Trump ignora al Supremo: impone un arancel del 10% y Dow Jones sube 230 puntos

El presidente de EE.UU. activa mecanismos de emergencia tras el revés judicial mientras el PIB crece un 1,4% y la inflación PCE repunta

EPA/KENT NISHIMURA / POOL Trump
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Donald Trump ha decidido ignorar las señales de contención judicial y ha lanzado un órdago sin precedentes a la arquitectura legal de los Estados Unidos. Apenas unas horas después de que el Tribunal Supremo tumbara su política arancelaria previa, el mandatario ha firmado una orden ejecutiva para imponer un arancel global adicional del 10% que entrará en vigor en tres días. Este movimiento, justificado bajo la Sección 122 de la Ley de Comercio, busca sortear el bloqueo del alto tribunal en un momento de extrema sensibilidad económica, coincidiendo con un crecimiento del PIB del 1,4% en el último trimestre de 2025 y un preocupante repunte de la inflación PCE del 0,4% en diciembre. El diagnóstico es inequívoco: Washington se encamina a una guerra abierta entre poderes que sitúa al comercio mundial en una zona de turbulencia desconocida.

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El contraataque ejecutivo de la Casa Blanca

La respuesta de Donald Trump al revés del Tribunal Supremo no ha sido la moderación, sino la aceleración de su agenda proteccionista. Al activar un arancel universal y adicional del 10%, el presidente ha recurrido a una legislación de emergencia que le otorga poderes extraordinarios para proteger la balanza de pagos del país. Esta medida, que tendrá una vigencia inicial de cinco meses, se suma a los aranceles ya existentes, creando una barrera comercial que afecta a la práctica totalidad de los bienes que ingresan en el mercado estadounidense. Este hecho revela una determinación férrea por utilizar el comercio como herramienta de política nacional, independientemente de la supervisión judicial.

La consecuencia inmediata de esta orden ejecutiva es la creación de un nuevo marco de incertidumbre para las cadenas de suministro globales. El contraste con la ortodoxia comercial resulta demoledor; mientras el mercado esperaba una tregua tras la sentencia del Supremo, se encuentra con una carga fiscal aún mayor. Trump ha sido claro al señalar que su administración no se detendrá ante lo que considera una "interferencia" de los tribunales, activando además múltiples investigaciones bajo las secciones 301 y 232 para identificar "prácticas injustas" en naciones aliadas y adversarias por igual.

El revés del Supremo: un diagnóstico de desconfianza

El origen de esta nueva crisis institucional reside en el fallo del Tribunal Supremo, que eliminó la autoridad presidencial para imponer aranceles de forma unilateral sin el consentimiento expreso del Congreso en determinadas circunstancias. Trump ha calificado la decisión de «profundamente decepcionante» y ha llegado a acusar a los magistrados de carecer de valor y de estar influenciados por "intereses extranjeros". Este ataque directo a uno de los pilares del sistema de contrapesos de los Estados Unidos revela el nivel de tensión que se respira en Washington.

«Estoy avergonzado de ciertos miembros del tribunal por no haber tenido el coraje de hacer lo correcto por nuestro país. Mi opinión es que el tribunal ha sido influenciado por intereses extranjeros y un movimiento político mucho más pequeño de lo que la gente piensa», declaró el presidente durante una comparecencia de urgencia. Este discurso no solo socava la legitimidad del poder judicial, sino que anticipa una legislatura marcada por el conflicto institucional. El diagnóstico es que la Casa Blanca percibe cualquier límite legal como una amenaza a su soberanía ejecutiva, lo que augura un escenario de inestabilidad jurídica permanente para las empresas que operan en suelo estadounidense.

El laberinto legal de las "alternativas" presidenciales

Ante la anulación de sus aranceles originales, la administración Trump ha recurrido a un arsenal de leyes que datan, en algunos casos, de la Gran Depresión. Al invocar la Ley de Aranceles de 1930 y diversas secciones de la Ley de Comercio de 1974, el presidente busca resquicios legales que le permitan mantener la presión fiscal sobre las importaciones. Este hecho revela una estrategia de «guerrilla legal» donde el Ejecutivo intenta desbordar al Judicial mediante la aplicación sucesiva de normativas de emergencia.

La lógica detrás de este movimiento es estrictamente recaudatoria y proteccionista. Trump ha asegurado que, gracias al rechazo de sus aranceles previos por parte del tribunal, el país ahora "recaudará más dinero" al aplicar estas nuevas alternativas, que permiten aranceles temporales de hasta el 15%. La consecuencia es un sistema arancelario parcheado, complejo y extremadamente difícil de gestionar para los departamentos de aduanas y las empresas de logística. Sin embargo, para la Casa Blanca, el fin justifica los medios: la prioridad es cerrar el déficit comercial y forzar la relocalización de la industria, cueste lo que cueste en términos de seguridad jurídica.

