China congela los aranceles a la colza y el marisco canadiense
La decisión del Ministerio de Comercio chino de no aplicar aranceles adicionales a determinadas importaciones canadienses marca un giro inesperado en una guerra comercial que llevaba dos años escalando. Entre los beneficiados directos figuran la colza y el marisco, dos pilares de las exportaciones agroalimentarias de Canadá hacia el gigante asiático. La medida, que se aplicará del 1 de marzo hasta el 31 de diciembre de 2026, llega semanas después del viaje oficial del primer ministro Mark Carney a Pekín, en el que ambas partes acordaron relanzar el comercio bilateral. Pekín habla de “desarrollo sano, estable y sostenible” de las relaciones comerciales; Ottawa, de una “tregua pragmática” que da oxígeno a agricultores y pescadores. Sin embargo, la puerta queda abierta a que los aranceles vuelvan si el clima político se enturbia de nuevo.
La decisión de Pekín no se produce en el vacío, sino en plena guerra comercial entre Canadá y China que se arrastra desde 2024. Entonces, Ottawa decidió alinearse con Estados Unidos y la Unión Europea y aplicar aranceles del 100% a los vehículos eléctricos chinos, además de recargos sobre el acero y el aluminio, alegando competencia desleal y subsidios masivos por parte de Pekín. China respondió en 2025 con su propia batería de medidas, cargando sobre el eslabón más vulnerable de la cadena: el campo y la industria alimentaria canadiense.
En marzo de 2025, Pekín impuso aranceles del 100% a la colza (rapeseed), las tortas de colza y los guisantes canadienses, además de recargos del 25% a productos del mar y a la carne de cerdo. La consecuencia fue inmediata: caída de volúmenes exportados, desplome de precios pagados al productor y un clima de incertidumbre en provincias como Saskatchewan o Alberta, donde la colza es el cultivo estrella. El conflicto se extendió durante casi dos años, dañando una relación comercial que, aunque modesta frente al peso de Estados Unidos, se consideraba estratégica a medio plazo. La decisión ahora de no añadir nuevas capas de aranceles no revierte el pasado, pero sí indica que ambas capitales buscan, al menos, detener la escalada.
Colza y marisco: los sectores que respirarán
Los grandes ganadores de esta tregua parcial son dos sectores muy concretos: la colza y el marisco canadiense. Antes de la guerra arancelaria, China absorbía en torno a 3.500 millones de dólares canadienses en productos de canola y derivados al año, lo que situaba al gigante asiático como uno de los destinos clave para este cultivo. Tras los aranceles de hasta el 100%, muchas plantas de trituración de colza vieron peligrar su actividad y redujeron turnos o inversiones.
En el caso del marisco, las restricciones del 25% golpearon a industrias tan sensibles como la del bogavante vivo, el cangrejo y otros productos de alto valor añadido, muy dependientes del consumidor chino de gama alta. La posibilidad de que, a partir del 1 de marzo de 2026, no se añadan nuevos recargos adicionales sobre estas partidas abre un respiro para las empresas, que podrán planificar campañas con más visibilidad de precios y márgenes.
Si los volúmenes se recuperan progresivamente, las asociaciones del sector estiman que la facturación hacia China podría volver a crecer a tasas de entre un 10% y un 15% anual durante la vigencia de la tregua. No se trata aún de volver al “negocio como siempre”, pero sí de un mensaje claro: Pekín está dispuesto a separar parcialmente el conflicto con Canadá en materia de vehículos eléctricos del flujo de alimentos, al menos hasta finales de 2026.
Del choque arancelario al ‘reset’ diplomático
El anuncio de Pekín es la primera consecuencia visible del giro diplomático impulsado por Mark Carney desde su llegada a la jefatura del Gobierno canadiense en 2025. El exgobernador del Banco de Inglaterra asumió el poder con una promesa clara: reducir la dependencia de un único cliente, Estados Unidos, que absorbe más del 70% de las exportaciones canadienses, y duplicar el peso del resto de mercados en la próxima década.
Su visita de enero de 2026 a Pekín, la primera de un primer ministro canadiense en ocho años, se presentó como un “reset” pragmático. Carney llegó con un mensaje de firmeza frente a las prácticas chinas que considera distorsionadoras, pero también con la necesidad política de aliviar la presión que los aranceles de Pekín han generado en las provincias agrícolas. Del lado chino, el objetivo era obtenido también: rebajar el clima hostil que se había consolidado desde el caso Meng Wanzhou y la detención de dos ciudadanos canadienses, y asegurar que Canadá no se sume sin matices a la línea más dura de Washington.
“Se abre una nueva era en las relaciones entre Canadá y China, basada en el realismo y en los intereses mutuos”, proclamó Carney durante su viaje, en un mensaje muy dirigido a su propio electorado rural.
Una ventana temporal y condicionada hasta finales de 2026
Pese a la buena noticia para productores de colza y marisco, el alcance de la decisión china es deliberadamente limitado en el tiempo. La suspensión de nuevos aranceles sobre productos canadienses se aplicará solo hasta el 31 de diciembre de 2026, con la posibilidad explícita de revisar la medida si las condiciones políticas o comerciales cambian.
