El pulso diplomático por la isla dispara el riesgo de guerra arancelaria en plena antesala del discurso de Trump en Davos

Los futuros del Dow Jones se hunden más de 800 puntos por Groenlandia

La sesión de este martes arranca con Wall Street en modo pánico. Los futuros del Dow Jones llegan a caer más de 800 puntos, en torno a un –1,6%, mientras los del S&P 500 y el Nasdaq se dejan aproximadamente un –1,7% y un –2,1%, respectivamente. El detonante no es un dato macro ni un profit warning corporativo, sino un conflicto diplomático de alto voltaje: el choque por la oferta de Estados Unidos para hacerse con Groenlandia y las amenazas de represalias comerciales por parte de la Unión Europea. A ello se suma la expectativa por el discurso del presidente Donald Trump en el Foro de Davos, previsto para mañana, y su última ofensiva verbal contra el presidente francés, Emmanuel Macron. Los algoritmos de alta frecuencia han hecho el resto. En apenas unas horas, los principales índices han borrado lo ganado en varios días, mientras el euro se aprecia un 0,7% frente al dólar, hasta la zona de 1,17 dólares, reflejando la huida desde activos estadounidenses. 

Los futuros del Dow Jones se hunden más de 800 puntos por Groenlandia
Los futuros del Dow Jones se hunden más de 800 puntos por Groenlandia

Un desplome que borra en horas varias sesiones de ganancias

A las 4:28 de la madrugada en la Costa Este, los futuros del Dow Jones caen en torno a 801 puntos, mientras el S&P 500 y el Nasdaq 100 profundizan también en terreno negativo. La fotografía es inequívoca: venta masiva de riesgo estadounidense antes incluso de que suene la campana en Nueva York. Los datos de plataformas como baha news muestran descensos de más del –1,4% en los futuros del S&P (F ES) y del –1,6% en los del Nasdaq (F NQ), con volumen disparado frente a la media de las últimas semanas.

Este movimiento llega tras varias sesiones de relativa calma, en las que los índices habían encadenado subidas moderadas apoyadas en unos resultados empresariales mejores de lo previsto. En cuestión de horas, esa narrativa ha saltado por los aires. «Los mercados han pasado de descontar un “Davos tranquilo” a prepararse para un choque frontal en el tablero geopolítico», resume un gestor europeo consultado por este diario.

Lo más relevante no es sólo la magnitud de la caída, sino su carácter preventivo: el mercado se adelanta a un discurso presidencial que todavía no se ha producido, lo que revela un nivel de desconfianza elevado hacia el uso de la tribuna de Davos como altavoz de amenazas arancelarias. El diagnóstico es inequívoco: cualquier señal de guerra comercial vuelve a ser tóxica para las valoraciones.

El pulso por Groenlandia envenena la cita de Davos

El origen inmediato del nerviosismo está en la escalada del conflicto diplomático por Groenlandia. La Casa Blanca ha elevado el tono en su oferta para hacerse con la isla, territorio autónomo del Reino de Dinamarca, presentándolo como un movimiento estratégico para el Ártico y para la seguridad nacional estadounidense. La respuesta europea ha sido dura y coordinada, con Bruselas advirtiendo de que cualquier presión sobre Copenhague tendrá consecuencias en el terreno comercial.

Lo que hasta hace unos meses podía verse como una propuesta extravagante se ha convertido en un símbolo del nuevo unilateralismo estadounidense. «Groenlandia es la punta del iceberg; lo que está en juego es quién fija las reglas en el Ártico y, por extensión, en el comercio global», apuntan fuentes diplomáticas europeas.

El problema para los mercados es que este conflicto se mezcla con otros dos frentes abiertos: las disputas en la Organización Mundial del Comercio y las críticas de Trump al compromiso de gasto en defensa de sus socios de la OTAN. El resultado es un cóctel que llega al Foro de Davos justo cuando la economía mundial crece a ritmos cercanos al 3%, pero con signos claros de desaceleración en la industria y el comercio. Cualquier error de cálculo puede acelerar esa desaceleración.

La sombra de una nueva guerra arancelaria con la Unión Europea

La reacción de la Unión Europea ha sido rápida y directa: amenaza de represalias arancelarias si Washington decide traducir el pulso por Groenlandia en nuevos gravámenes sobre productos europeos. Se manejan escenarios que van desde una subida de aranceles a la automoción hasta medidas dirigidas a sectores agroalimentarios y de lujo, precisamente donde Francia y Alemania son más fuertes.

