El Consejo de Seguridad de la ONU se encierra por Irán y el petróleo

El Consejo de Seguridad se reúne este viernes 27 de marzo en plena escalada militar, con Washington al mando del calendario y Moscú forzando un debate incómodo sobre los ataques a instalaciones civiles iraníes.

Consejo Seguridad ONU 

Foto de Bernd Dittrich en Unsplash
Consejo Seguridad ONU Foto de Bernd Dittrich en Unsplash

La diplomacia internacional vuelve a la sala sin cámaras cuando el margen político ya casi ha desaparecido. El Consejo de Seguridad de la ONU celebrará este viernes una reunión a puerta cerrada sobre Irán después de que Rusia solicitara formalmente el encuentro para abordar los ataques atribuidos a Estados Unidos e Israel contra infraestructura civil en territorio iraní. La cita la ha agendado Estados Unidos, que ostenta la presidencia de turno del Consejo en marzo, en un momento en el que la guerra ya no solo se mide en víctimas o misiles, sino también en precios del crudo, rutas comerciales bloqueadas y un deterioro acelerado de la arquitectura diplomática multilateral.

Diplomacia bajo llave

La fotografía del momento es reveladora: Moscú pide la sesión, pero Washington fija la agenda porque preside este mes el órgano más poderoso de Naciones Unidas. Ese detalle procedural, aparentemente menor, explica buena parte del bloqueo. El Consejo está compuesto por 15 miembros, cada uno con un voto, pero cualquier decisión de calado exige al menos nueve apoyos y, en la práctica, no chocar con el veto de alguno de los cinco permanentes. La consecuencia es clara: incluso cuando hay consenso sobre la gravedad de los hechos, no siempre existe margen para traducirlo en una resolución útil. Este viernes no se espera una gran escenificación pública, sino una discusión cerrada para medir fuerzas, explorar líneas rojas y comprobar si todavía queda un mínimo espacio para encauzar una negociación. El problema es que, cuando el Consejo recurre al formato reservado, suele hacerlo porque el desacuerdo ya es demasiado evidente para exhibirse sin coste.

Un Consejo partido en dos

La reunión llega, además, con un precedente muy reciente que resume la fractura. El pasado 11 de marzo, el Consejo aprobó la resolución 2817 (2026) con una votación de 13-0-2, condenando los ataques de Irán contra varios vecinos de la región, entre ellos Bahréin, Kuwait, Omán, Catar, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Jordania. Sin embargo, en esa misma sesión se rechazó un segundo texto impulsado por Rusia. El contraste es demoledor: la institución ha sido capaz de cerrar filas para condenar a Teherán, pero no ha encontrado un marco común cuando el foco se desplaza hacia la legalidad y el coste civil de la respuesta de Estados Unidos e Israel. Este hecho revela que el Consejo no está discutiendo solo sobre seguridad regional; está discutiendo también sobre quién define la agresión, quién monopoliza la legitimidad y quién paga políticamente el deterioro del derecho internacional. Ese es el verdadero fondo del encuentro de hoy.

Los ataques a civiles que reabren el caso

Rusia ha pedido la reunión con un argumento muy concreto: los ataques contra instalaciones civiles iraníes. Y ese punto no es marginal. En sus observaciones ante el Consejo el 28 de febrero, António Guterres advirtió de que unas 20 ciudades iraníes habían sido atacadas y habló de “significant civilian casualties”. Más aún, citó informaciones según las cuales un bombardeo alcanzó una escuela de niñas en Minab y causó al menos 85 muertos, además de otro ataque sobre una escuela en Teherán con dos fallecidos. “Military action carries the risk of igniting a chain of events that no one can control”, alertó el secretario general. El diagnóstico es inequívoco: cuando el debate se desplaza desde los objetivos militares hacia la protección de civiles, el coste reputacional para las potencias implicadas se multiplica. Por eso la sesión de este viernes no es una mera formalidad diplomática, sino una batalla por el relato jurídico y moral de la guerra.

Hormuz como acelerador económico

Pero el Consejo no se reúne en el vacío. Se reúne con el mercado mirando a Nueva York. Donald Trump anunció el jueves que retrasa hasta el 6 de abril su amenaza de atacar la infraestructura energética iraní si Teherán no reabre el estrecho de Ormuz. Ese paso atrás no es menor. Por esa vía marítima sale habitualmente una quinta parte del petróleo mundial que abandona el Golfo Pérsico, de modo que cualquier cierre parcial o amenaza sostenida tiene un efecto inmediato sobre el precio de la energía. Ya se ha visto: el crudo subió más de un 4% y Wall Street sufrió su peor jornada desde que comenzó la guerra, con el S&P 500 cayendo un 1,7%, el Dow Jones un 1% y el Nasdaq un 2,4%. La consecuencia es doble: la guerra presiona a la ONU por razones humanitarias, pero también por una urgencia económica global que ningún Gobierno puede ignorar demasiado tiempo.

Una guerra que ya desborda a Irán

La dimensión regional también explica la premura. Según AP, la guerra ha causado ya más de 1.900 muertos en Irán, cerca de 1.100 en Líbano, 18 en Israel y 13 militares estadounidenses fallecidos, además de millones de desplazados. A ello se suma una extensión material del conflicto que ha dejado de ser exclusivamente iraní: Australia asegura que su avión de vigilancia E-7 Wedgetail está ayudando a los Estados del Golfo, mientras Emiratos sostiene que ha sufrido más de 3.300 misiles y drones iraníes desde el inicio de la guerra, con una tasa de interceptación cercana al 95%. Lo más grave es que esa internacionalización convierte cada reunión del Consejo en algo más que una discusión sobre Oriente Medio. Se trata, en realidad, de determinar si el sistema multilateral aún puede contener una guerra que empieza a implicar seguridad energética, comercio marítimo, defensa aérea regional y rivalidad abierta entre potencias permanentes del propio Consejo.

Pakistán entra en escena

En paralelo, empieza a asomar una vía diplomática tan discreta como significativa. Reuters informó esta semana de que Pakistán se perfila como posible anfitrión de conversaciones para frenar la guerra, apoyándose en su relación con Washington y en sus contactos históricos con Teherán. Según esa información, Islamabad ha trasladado al menos media docena de mensajes entre ambas partes y ha mantenido más de 30 conversaciones con interlocutores de Oriente Próximo en el último mes. El dato adquiere aún más peso porque Pakistán es, además, miembro actual del Consejo de Seguridad hasta 2026. El contraste con otras crisis resulta elocuente: mientras las grandes potencias endurecen su discurso, un actor intermedio intenta construir un canal utilitario, menos ideológico y más operativo. No garantiza un alto el fuego, ni mucho menos. Pero introduce una variable relevante: cuando las líneas oficiales se cierran, los mediadores periféricos suelen convertirse en el único oxígeno negociador disponible.

Comentarios