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China gana terreno a Trump en patentes, baterías, eléctricos e inteligencia artificial

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Estados Unidos cumple 250 años como la mayor potencia económica del planeta, pero ya no domina en solitario algunos de los sectores que definirán el siglo XXI. China lidera la producción científica en numerosas disciplinas, registra más patentes internacionales, concentra la fabricación mundial de baterías, vehículos eléctricos y paneles solares y acelera su desarrollo en inteligencia artificial. Mientras tanto, la Administración de Donald Trump ha endurecido su política hacia universidades y estudiantes extranjeros, una decisión que muchos economistas consideran un riesgo estratégico para la competitividad estadounidense.

El liderazgo tecnológico ya no está garantizado

Durante décadas, Estados Unidos fue el referente mundial en innovación. Silicon Valley, Harvard, MIT o Stanford simbolizaban un ecosistema difícil de igualar.

Sin embargo, el equilibrio comienza a cambiar. Según la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI), China lideró nuevamente en 2025 las solicitudes internacionales de patentes, con cerca de 70.000 registros, muy por delante de Estados Unidos. La diferencia ya no es anecdótica; refleja una transformación estructural de la capacidad innovadora del gigante asiático. 

El contraste resulta llamativo. Mientras Washington sigue liderando en capital privado y en algunas de las empresas más avanzadas de inteligencia artificial, Pekín ha conseguido reducir la distancia en investigación aplicada, desarrollo industrial y producción tecnológica.

La fábrica del mundo ahora también innova

Durante años, la imagen de China estuvo ligada a la fabricación de bajo coste. Esa fotografía ha quedado desfasada.

El país asiático produce actualmente alrededor del 70% de los vehículos eléctricos del mundo, domina la cadena de suministro de baterías de litio y concentra buena parte del refinado de minerales críticos utilizados en la transición energética. 

Además, empresas como BYD han adelantado a Tesla en volumen de ventas de vehículos eléctricos, mientras fabricantes chinos amplían su presencia en Europa, Latinoamérica y Oriente Medio.

Lo que antes era una economía basada en copiar tecnología se ha convertido en una potencia capaz de desarrollarla.

La batalla de los chips

El mayor punto de fricción entre Washington y Pekín continúa siendo la industria de los semiconductores.

Estados Unidos ha restringido la exportación de chips avanzados y de maquinaria para fabricarlos con el objetivo de frenar el desarrollo tecnológico chino. Sin embargo, Pekín ha respondido acelerando su propia producción e incrementando las inversiones públicas destinadas a reducir su dependencia del exterior.

Al mismo tiempo, la mayor parte de los chips más avanzados continúa fabricándose en Taiwán, una isla cuya estabilidad se ha convertido en uno de los principales riesgos geopolíticos del planeta.

La carrera tecnológica ya no consiste únicamente en fabricar mejores procesadores, sino en controlar toda la cadena de suministro.

Trump cambia las prioridades

Uno de los puntos más polémicos de la actual Administración estadounidense afecta precisamente al talento internacional.

Las restricciones migratorias, el endurecimiento de los visados para estudiantes y la presión sobre algunas universidades han generado preocupación entre parte de la comunidad científica.

Según datos del Instituto de Educación Internacional, más de un millón de estudiantes extranjeros cursaban estudios superiores en Estados Unidos antes del endurecimiento de varias políticas migratorias. Ese flujo de talento ha sido históricamente una de las grandes ventajas competitivas del país.

Muchos de los ingenieros, investigadores y emprendedores que impulsaron Silicon Valley nacieron fuera de Estados Unidos. La confrontación política también ha llegado a las universidades.

Diversos centros de investigación han denunciado incertidumbre presupuestaria y una creciente presión política sobre determinados programas científicos. El propio texto difundido por algunos analistas sostiene que esta estrategia envía un mensaje negativo al talento internacional, precisamente cuando China intensifica su inversión en investigación y desarrollo. Si un investigador encuentra mejores condiciones en Asia o Europa, la ventaja histórica de Estados Unidos como gran polo mundial de innovación comienza a erosionarse.

China juega una partida a largo plazo

Mientras Washington alterna cambios de estrategia con cada administración, Pekín mantiene una política industrial sostenida desde hace décadas.

El Gobierno chino ha convertido la formación de ingenieros, la automatización industrial, las energías renovables y la inteligencia artificial en prioridades nacionales.

Esta planificación no garantiza automáticamente el liderazgo tecnológico, pero sí proporciona estabilidad a proyectos que requieren inversiones durante muchos años. La diferencia entre ambos modelos no está solo en el dinero invertido, sino en la continuidad de la estrategia.

Estados Unidos sigue siendo la primera potencia

Pese a todo, hablar de un declive irreversible sería precipitado.

Estados Unidos continúa siendo la mayor economía del mundo, mantiene el dólar como principal moneda de reserva internacional, concentra los mercados financieros más profundos y alberga algunas de las compañías tecnológicas más valiosas del planeta.

También conserva una ventaja significativa en inversión privada, capital riesgo y capacidad militar.

Sin embargo, el diagnóstico empieza a cambiar. La cuestión ya no es si China puede competir con Estados Unidos. Esa fase ha quedado atrás. La verdadera pregunta es si Washington sabrá conservar las ventajas que le permitieron liderar durante el último siglo o si decisiones políticas internas acelerarán una transición hacia un mundo donde el liderazgo tecnológico y económico esté mucho más repartido.

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