulatoria. Greenspan confió durante años en la capacidad de los mercados para autocorregirse. Defendió la innovación financiera, se mostró reticente a restringir derivados y no actuó con contundencia frente a los excesos del crédito hipotecario. El diagnóstico posterior fue severo: la estabilidad que prometía su modelo escondía una acumulación peligrosa de fragilidad.
La sombra de 2008
La crisis financiera estalló dos años después de su salida, pero su sombra cayó de lleno sobre su legado. La derogación de barreras históricas entre banca comercial e inversión, el auge de productos financieros complejos y la expansión del crédito barato fueron interpretados por muchos como consecuencia directa del clima intelectual que Greenspan había impulsado.
Él mismo admitió en 2008 que había encontrado un “fallo” en su visión sobre la capacidad de las entidades financieras para proteger sus propios intereses y, con ello, al sistema. Esa confesión no borró décadas de influencia. Al contrario: confirmó que el gran arquitecto de la confianza de mercado había subestimado la capacidad destructiva de los incentivos privados mal regulados.
Un liberal ante sus límites
Greenspan fue durante buena parte de su vida un defensor de la economía de mercado con escasas interferencias. Su cercanía intelectual inicial al objetivismo de Ayn Rand marcó una visión desconfiada del intervencionismo público, aunque su práctica al frente de la Fed resultó más pragmática que doctrinal.
El contraste resulta revelador. Fue un liberal económico que terminó dirigiendo la institución más poderosa de intervención monetaria del mundo. Bajó tipos, sostuvo liquidez y actuó en crisis con una intensidad que difícilmente encajaba en una fe pura en el laissez-faire. Este hecho revela la paradoja central de su figura: creía en mercados libres, pero gobernó el precio del dinero con enorme autoridad.
El legado que divide
Su muerte cierra una etapa, pero no clausura el debate. Para sus defensores, Greenspan fue el banquero central que ayudó a domar la inflación, estabilizó expectativas y permitió una de las fases de mayor crecimiento de la economía estadounidense moderna. Para sus críticos, fue el hombre que legitimó la desregulación, alimentó burbujas y dejó a la economía mundial expuesta a un colapso histórico.
Ambas lecturas conviven porque Greenspan fue eso: un símbolo de la grandeza y de la ceguera del capitalismo financiero contemporáneo. Su vida pública explica buena parte del tránsito entre la confianza absoluta en los mercados y la sospecha permanente que dejó 2008. Murió el hombre. Permanece la pregunta incómoda: cuánto costó realmente aquella fe en Wall Street.