La propia arquitectura del acuerdo preliminar lo evidencia: Canadá se comprometió a reducir drásticamente los aranceles a una cuota de 49.000 vehículos eléctricos chinos al año, que pasarán de soportar recargos del 100% a un tipo cercano al 6,1%, en línea con otros proveedores, mientras mantiene presión sobre el acero chino. A cambio, Pekín accede a relajar la presión sobre la colza y el marisco, y a no activar nuevas medidas “antidiscriminatorias” durante el periodo pactado.
La consecuencia es clara: se trata de una tregua condicionada. Si Ottawa decide endurecer de nuevo su postura —por ejemplo, en coordinación con Estados Unidos o la Unión Europea—, Pekín conserva la palanca de volver a castigar los sectores agrícolas. Para Carney, el equilibrio es delicado: debe demostrar firmeza ante un socio sistémico rival como China, pero, al mismo tiempo, evitar que sus productores vuelvan a ser rehenes de las represalias.
Impacto en los mercados globales de materias primas
Más allá de Canadá, la decisión de China tiene implicaciones en los mercados internacionales de cereales oleaginosos y de marisco. La vuelta, aunque parcial, de la colza canadiense al mercado chino en condiciones más predecibles puede aliviar tensiones de precios en algunos segmentos, pero también desplazar a otros proveedores, incluidos europeos.
Si China recupera de forma progresiva sus compras, los analistas anticipan un aumento de la demanda de colza de entre 1 y 1,5 millones de toneladas anuales respecto a los mínimos de 2025, volumen que en buena parte podría volver a Canadá. Esto podría ejercer presión a la baja sobre el girasol o la soja en determinados mercados, al ofrecer a los grandes consumidores una alternativa oleaginosa a precios más competitivos. En el caso del marisco, una mayor presencia de producto canadiense en la gama alta podría obligar a proveedores europeos —entre ellos España, Irlanda o Francia— a ajustar precios o reforzar su diferenciación en calidad y origen.
El movimiento de Pekín revela además un patrón conocido: usar el acceso a su enorme mercado como herramienta de presión y recompensa. En este caso, “premia” a un socio que ha aceptado flexibilizar su posición en un sector, el del vehículo eléctrico, donde China aspira a consolidar su dominio global.
El contraste con la estrategia europea
El giro de China con Canadá se produce mientras la Unión Europea mantiene su propia disputa con Pekín por los subsidios a los vehículos eléctricos y las tecnologías verdes. Bruselas ha abierto investigaciones antisubvención y amenaza con aranceles adicionales, pero por ahora no ha pagado un coste comparable en forma de represalias directas sobre sus exportaciones agroalimentarias. El contraste con Ottawa resulta demoledor: Canadá se convirtió en un blanco fácil precisamente por el peso de la colza y el marisco en su relación comercial con China.
Para España, que exporta a China sobre todo productos como el cerdo, el aceite de oliva, el vino o el marisco gallego, la lección es clara. Depender en exceso de un solo mercado, por grande que sea, expone a sectores enteros a decisiones geopolíticas que escapan a su control. Un giro de Pekín hacia la carne europea, similar al aplicado a Canadá en 2025, podría tener un impacto de centenas de millones de euros en ventas exteriores en apenas un año.
El modelo Carney —combinar firmeza en sectores estratégicos como el acero con concesiones acotadas y temporales en otros— marca un precedente que Bruselas estudiará de cerca. La pregunta es si la UE está dispuesta a entrar en ese juego de concesiones cruzadas o prefiere una defensa más rígida de su autonomía estratégica.
Qué puede pasar después de la tregua
A corto plazo, la suspensión de nuevos aranceles a la colza y el marisco canadienses ofrece certidumbre a agricultores, pescadores e industrias transformadoras. Es previsible que los bancos flexibilicen condiciones de financiación y que se reactiven inversiones paralizadas desde 2025, en particular en plantas de procesado. Si los flujos comerciales se normalizan, el sector podría recuperar en dos campañas buena parte del terreno perdido.
Sin embargo, el horizonte de finales de 2026 ya está marcado en rojo en las agendas empresariales. Si para entonces no se ha alcanzado un acuerdo más amplio que consolide la rebaja de aranceles de forma permanente, el riesgo de volver a la casilla de salida será elevado. Mucho dependerá de la evolución de la rivalidad entre China y Estados Unidos y del margen que tenga Canadá para mantener una línea propia sin verse arrastrado por Washington.
Para Pekín, mantener abierta esta ventana le permite enviar una señal: la coerción económica puede revertirse si el interlocutor muestra flexibilidad. Para Ottawa, el mensaje interno es otro: la diversificación comercial prometida por Carney pasa, inevitablemente, por gestionar relaciones complejas con potencias que mezclan comercio y geopolítica. El diagnóstico es inequívoco: la tregua arancelaria es un alivio, pero no un blindaje frente a futuras crisis.