La exposición es enorme. El comercio de bienes y servicios entre Estados Unidos y la UE supera los 700.000 millones de dólares anuales. Una guerra arancelaria que afectara, por ejemplo, a un 10% de ese flujo, supondría someter a tensión a más de 70.000 millones de dólares en intercambios. No es casual que los bancos de inversión hayan empezado a revisar sus hipótesis de crecimiento para 2020-2021 ante este nuevo frente.

Lo más grave es la sensación de imprevisibilidad regulatoria. Empresas que planifican inversiones a cinco o diez años se encuentran con que, de la noche a la mañana, un conflicto sobre una isla en el Ártico puede traducirse en un sobrecoste del 5% al 25% en sus exportaciones. «Las cadenas globales de valor no se reconfiguran en semanas; se rompen primero y luego se reconstruyen más cerca de casa», advierte un economista jefe de una gran entidad europea. El contraste con otras épocas de mayor previsibilidad resulta demoledor.

Macron, en el punto de mira y la tecnología como objetivo

El último elemento que alimenta la tensión es el nuevo ataque de Trump al presidente francés, Emmanuel Macron. Las críticas se centran tanto en la tasa digital francesa como en la posición de París sobre defensa europea y cambio climático. Aunque el enfrentamiento verbal pueda parecer un capítulo más en una larga serie de desencuentros, los mercados leen en ese choque la posibilidad de que la tecnología vuelva a ser el blanco prioritario.

Francia ha impulsado una tasa sobre los servicios digitales que afecta a gigantes estadounidenses del sector. Washington ya había amenazado con responder con aranceles sobre productos emblemáticos franceses. Con el nuevo brote de tensión, los inversores temen un efecto contagio hacia otros países europeos que estudian gravar a las plataformas tecnológicas, y hacia Bruselas, que prepara su propia propuesta.

Las grandes tecnológicas concentran cerca de un 20% de la capitalización del S&P 500 y más del 40% del Nasdaq. Cualquier amenaza fiscal o regulatoria adicional se traduce de forma inmediata en ventas. En las pantallas, los futuros del Nasdaq caen más que el resto, con retrocesos superiores al –2%, reflejando esa sensibilidad extrema del sector al clima político. «Cuando se mezcla diplomacia, tecnología y fiscalidad, el mercado siempre se prepara para lo peor», resume un analista.

Europa reacciona: euro al alza y cautela en las bolsas

Mientras los futuros estadounidenses se hunden, el euro registra una subida cercana al 0,7%, hasta el entorno de 1,1730 dólares, reflejando un movimiento clásico de diversificación fuera de activos denominados en dólares. En paralelo, los índices europeos abren con descensos más moderados, en torno al –0,5% / –0,8%, que los gestores describen como «prudencia, no pánico».

Sin embargo, este aparente aguante europeo tiene matices. Por un lado, un euro más fuerte supone un viento en contra adicional para las exportaciones de la zona euro, en un momento en el que la industria ya arrastra varios trimestres de contracción. Por otro, los sectores más expuestos a Estados Unidos —automoción alemana, lujo francés, algunas farmacéuticas— lideran las caídas.

Este hecho revela una realidad incómoda: Europa es al mismo tiempo refugio parcial y víctima potencial de cualquier tensión comercial norteamericana. La aparente fortaleza de la moneda única puede convertirse en un problema si la escalada se prolonga y el Banco Central Europeo se ve obligado a mantener tipos ultra bajos durante más tiempo del previsto para compensar el shock externo.

España, atrapada entre el turismo, las exportaciones y la deuda

Para España, el episodio no es un mero espectáculo lejano. La economía española mantiene una fuerte dependencia del sector exterior y del turismo, que juntos representan cerca del 34% del PIB. Estados Unidos es ya uno de los principales emisores de turistas de alto poder adquisitivo y un socio clave para las exportaciones de sectores como la automoción, la alimentación y determinados bienes industriales.

Una guerra arancelaria entre Washington y Bruselas podría traducirse en golpes selectivos a productos españoles, bien como daño colateral, bien como parte de un paquete negociador más amplio. Bastaría con que un 5% de las exportaciones españolas a Estados Unidos se vieran afectadas de forma directa para poner en riesgo miles de empleos en comunidades muy dependientes de la venta exterior.

Además, la volatilidad en Wall Street tiene efectos inmediatos sobre los costes de financiación. España mantiene una deuda pública en el entorno del 110% del PIB; cualquier repunte duradero de las rentabilidades en Estados Unidos puede arrastrar al alza los tipos globales y obligar al Tesoro a pagar más por refinanciar sus vencimientos. «La complacencia es el lujo que una economía tan apalancada como la española no puede permitirse», advierten fuentes del sector financiero.

 

 

 

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