La economía entre el crecimiento y el repunte de precios

Los datos macroeconómicos publicados este viernes ofrecen una lectura agridulce de la situación en Estados Unidos. Por un lado, el PIB avanzó a un ritmo anual del 1,4% en el cuarto trimestre de 2025, una cifra que demuestra la resiliencia del consumo a pesar de la agresividad comercial del Gobierno. Sin embargo, la sombra de la inflación vuelve a alargarse. El índice PCE, el indicador preferido de la Reserva Federal para medir la evolución de los precios, subió un 0,4% en diciembre, un dato superior a lo esperado que aleja la posibilidad de una bajada de tipos de interés en el corto plazo.

Este contraste resulta demoledor para las familias estadounidenses. Si bien la economía sigue creciendo, el coste de la vida no da tregua, y la imposición de un nuevo arancel del 10% solo puede actuar como gasolina para el fuego inflacionario. La mayoría de los analistas coinciden en que los aranceles son, en última instancia, un impuesto al consumo interno, ya que los importadores trasladan el coste adicional al precio final de los productos. El diagnóstico es preocupante: Estados Unidos podría entrar en un ciclo de "inflación importada" justo cuando la Fed intentaba dar por controlada la escalada de precios de los años anteriores.

La reacción de los mercados: ¿optimismo o ceguera voluntaria?

De manera sorprendente, Wall Street ha recibido las noticias con ganancias generalizadas. El Dow Jones subió un 0,48%, mientras que el Nasdaq 100 avanzó un 0,87% y el S&P 500 un 0,69%. Esta reacción, que para muchos resulta contraintuitiva dada la incertidumbre arancelaria, refleja un mercado que prefiere la acción ejecutiva contundente a la parálisis institucional. Los inversores parecen haber comprado la narrativa presidencial de que el aumento de la recaudación compensará los posibles efectos negativos en el comercio exterior.

Sin embargo, este hecho revela también una cierta "ceguera voluntaria" ante los riesgos de largo plazo. El fortalecimiento del euro frente al dólar, que cotiza a 1,17869 dólares, indica que fuera de las fronteras estadounidenses existe una preocupación real por la estabilidad de la política económica de Washington. La consecuencia de este optimismo bursátil podría ser una corrección severa si los datos de inflación de enero confirman que los aranceles están castigando los márgenes de beneficio de las empresas y reduciendo la capacidad de gasto de los consumidores. Por ahora, el mercado celebra la audacia, pero ignora la factura que está por llegar.

Hacia un proteccionismo sin control judicial

El movimiento de Trump marca el inicio de una era donde el comercio internacional queda supeditado a la voluntad del Ejecutivo, eludiendo los mecanismos de control tradicionales. Al utilizar la Sección 122 —diseñada para situaciones de crisis extrema en la balanza de pagos— de forma recurrente, la Casa Blanca está normalizando un estado de excepción económica. Este diagnóstico es compartido por los socios comerciales de Estados Unidos, desde la Unión Europea hasta China, que ya preparan medidas de represalia proporcionales.

La consecuencia será una fragmentación del comercio global en bloques cerrados, donde la eficiencia productiva quede en un segundo plano frente a la lealtad política y la protección fronteriza. Este hecho revela que el sistema multilateral de comercio, ya herido de muerte, está a punto de ser sustituido por una red de acuerdos bilaterales basados en la fuerza y la imposición de gravámenes. La administración Trump confía en que el tamaño del mercado estadounidense sea suficiente para forzar a los demás países a aceptar sus condiciones, pero el riesgo de una recesión global provocada por la contracción del intercambio comercial es hoy más alto que nunca.

La fragilidad del PIB

El periodo de vigencia del nuevo arancel del 10% será un test de estrés para la economía estadounidense. Si el crecimiento del PIB se mantiene en el entorno del 1,4% y la inflación PCE no se dispara más allá del 0,4% mensual, Trump se sentirá legitimado para hacer permanentes estas medidas. Sin embargo, si el consumo se frena y los precios de los productos importados —desde tecnología hasta materias primas— obligan a la Fed a subir tipos de nuevo, la Casa Blanca podría enfrentarse a un descontento social que ni siquiera la narrativa del "orgullo nacional" podrá contener.

Los analistas apuntan a un final, el de un país en plena transformación de su modelo económico, transitando hacia una autarquía parcial bajo el mando de un presidente que no reconoce límites a su autoridad. La fragilidad del sistema de contrapesos ha quedado expuesta por la rapidez con la que el Ejecutivo ha sorteado una sentencia del Tribunal Supremo. En este escenario, la única certeza para los negocios es que el coste de operar en Estados Unidos va a subir, y que la seguridad jurídica se ha convertido en una variable política más. La guerra de los aranceles no ha hecho más que empezar, y su campo de batalla se ha trasladado de los puertos a los despachos de los tribunales.

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