La empresa que está ganando miles de millones gracias a la inteligencia artificial y casi nadie menciona

Mientras Nvidia, Microsoft y OpenAI se reparten el foco, la vieja Oracle está convirtiendo la fiebre de las GPU en contratos a largo plazo y caja recurrente.

Oracle
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La narrativa oficial del boom de la inteligencia artificial tiene protagonistas fijos: chips, modelos y grandes plataformas. Pero el dinero —el grande, el que se firma a años vista— está tomando un atajo inesperado. Oracle, el gigante veterano del software empresarial, ha pasado de ser “el actor tardío” en la nube a convertirse en el proveedor silencioso de capacidad para entrenar y desplegar IA a escala.

En su primer trimestre fiscal de 2026, la compañía declaró ingresos por 14.900 millones de dólares, con un negocio cloud que subió a 7.200 millones y una infraestructura (OCI) creciendo al 54% interanual.
Lo más grave —para quien aún la mira como una empresa de bases de datos— es la magnitud del compromiso futuro: 455.000 millones en “remaining performance obligations” (RPO), es decir, contratos firmados pendientes de ejecutarse.

La nube que vende “picos y palas”

Oracle no compite por el relato; compite por el suministro. Su tesis es fría: en una economía donde todo será IA, lo escaso no es el “prompt”, sino el cómputo. Por eso, OCI está mutando hacia un negocio de capacidad vendida por adelantado: centros de datos, redes y clústeres optimizados para GPU.

La consecuencia es clara: cuando el mercado se obsesiona con el próximo modelo, Oracle firma el contrato para alojarlo. La empresa ya habla abiertamente de una demanda que supera la oferta. “La demanda sigue desbordando nuestra capacidad”, admitía su dirección en términos equivalentes al describir un consumo que “sobrepasa el suministro” en OCI.
Este hecho revela un giro estratégico: Oracle quiere ser el “casero” de la IA corporativa, con ingresos recurrentes y clientes atados por necesidad operativa.

Backlog descomunal, conversación mínima

El dato que debería estar en todas las pantallas es el backlog. No es una cifra de vanidad: es la medida de cuánto dinero está comprometido, aunque aún no haya entrado en caja. Oracle pasó de ser una compañía con crecimiento maduro a exhibir una cartera de RPO que se mide en centenas de miles de millones.

En Q1 de su año fiscal 2026, Safra Catz aseguró haber firmado cuatro contratos multibillonarios con tres clientes distintos, detonando ese salto del 359% en RPO hasta 455.000 millones.
Y en Q2 el listón subió otra vez: Oracle informó de un aumento de 68.000 millones en RPO, hasta 523.000 millones, con compromisos nuevos de Meta, NVIDIA y otros grandes.
Que esto ocurra con menos ruido mediático que un nuevo chip dice mucho sobre dónde está el dinero y dónde está el foco.

El truco está en la base de datos

Oracle no parte de cero. Parte de un monopolio silencioso: la base de datos corporativa sigue siendo la columna vertebral de banca, seguros, telecom y sector público. La IA, por definición, vive de datos. Y ahí Oracle juega con una ventaja estructural: no necesita convencer a una empresa de que migre “por moda”, sino de que ponga su IA cerca de donde ya están sus datos.

El movimiento más revelador es el despegue del “multicloud database”: Oracle presume de un crecimiento del 1.529% en ingresos de base de datos consumida desde nubes rivales (Amazon, Google y Microsoft).
En otras palabras: Oracle puede ganar incluso cuando el cliente se queda en AWS o Azure. El contraste con otros proveedores resulta demoledor: aquí la batalla no es por la bandera, sino por el peaje.

Capex de 35.000 millones: el precio de llegar tarde

Nada de esto es gratis. La IA está forzando a las tecnológicas a comportarse como utilities: inversión masiva, retornos escalonados y riesgo de sobrecapacidad si la demanda se enfría. Oracle lo ha asumido con una cifra que impresiona: planea un capex de alrededor de 35.000 millones de dólares en su ejercicio fiscal 2026 para ampliar capacidad de cloud y centros de datos.

Ese desembolso es, a la vez, apuesta y vulnerabilidad. Apuesta porque, si el backlog se convierte en consumo, Oracle habrá comprado “su sitio” en la infraestructura global de IA. Vulnerabilidad porque la caja no llega al mismo ritmo que el hormigón: los contratos se ejecutan en años, pero las GPU se pagan hoy. El diagnóstico es inequívoco: Oracle está financiando el futuro con balance y disciplina operativa, y el mercado la empieza a valorar con ese filtro.

Competir sin ser el más grande

Oracle no va a destronar a AWS en cuota ni a Azure en narrativa. Su estrategia es más quirúrgica: ser la alternativa cuando el cliente necesita rendimiento, latencia, costes predecibles o integración con su stack histórico. Por eso estrecha alianzas: con NVIDIA, por ejemplo, ha anunciado ampliaciones de colaboración para escalar rendimiento y simplificar el despliegue de IA empresarial.

Lo interesante es el incentivo cruzado: NVIDIA necesita nubes que compren GPU sin pestañear; Oracle necesita “credenciales” técnicas para atraer cargas de entrenamiento e inferencia. En ese matrimonio, Oracle gana una etiqueta premium y acceso a demanda de élite, mientras conserva su maquinaria de licencias y soporte, que sigue financiando la transición. Es el viejo manual del software aplicado a una economía de hardware carísimo.

Si Oracle sigue convirtiendo backlog en ingresos, el efecto dominó es doble. Primero, en Wall Street: la empresa deja de ser “legacy” para convertirse en proxy de infraestructura de IA, con múltiplos más exigentes… y más vigilancia sobre márgenes y ejecución. Segundo, en la industria: más capacidad de Oracle implica más presión competitiva sobre precios de cómputo y, por extensión, sobre la rentabilidad de quienes venden IA como servicio final.

El riesgo está en el mismo sitio que la oportunidad: en la curva de demanda. Si la IA corporativa tarda en monetizarse, la industria tendrá centros de datos infrautilizados y balances tensos. Pero si el uso se dispara —y los datos actuales apuntan a lo contrario de una desaceleración— Oracle habrá logrado lo que parecía imposible hace tres años: ser imprescindible en una revolución que, oficialmente, no era la suya.

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